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"When I hear the music, all my troubles just fade away/ When I hear the music, let it play, let it play",

"Let it Play" by Poison.
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miércoles, 23 de noviembre de 2011

Relato sin título ni introducción.

La ciudad comenzaba a despertar paulatinamente de su profundo letargo. La azafranada luz que proyectaban las farolas se fundía con la negrura de la noche en una perfecta armonía, desdibujando el ambiente con un halo anaranjado casi fantasmagórico. La fresca brisa marina me golpeaba la piel desnuda del rostro con la furia propia de la naturaleza.
           
Era en aquellos momentos, cuando volvía a casa después de una noche de total desfase, rebasando por mucho los límites de la velocidad permitida, cuando conseguía diluirme mejor con el ambiente. Puede que fuera porque tenía más alcohol en sangre del debido y empezaba a desvariar, o sencillamente que a las cuatro de la mañana no pasaba ni un alma por la calle y de esa forma me resultaba más fácil captar, desde el sutil aleteo de un pajarillo, hasta el sonido casi imperceptible del viento arrastrando la hojarasca por el suelo.

Sí, definitivamente estaba empezando a desvariar. Era una suerte que todavía no me hubiese estampado contra un árbol o atropellado a una ancianita indefensa en un paso de cebra. Claro que bien pensado, las ancianitas suelen estar en sus casas a las cuatro de la mañana.

Aparqué cerca del bordillo de la acera cuando llegué frente a mi casa. Llevaba unos cinco años viviendo allí, justo el tiempo que mis padres llevaban muertos. Eso era lo único bueno que me habían dejado: una casa en la que vivir. Bueno, eso, y una cuenta bancaria con la que podría vivir al menos tres años más sin tener que preocuparme por trabajar. Lo cierto es que, aunque suene cruel e inhumano, mis padres habían resultado ser mucho más útiles muertos que vivos.

Cerré el coche con un suave portazo y me adentré en el jardín de sabinas, a través del artificial caminillo de grava que conducía directamente a mi porche. Estaba a punto de agacharme para coger la llave que escondía debajo del felpudo de la entrada, cuando me di cuenta de que la puerta estaba entreabierta.

Un escalofrío punzante me recorrió por entero, haciendo que me tambaleara levemente. Con todo el alcohol que llevaba en sangre no iba a ser capaz de enfrentarme a ningún intruso y salir vencedor en la batalla, pero, y puede que lo hiciera precisamente por la gran cantidad de alcohol ingerido, abrí la puerta del todo y entré en la casa.
           
En cuanto puse un pie en el recibidor fui consciente de que había alguien en el salón. Dos personas, a juzgar por el juego de voces que procedía de aquella estancia. Una mujer y… Chris. Reprimí una carcajada antes de avanzar en dirección a su encuentro. Ese cabrón había vuelto a traer a una mujer a casa sin avisar.
           
— Tienes que venir, Úrsula, será muy divertido — le estaba diciendo Chris a su interlocutora —. Marty es de los mejores guitarristas que he visto, o más bien escuchado, en mucho tiempo.
           
Oh, genial. Ahora me estaba utilizando para ligar con una tía. Chris cada día estaba más desesperado por echar un polvo.
           
— Eso mismo me dijiste la semana pasada sobre ese cantante, ¿cómo se llamaba…? ¡Ah, sí! Ricky. Y luego resultó no ser más que un burdo principiante.
           
— ¡Oh, Úrsula, me ofende la desconfianza que destila tu voz! — replicó el pobre diablo de Chris con voz zalamera.
           
— Buenas noches, señores — saludé en cuanto entré en el salón, interrumpiendo deliberadamente la conversación de aquellos dos.
           
— ¡Marty! — gritó Chris al verme, al tiempo que avanzaba hacia mí a grandes zancadas — Úrsula, él es el guitarrista del que te hablaba — le indicó con una enorme sonrisa de satisfacción, mientras me señalaba con un gesto de su mano.
           
— Ya veo…  — replicó la mujer, clavando sus penetrantes ojos en mi rostro, como si hubiera sido traspasada por un rayo y éste la hubiese dejado completamente paralizada. Debo señalar que reconocí al instante aquella expresión traspuesta en su semblante, pues era exactamente la misma que yo tenía en aquellos momentos.
           
