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"When I hear the music, all my troubles just fade away/ When I hear the music, let it play, let it play",

"Let it Play" by Poison.

viernes, 22 de julio de 2011

Capítulo XIV. Lazos de sangre (Parte 2)

Úrsula
Se le habían caído tres copas, había roto una botella del vino más caro del local y se había confundido con los pedidos de tres clientes. Todo ello en una sola tarde. No quería ni imaginarme la que podía armar en una semana si no se espabilaba pronto.
           
Todavía no entendía por qué Marty había accedido a que trabajara en el bar. Hacer obras de caridad nunca había sido su estilo a la hora de contratar gente. Puede que se estuviera ablandando con los años. O puede simplemente que le debiera un favor muy grande al padre de esa chica…
           
Anna, have you worked at a bar before?
           
La chica se dio la vuelta en mi dirección y se quedó mirándome fijamente con cara de no haber entendido ni una sola palabra de lo que había dicho. Encima no sabía hablar bien inglés… Genial, sencillamente genial.
           
— ¿Habías trabajado en un bar antes? — repetí, esta vez en español.
           
El hecho de que le hablara en su idioma pareció sorprenderla bastante al principio, pero se recompuso en seguida, y se apresuró a responder:
           
— No, nunca.

“¡Esto se pone cada vez mejor!”, gritó la voz pesimista de mi mente. “¿Por qué la habrá contratado? ¿Acaso le pone cachondo?” Recorrí su cuerpo de arriba abajo, evaluando la calidad de su figura con la mirada, tras lo que deduje que yo estaba mucho mejor que ella, y que mi marido no podía haberse fijado en semejante mocosa teniéndome a mí en casa.

Pero entonces, ¿por qué diablos la había contratado?

— ¡Úrsula! — me llamó Miriam, una de las camareras, desde la barra del bar. Cuando me giré en su dirección, me di cuenta de que me estaba tendiendo el teléfono para que lo cogiera.    
           
— ¿Quién es?
           
— Johnny. No me ha dicho de qué se trata, pero parece bastante alterado.
           
“¿Qué querrá Johnny a estas horas? Seguramente quiere hacer una de sus bromitas telefónicas. Para que luego digan que la vida de un rockero es muy ajetreada”.
           
— Dime, Johnny — respondí al teléfono con voz cansina.
           
— ¿Está Iuta por ahí? Es urgente.
           
Su voz era apremiante, no había ni rastro de burla en ella.

— No, no está aquí. Se ha cogido unos días libres para irse de viaje con Emma. ¿Por qué?

— ¡Joder! — maldijo Johhny al otro lado del teléfono — ¿Y no hay manera de localizarla? ¿No ha dejado un teléfono de referencia o algo?

— No. Pero ¿qué pasa? No sabía que Iuta y tú fuerais tan amigos…

— Y no lo somos — me interrumpió con voz cortante —. Pero su padre ha tenido una recaída. Estamos en el hospital y no deja de preguntar por ella — hizo una dramática pausa antes de continuar —. Úrsula, le queda poco tiempo. Debería estar con su familia cuando ese momento llegue. Con toda su familia.

Aquellas últimas palabras fueron un terrible mazazo. Aunque había tenido mis más y mis menos con algunos miembros de esa familia, no pude evitar sentir una enorme tristeza por ellos. En especial por Iuta. Esa pobre criatura había sufrido  demasiado para ser tan joven. Y la muerte de su padre, estando ella ausente, iba a ser la gota que colmara el vaso.

— ¿En qué hospital está, Johnny?

— En el Sharp Memorial.

— Muy bien. Vamos para allá.


Hans           
— No puedo hacer eso, papá — repliqué con voz cortante —. Eso va a destrozarla por dentro.
           
— Merece saber la verdad.

Apreté la mandíbula con fuerza. La rabia se iba apoderando poco a poco de mi cuerpo, una sensación que ya conocía demasiado bien.