Chris pareció darse cuenta del cambio que se había operado en nuestras respectivas expresiones y, sobre todo, del significado oculto de aquel cambio, pues estallando en una sonora carcajada apuntó:
           
— Creo que será mejor que os deje solos…

martes, 15 de noviembre de 2011

Bullet proof.

Ladies and gents, hoy os traigo algo bastante fuera de lo común en mis blogs. Digamos que esta tarde me ha venido una especie de "flash", por así decirlo, de una escena entre Victoria y Leo y en ella, los personajes hablaban en inglés (obviamente). Los he visto y oído dialogar y gritar en mi mente y he sentido la necesidad de escribir la escena. Y entonces, se me ha ocurrido la feliz idea de... ¿Por qué no escribirlo en el idioma en que la musa de la inspiración me ha iluminado? Sí, el texto está en inglés (absolutamente todo, no sólo los diálogos). Sé que muchos de vosotros no tenéis un nivel alto de inglés (typical Spanish XD), por lo que si tenéis muchos problemas para entender el texto, un día de estos lo traduciré. Por otro lado, los que tenéis un nivel de inglés alto, debéis tener en cuenta que es el primer relato que escribo en este idioma. Si tengo fallos gramaticales, please don't hesitate to tell me. En fin, no me queda nada más por decir, excepto que espero que disfrutéis el texto. ¡Un besito!




— Put the gun down, sweetie — he said, with a smirk —. You and I know this whole situation is a goddamn insanity!

— Shut the fuck up, Leo! — I screamed at the top of my lungs —. This is the last time you try to screw up my life.

I pointed the gun at his chest, over the heart. A heart I would have died for, only a few weeks ago.

— It doesn’t have to end this way… Jesus Christ! Are you out of your fuckin’ mind?! I should have realized before that you are nothing but a crazy whore…

Tears filled my eyes when these words came out of his mouth. How did he dare pretend it was all my fault? He was the only one to blame for what had happened between us. Maybe I had gone too far threatening him with a gun, but I believe my behaviour was entirely justified.
           
— I fuckin’ trusted you!! I loved you. And God, I still love you!
           
I couldn’t help but start to cry hard, with salty tears rolling down my face. He looked at me, with a guilty expression on his face. But, how could I know that it wasn’t faked? The only thing I knew with certainty was that I shouldn’t trust him anymore. No, even if he was really sorry for what he had done to me. It was too late.
           
— You know? I tried so hard to make our relationship work out. I tried with all my heart. But I can’t take this anymore. I’m so sorry.
           
Leo was staring at me and I can tell the lethalest fear came over him when he realized I wasn’t kidding. I was going to kill him.
           
That moment of consciousness was followed, of course, by an attempt to run away. But he wasn’t rapid enough. Even before he could call for help, I pulled the trigger without thinking twice. And that was it. The end of the world as I knew it.

sábado, 22 de octubre de 2011

Young Lust.

Bon soir, mes amis!! Hoy os traigo otro relatillo de FFR, en esta ocasión de uno de los personajes más polémicos de la historia, Hans. Bien, os explico: algun@s ya saben que la femme que aparece en este relato no es de mi invención, si no que he tomado prestado el nombre, y algunos elementos de su personalidad de una de las seguidoras de la historia. Ella es Marina, también conocida como Emea en el tuenti, que se presentó voluntaria para protagonizar este relato con este complejo personaje. Lo primero sería darle las gracias a Marina (más que nada porque estos días ando escasa de inspiración y éste ha sido un experimento motivador y muy interesante) y lo segundo que si alguien está interesado en protagonizar algún otro relato con algún personaje de la story, no tiene más que decirlo. Y en fin, eso es todo lo que tenía que decir sobre este relato. Espero que lo disfrutéis tanto como yo al escribirlo. ¡Un besito! :)





La violenta tormenta desgarraba con una furia desmedida el, hasta hacia unas pocas horas, apacible paisaje californiano. Era la forma que tenía el cielo de reafirmar el fin del verano, que por otra parte, no se dejaba sentir con demasiada fuerza en aquel cálido estado al sur de Norteamérica.
           
Aquellas tormentas de verano, que tanto asustaban al perro de mi abuela, haciendo que el pobre animalejo tuviera que esconderse debajo de la cama, se iban de la misma forma en que llegaban: sin avisar, con una celeridad y vehemencia pasmosa. Pronto dejaría de llover, sí, pero yo necesitaba llegar a mi casa antes de que anocheciera, y, estando en mitad de sólo Dios sabe dónde y con el motor de mi coche para el arrastre, aquello no iba a ser tarea fácil.
           
El maldito trasto me había dejado tirada en medio de un barrio residencial de clase media, ni muy lujoso ni muy cutre, en el que no se veía por ninguna parte un taller mecánico. Me recosté cansinamente sobre el asiento de cuero del coche, agradeciendo en silencio el haberle hecho caso a mi madre en el último momento, cuando me aconsejó que no me comprara el descapotable negro.
           
“Si por lo menos pudiera avisar a mamá de que voy a llegar tarde a casa…”. Pero no. Tampoco había ninguna cabina telefónica a la vista.
           
“¡Joder, qué mierda!”, maldije en mi fuero interno. Para una vez que decidía ir a una cena familiar y el coche me dejaba tirada. Mi padre no me lo perdonaría. Aquella cena era demasiado importante para él porque suponía el fin a años de no hablarse con mi tío. La familia unida de nuevo. Y como siempre, yo iba a joder toda aquella empalagosa confraternización. 
           
“¡Qué se jodan!”, estalló la parte resentida de mi mente. “Ellos son los que se han pasado quince años sin hablarse, ¿no? ¡Pues que lo arreglen entre ellos!”.
           
Cerré los ojos con fuerza. Aquello era muy fácil de decir, pero hacerlo era otro cantar. El no asistir a aquella estúpida reunión, unido a todas las “cagadas” que había cometido a lo largo de los años (como fugarme de casa a los dieciséis con mi novio, el porrero; dejarles a mis padres limpia la cuenta bancaria a los diecisiete; pasar varias noches en comisaría por conducir borracha a los dieciocho, y un largo etcétera que seguro ellos no habían olvidado con tanta facilidad como yo) hacía que su ya de por sí frágil confianza en mí, pendiera de un hilo muy fino en esos momentos.
           
Hacía rato ya que las finas gotas de lluvia habían empapado los cristales del coche, empañando mi visión de forma considerable. Aquel ambiente frío y gris que me rodeaba por entero era al mismo tiempo hermoso y desesperante. Porque a pesar de que esa maldita lluvia era un obstáculo en mi camino de vuelta a casa, de alguna forma me reconfortaba tanto, me hacía sentir tan cómoda, que me resultaba imposible odiarla.
           
“Tengo que hacer algo”, apuntó mi voz interior con aire decidido. “Quedarme de brazos cruzados, viendo cómo se va todo a la mierda no es una opción”.
           
Me di cuenta entonces de que mi inútil coche me había dejado justo enfrente de una modesta pero acogedora casa, con un jardín poco cuidado. El tejado era de color azul marino, algo que me encantaba, puesto que nunca he soportado los clásicos tejados de color rojo, con una enorme ventana en forma rectangular, desde la que se podía ver la silueta de un hombre tocando la batería.
           
Decidí que por intentar que ese hombre me ayudara no iba a perder nada. La mayoría de la gente solía no abrirle la puerta de su casa a desconocidos por miedo y desconfianza, pero tal vez el dueño de aquella casa, que tan buenas vibraciones me había transmitido, fuera diferente a los demás.
           
Armándome de valor, abrí la puerta del coche y me apeé de él, sintiendo como la lluvia, que ahora caía con menos fuerza que antes, comenzaba a bañarme impíamente. Me subí hasta el cuello la cremallera de la chupa de cuero y metí las manos en los bolsillos de los pantalones, que eran del mismo tejido.
           
Todavía sin saber muy bien qué iba a decirle a aquel gentil hombre, me armé de valor y subí las escaleras que conducían a la puerta de la imponente casa. Al “natural” era bastante más grande de lo que me había parecido desde el coche. El repiqueteo de la batería me llegaba a través de los tabiques de la casa, con la cadencia rítmica propia de las melodías que se arrancan de tal instrumento.
           
Alcé la mano en dirección al timbre de la puerta y lo toqué dos veces. Esperé unos segundos para percibir algún sonido que me indicara que el dueño iba a bajar para ver quién era su visitante, pero éste no se produjo. Por el contrario, la batería comenzó a sonar de nuevo, con fuerzas renovadas.
           
Toqué al timbre de nuevo, empezando a impacientarme. La lluvia todavía no había amainado y yo ya estaba empapada. Era más que obvio que al día siguiente iba a tener un resfriado de un par de narices, y encima el dueño de la casa no me oía o, más fácilmente, no quería oírme.

Solté un resoplido hastiado antes de comenzar a golpear la puerta con los puños. Ese imbécil era mi última oportunidad para llegar a tiempo a casa y no se iba a librar de mí con tanta facilidad.
           
Finalmente, la batería frenó bruscamente su actividad. Suspiré aliviada. Seguramente ese buen hombre bajaría ahora para ayudarme y todo se solucionaría. No pude evitar esbozar una alegre sonrisa. Todavía quedaba gente buena por el mundo…
           
Unos segundos después, sin embargo, mi teoría se vio reducida a cenizas cuando el músico hizo su aparición en escena.

— ¡¿Se puede saber quién coño eres tú y por qué me interrumpes cuando estoy trabajando?! — me gritó como un energúmeno en cuanto abrió la puerta —  ¡Has roto mi concentración!
           
Fue un acto reflejo. Estaba demasiado cansada por el largo viaje en coche y frustrada porque me había dejado tirada en el último momento, justo cuando más lo necesitaba; estaba congelada, con la lluvia que calaba hasta los huesos y el viento que corría aquellas horas de la tarde, haciendo que me helara de frío… Y luego estaba ese gilipollas que me trataba como no fuera más que un chucho pulgoso al que se pudiera espantar con una patada en el culo.
           
La bofetada fue tan sonora que el eco del golpe se oyó durante algunos segundos después de habérsela dado. El músico se llevó una mano a la cara, justo donde había recibido mi golpe de gracia, y comenzó a frotársela con una mueca de dolor. Esbocé una sonrisa satisfecha. Ese capullo arrogante no volvería a vacilarme otra vez.
           
En lugar de eso, clavó sus ojos claros, tan fríos como el hielo, pero que al mismo tiempo quemaban con la intensidad del mismísimo fuego del infierno, en los míos. Siguiendo un impulso marcado por el orgullo, alcé la barbilla en su dirección, demostrándole así que no me intimidaba lo más mínimo. Y fue entonces cuando pude apreciar que no me hallaba ante un macho cualquiera.
           
Lo cierto es que lo hombres rubios siempre han sido mi perdición, y a aquel músico la blonda cabellera le llegaba hasta media espalda. No era un rubio platino ni excesivamente llamativo, sino de una tonalidad más bien oscura, que en un día gris como aquél, casi parecía castaño claro.
           
Pero lo que verdaderamente me atrajo de él fue la masculinidad manifiesta que exudaba cada poro de su piel. Debía sobrepasar el metro noventa, haciendo que yo no pareciera más que una chiquilla a su lado. Su fuerte musculatura, no demasiado desarrollada ni artificial, sino más bien fruto de una buena genética vikinga, remataban aquel apetitoso cuerpo masculino, haciendo que la boca se me hiciese agua…
           
“El vikingo” pareció darse cuenta de que me lo estaba comiendo con la mirada porque, alzando una de sus rubias y tupidas cejas, preguntó:
           
— ¿Te gustaría pasar? Sería muy desconsiderado de mi parte dejarte ahí fuera con la que está cayendo.
           
Yo asentí con una sonrisa pícara, antes de entrar en la casa. Él cerró la puerta con pestillo tras de mí, mientras yo recorría el largo pasillo que llevaba hasta el salón, en el que descansaba un hermoso piano de cola.
           
Me senté en el sofá después de haberme quitado la empapada chaqueta de cuero. No pasé por alto que justo en ese momento, su mirada se clavó de lleno en mis pechos.
           
— Debo disculparme por mi conducta de antes — comenzó a decir, al tiempo que se sentaba a mi lado en el sofá —. Es que no me gusta nada que me interrumpan mientras… estoy haciendo… algo… importante.
           
Su ardiente mirada me estaba recorriendo de pies a cabeza sin pudor alguno. Pero claro, ¿desde cuándo los vikingos sentían pudor o vergüenza? Ellos tomaban lo que deseaban, sin vacilaciones, sin remordimientos.
           
— Yo también tengo que disculparme. No debería haberte golpeado...
           
— Me lo merecía — replicó en un susurro, mientras colocaba sobre mi muslo una de sus enormes manos —. A veces no sé cómo tratar a la gente y no mido mis palabras, ¿sabes? — comenzó a acariciarme el muslo en sentido ascendente — Por cierto, me llamo Hans.
           
La lasciva sonrisa que se dibujó entonces en sus labios me robó el aliento. Era obvio lo que ese hombre quería de mí, y yo estaba más que dispuesta a dárselo.
           
— Yo me llamo Marina — repliqué con una sonrisa forzada.
           
— Umm, Marina — gimió, al tiempo que cerraba los ojos con fuerza, como si mi nombre fuera un delicioso pastel de chocolate y él quisiera saborear hasta el último trozo —. Realmente precioso.
           
No había sido consciente hasta ese momento de su estridente forma de pronunciar la letra “r”. Reparé de nuevo en su cabello dorado, en su piel bronceada, en sus ojos claros… Incluso su nombre, Hans, debería haberme dado antes la pista de que el hombre que tenía frente a mí era más alemán que las salchichas.
           
“Así que al final va a resultar que es vikingo de verdad…”
           
— ¿Ocurre algo? — preguntó curioso.
           
Yo negué con la cabeza mientras colocaba mi mano sobre la suya, instándole así a que profundizara su caricia. Hans esbozó una sonrisa malévola, antes de inclinar su rostro hacia el mío peligrosamente.
           
Se me cortó la respiración en cuanto sus labios apresaron a los míos en un beso violento y voraz. Sus dientes comenzaron a mordisquear mis labios de forma juguetona pero exigente antes de que su mano libre fuera a parar directamente sobre mi pecho izquierdo. Dejé que me acariciara a su voluntad, mientras yo me perdía en la oscura vorágine de aquel beso posesivo y desasosegado.
           
Cuando sus labios se despegaron de los míos, un sutil aroma metálico inundó mis fosas nasales, haciéndome comprender que ese cabrón me había hecho sangre en el labio inferior. No obstante, la indignación me abandonó con la misma rapidez con que había hecho acto de presencia, en cuanto el vikingo puso sus expertas manos sobre mi cuerpo otra vez.
           
Me arrancó la camiseta con toda la fuerza de sus manos, de forma que ésta quedó hecha jirones sobre el suelo del salón. Estaba a punto de gritarle o golpearle de nuevo, cuando enterró su rostro entre mis pechos, para después desatarme el sujetador con los dientes. Su lengua se dedicó entonces a recorrer mis pechos, mientras sus manos me bajaban la cremallera de los pantalones.
           
Solté un gemido de absoluto placer que le arrancó una risita complacida. Arqueé la espalda para profundizar sus caricias, mientras que mis manos se enterraron en su magnífica melena, acariciándola, instándole a que incrementara sus mimos.
           
En cuanto mis pantalones y el resto de mi ropa interior fueron a parar junto a lo que antaño había sido mi camiseta favorita, decidí que era ya hora de pasar a la acción. Su camisa no estuvo durante mucho más tiempo sobre su cuerpo, aunque yo no tenía tanta fuerza como él para masacrarla. Me limité a quitársela, para después hacer lo propio con sus pantalones de cuero, que ocultaban un picante secreto: Hans no llevaba ropa interior.

Aquel descubrimiento me encendió hasta tal punto que de un suave empujón lo tumbé sobre el sofá, para después colocarme a horcajadas sobre su estrecha cintura. Sus juguetonas manos se posaron sobre mis nalgas, mientras su mirada anhelante seguía sobre mis pechos. Una sonrisa pícara se dibujó en mi rostro antes de que me inclinara sobre su cuerpo y comenzara a mordisquear sus pezones con una oscura hambre carcomiéndome las entrañas.
           
Un gemido gutural escapó de sus labios antes de que me alzara por las caderas casi sin esfuerzo aparente y me colocara sobre su excitado sexo. Sin embargo, justo cuando estaba a punto de penetrarme, pareció recordar algo de capital importancia, pues se detuvo en el acto.
           
— Los preservativos — explicó, al ver la confusión escrita en mi rostro.
           
— No te preocupes por eso — repliqué con voz jadeante, con mi cuerpo temblando por el deseo y la excitación —. Tomo la píldora y no tengo ninguna enfermedad venérea.
           
En esta ocasión fue su rostro el que quedó cubierto por la más absoluta confusión.
           
— ¿Y qué te hace pensar que yo no la tengo?
           
— Sé que no. Tus ojos me dicen que eres un hombre sano y responsable. Y tu cuerpo confirma esa teoría — añadí, recorriendo su torso desnudo con mis manos.
           
— No deberías fiarte de las apariencias — susurró, esbozando una media sonrisa de diablo pervertido.
           
— Cállate de una vez y hazme el amor — le pedí, con voz casi desesperada. No era mi estilo tener que suplicarle a un hombre por un buen polvo, pero al parecer, a Hans le gustaba ejercer de macho dominante.
           
Una divertida carcajada escapó de sus labios ante mi demanda, justo antes de que me agarrara con fuerza por las caderas, obligándome así a descender sobre su cuerpo, de forma que su sexo me penetró por fin, arrancándome un grito desgarrado de profundo placer.
           
Comencé a moverme sobre él con un frenesí hasta ahora desconocido para mí. Sus ojos claros se cruzaron con los míos, hipnotizándome con su fortaleza vikinga, mientras que sus manos seguían las sensuales ondulaciones de mis caderas, acariciándolas, instándolas a ir más deprisa.
           
Nos corrimos casi al mismo tiempo, siendo conscientes ambos de que aquélla había sido quizás la mejor experiencia sexual de nuestras vidas y de que no volvería a repetirse jamás, porque probablemente no volviéramos a vernos nunca más.

Con ese pensamiento carcomiéndome por dentro, me recosté sobre él, colocando mi cabeza sobre su fornido pecho, con un sabor agridulce en mis labios. Lo abracé fuertemente con mis brazos, aferrándome inútilmente a los últimos momentos de que disponíamos. No quería irme de allí, no quería alejarme de él.

La imagen de mi padre apareció de repente en mi conciencia, haciendo que mi estómago diera un brusco vuelco. Definitivamente la cena-reunión iba a tener que celebrarse sin mí. Lo cual significaba, por otra parte, que Hans y yo disponíamos de unas cuantas horas más para despedirnos como Dios manda…

viernes, 14 de octubre de 2011

I Want Action Tonight.

Buenas tardes, queridos lectores. Después de dos semanas sin subir absolutamente nada a este blog (ni a los otros tampoco, ya puestos) os traigo el primer relato de FFR. Ya sé que dije que el primero sería sobre Marty y Úrsula, pero después de tanto tiempo leyendo el blog ya sabréis que cuando digo algo (con respecto a mis escritos) rara vez lo cumplo XDD. En fin, la cosa es que el otro día escuchando a los GN'R me vino a la mente la imagen de Rob y me inspiré, pero la escena que se dibujó en mi imaginación no tenía nada que ver con el hilo argumentativo (se notan mis clases de teoría de la literatura, ¿eh? XD) de FFR y entonces decidí hacerla en un relato aparte. En otras palabras, esta minihistoria no forma parte de la trama de FFR y los hechos que voy a narrar a continuación pueden tener, o no, algún parecido con lo que le va a pasar en la historia "real", por llamarla de alguna manera. Por lo tanto, no os hagáis ilusiones con los personajes ni con lo que les va a pasar.

Por otro lado me gustaría también señalar que he escrito este relato con las nuevas normas de la RAE (con las que no estoy para nada de acuerdo, dicho sea de paso). Así que si veis algún "solo" sin acento o los pronombres demostrativos (este, ese, aquel, etc) también sin acento, pues no os alarméis (aunque sé que la mayoría no lo haréis XD). En fin, no me enrollo más. Disfrutad con la lectura, aunque ya aviso que el relato es bastante corto y nada del otro mundo. ¡Un beso!
P.D. Para la semana que viene espero poder subir el próximo capítulo, aunque no prometo nada.  





No había dejado de mirarme en toda la noche. Una mirada hambrienta y curiosa que recorría mi cuerpo sin pudor alguno. Eso me hizo preguntarme hasta qué punto sería real aquella timidez que la caracterizaba. ¿Sería solo una máscara, una fachada para que su padre la siguiera considerando como la dulce muchacha virginal que se suponía que debía ser? O tal vez el problema era que no había tenido nunca la oportunidad de mostrarse como realmente era.

— Ponme otra copa, Emma.

No podía evitarlo. Por mucho que me esforzara en ser amable con la gente, era un ser antisocial y desagradable, cuya voz era incapaz de modularse a un tono agradable o, por lo menos, educado. Emma se giró en mi dirección con cara de perros (es decir, la misma con la que miraba a todo el mundo) antes de servirme un nuevo vaso de vodka.

— Hace días que no veo a Iuta — comencé a decir, en un intento por sacar un tema de conversación con la “simpática” camarera  —. ¿Sabes si le pasa algo?

El rostro de aquella bruja se ensombreció en cuanto pronuncié el nombre de la alemana. De modo que Leonard no había mentido, esas dos lo habían dejado.

— Lo que le pase a Iuta no es asunto tuyo, rubio — replicó, impregnando sus palabras con un tono tan corrosivo como el ácido. Al principio no comprendí qué podía tener en contra de los rubios, pero entonces recordé el color de pelo de Iuta.

— No, y por lo que parece tampoco es tuyo ahora.

Si las miradas matasen, Emma me habría reducido a cenizas en aquel mismo instante. La ruptura era todavía muy reciente y yo había tenido la feliz idea de hurgar con un hierro candente en la herida abierta y sangrante de aquella puta. Porque, teniendo en cuenta lo que me había contado Leonard, eso es lo que era.

— No te metas en lo que no te importa, Rob — siseó entre dientes, conteniendo a duras penas la furia que bullía en su interior.

— En eso tienes razón. Si te has tirado a otra a espaldas de Iuta, eso es algo que solo os incumbe a ella y a ti. Pero dime, de hombre a hombre, ¿la morena esa folla bien? ¿Sabes si también le gustan los tíos? Podríamos quedar un día los tres, ya sabes, para divertirnos un rato…

El brillo letal que refulgía en el fondo de sus ojos me hizo comprender que si seguía provocándola de aquella manera, la botella de vodka que aferraba en su mano derecha iba a impactar con fuerza contra mi cabeza, rompiéndose en diminutos cristalitos teñidos por el vivido color borgoña de mi sangre.

Pero no podía evitarlo. Era un hijo de puta por naturaleza y esa zorra siempre me había resultado repulsiva y desagradable. Ya iba siendo hora de que alguien la pusiera en su sitio. ¿Y por qué ese alguien no iba a ser yo? Sin embargo, la llegada de Marty me anuló toda la diversión.

— Emma, necesito que vayas al almacén a traer unas cuantas cajas de Bourbon, que se nos están agotando las existencias.

Durante algo más de quince segundos, Emma no respondió. Se limitó a traspasarme con su vengativa mirada, que gritaba a todas luces el clásico de: “esto no ha terminado”. Yo esbocé una sonrisa afectada, que podría traducirse por: “eso no me lo dices en la calle, zorra”. Pero el gesto de Marty, cuando alzó su barbilla en dirección al almacén, dio por concluida nuestra conversación no verbal. Ese cabronazo podía parecer inofensivo, pero cuando se lo proponía, imponía más que Atila con su caballo.

Emma tuvo el acierto de hacer caso a su jefe esta vez, dejándome solo ante el peligro, o ante la barra más bien. Apuré la copa de un trago y le hice una seña a una de las camareras nuevas para que me sirviera otra. Aquella noche estaba inquieto, necesitaba acción. Una pelea o un buen polvo que me ayudaran a desfogarme y a descargar toda la adrenalina acumulada…

— Hola, cielo, ¿te apetece que vayamos a un sitio más privado, donde podamos hablar más tranquilos y…? Bueno, tú ya me entiendes — susurró de repente en mi oído una sensual voz femenina, interrumpiendo abruptamente el hilo de mis pensamientos.

Ni siquiera me digné a darme la vuelta para mirarla. Su estudiado tono meloso y su perfume barato de putón no dejaban lugar a dudas acerca de la clase de mujer que era. Su físico tampoco iba a ser fuera de lo común: alta, escuálida, con la larga melena ondulada y grasienta, teñida de un amarillo chillón que dañaba la vista.               

— No tengo dinero — repliqué con aire cansino —. Además, me parece un derroche malgastar mis ahorros en echar un polvo, cuando puedo tener gratis todos los que quiera.

— ¡Pero serás cabrón! — gritó ofendida, haciendo que más de la mitad de los clientes del bar, es decir, los que no estaban borrachos todavía, se giraran en nuestra dirección. Yo, por mi parte, no tuve más remedio que encararla. Y debo admitir que me había equivocado con ella. No se había teñido el pelo de amarillo, sino de naranja.

Parpadeé dos veces, molesto. Aquel color tan antinatural me irritaba los ojos, o puede que fuera el vodca, que comenzaba a hacerme efecto… ¿Quién sabe?

— ¡No soy ninguna puta! ¿Pero qué te has creído, desgraciado?

La muy zorra me dio un guantazo que casi me saca la mandíbula del sitio. Me tambaleé hacia atrás, pero por suerte pude agarrarme a tiempo a uno de los taburetes que había junto a la barra, evitando así la caída.

— ¡Joder! — oí maldecir a Marty — ¿Es que no podemos tener una noche tranquila en este bar?

— ¡Este gilipollas ha insinuado que soy una puta! — exclamó hecha una furia, al tiempo que me señalaba con un dedo acusador.

— ¡¿Cuánto cobras por hora, guapa?! — le preguntó uno de los clientes de las mesas del fondo, antes de que él y sus amigos estallaran en sonoras carcajadas. El bocazas era Eddie, cliente habitual del bar.  Se trataba de un motero, barrigudo y calvo, que como siempre iba aún más borracho que yo antes de las doce.

La pelirroja desteñida estaba empezando a cabrearse de verdad, aquello era más que palpable tanto en el temblor de sus manos como en el violento fuego que ardía en el fondo de sus ojos. Estaba a punto de soltarle una hostia a alguien, y teniendo en cuenta que yo era el que más cerca se encontraba de ella, también era el que más papeletas tenía para ser el primero en recibir la descarga de su ira. Me aparté unos pasos de la zorra chiflada en dirección a Marty. Él era el dueño del local, se suponía que tenía que imponer el orden… ¿No?

Y sin embargo, esto fue lo que salió de sus labios:

— Rob y Eddie, haced el favor de comportaros como los caballeros que sois y pedidle disculpas a esta dama.

Aquella absurda sugerencia hizo que las carcajadas de Eddie y sus amigos aumentaran de volumen. La pelirroja desvió entonces su atención de mí, para fijarla por completo en los moteros. Cuando uno de ellos hizo un gesto obsceno en su dirección, aproveché para coger mi chaqueta y mi walkman y hacer mutis por el foro. Me había equivocado estrepitosamente. Aquella noche no necesitaba una pelea, necesitaba otra puta copa.

La fresca brisa nocturna azotó mi rostro con fuerza en cuanto estuve fuera del bar. El contraste entre las cegadoras luces del local y la irrespirable cortina de humo de los cigarrillos de los clientes, que ya casi formaba parte de la decoración del establecimiento, con el ambiente limpio y oscuro de la calle resultaba mareante. O puede que el vodka fuera el causante de dicho efecto. Qué estúpida es la mente humana. Pierde el tiempo buscando las causas de los problemas en vez de tratar de ponerles remedio…

— Rob, ¿te encuentras bien? — preguntó una tímida voz femenina a mi espalda. La misma que había estado observándome durante toda la noche.

Solté un largo suspiro cansado. No me apetecía hablar con ella en ese momento. De hecho, no me apetecía hablar con nadie.

— Si has venido para que te eche un polvo, cariño, debo advertirte de que esta no es mi noche.

— ¿Por qué siempre tratas a la gente de un modo tan obsceno y desagradable?

— No lo sé. ¿Por qué eres tú tan modosita cuando está tu padre o Marty delante y cuando estás sola te dedicas a desnudarme con la mirada?

— Yo… no… te estaba… desnudando…

Seguía de espaldas a ella por lo que no podía verle la cara, pero no me hacía falta para saber que estaba roja como un tomate. Aquella mujer era demasiado predecible.

— Vamos, cariño, acéptalo — comencé a decir, dándome la vuelta para enfrentar su mirada —. Te pongo cachonda.

— Estás borracho — replicó, trastabillando hacia atrás, con una mezcla de miedo y vergüenza en sus ojos castaños.

— Y tú, necesitada de sexo sucio y salvaje.

Todavía hoy no sé por qué, pero comencé a avanzar en su dirección. A medida que me iba acercando, ella iba retrocediendo, como si estuviéramos jugando al gato y al ratón. Pero su espalda no tardó en chocar contra la puerta del local, dejándola completamente a mi merced.

— ¿Sabes? — inquirí, apoyando un brazo a cada lado de su cabeza, atrapándola con mi cuerpo. Y como habría dicho Tom en aquellos momentos, era innegable que la pequeña damisela se encontraba terriblemente nerviosa e insegura en aquella posición, pero era aún más innegable el deseo que la embargaba — Creo que no eres la única que esta noche necesita una buena dosis de sexo salvaje.