— Ha vivido diecisiete años sin saber la verdad. Conocerla no la hará sentirse mejor. Por el contrario, nos odiará por haber estado mintiéndole todo este tiempo.

— Hans, estoy a punto de morir — me cortó mi padre con la voz impregnada por una mareante tranquilidad. Una tranquilidad que no se correspondía con las palabras que acababa de pronunciar —. Y no quiero dejar este mundo sin que tu hermana sepa la verdad. ¿Le harás ese último favor a este pobre viejo?

Durante unos segundos fui incapaz de pronunciar palabra. Tragué saliva con fuerza en un intento por deshacer el nudo que se había formado en mi garganta. No funcionó. Mi padre clavó sus vidriosos ojos en los míos con una autoridad que no se había reflejado en ellos desde que se manifestara la enfermedad.

— ¿Lo harás?

Aunque había pronunciado aquellas palabras en forma de pregunta, yo conocía lo suficiente a mi padre como para saber que aquello era una orden. Como siempre, me tocaba a mí lidiar con los problemas de la familia.

— Lo haré — repliqué con una seguridad que en realidad no sentía.


Victoria     
— Ni siquiera sabía que el padre de Iuta estaba enfermo — comenté, desde el asiento trasero del coche de Marty. Íbamos de camino al hospital para ofrecer, según las palabras textuales de Úrsula, “apoyo emocional”.

— Lleva ya casi un año luchando contra la enfermedad — repuso Marty con tristeza —. Él era quien mantenía a la familia, por eso, cuando cayó enfermo, Iuta y Hans tuvieron que ponerse a trabajar en el bar.

Todo encajó de repente en mi mente. Por qué Iuta se había puesto tan furiosa cuando Marty había despedido a Hans. Por qué éste tenía ese carácter tan agrio. Porque además de la gravedad de la enfermedad que padecía su padre, de ellos dependía el sacar adelante a la familia.

Ahora me daba cuenta de que había sido muy injusta con ellos. Era innegable que aquella familia era bastante disfuncional y que habían cometido muchos errores, pero yo no había sido capaz de ver más allá. No me había detenido un segundo a reflexionar por qué actuaban de la forma en que lo hacían. Mi mente se había cerrado para ellos, concluyendo que eran una familia de psicópatas, a la que era mejor tener lo más lejos posible.

Descubrir lo equivocada que había estado todo ese tiempo me hizo sentir como un saco de mierda. Yo, que había sufrido en mis propias carnes el rechazo de la gente porque era “diferente” a los demás, me había tomado la libertad de juzgar a Iuta y su familia, sin conocerlos de nada.
           
Úrsula también se recriminaba en silencio su actitud. Aunque ella sí que tenía verdaderos motivos para odiar a Angela por lo que ésta había intentado con Marty, sentía que tendría que haber sido más comprensiva. No había pronunciado palabra en todo el viaje hacia el hospital, pero a mí no podía engañarme. Estaba sufriendo.
           
Después de unos minutos, impregnados en el más absoluto de los silencios, llegamos al aparcamiento del hospital. En cuanto bajamos del coche, unas conocidas voces a nuestra espalada nos llamaron con urgencia. Úrsula y yo nos giramos en la dirección de donde procedían, para encontrarnos de lleno con Leonard y Tom, que venían corriendo hacia nosotros.
           
— Bueno, ya estamos todos — soltó Úrsula con sorna.
           
— Johnny nos llamó hace un rato — comenzó a decir Leonard en cuanto llegaron a nuestra altura.
           
— A mí también me llamó al bar — replicó Úrsula —. Lo que no entiendo es qué pinta él en toda esta historia. ¿Desde cuándo es amigo de…?
           
— Parece ser que está haciendo buenas migas con Angela — la interrumpió Tom —. De hecho, estaba en su casa cuando su padre sufrió la crisis. Fue él quien los trajo al hospital.
           
Úrsula abrió mucho los ojos con incredulidad.
           
— Este Johnny no sabe dónde se ha metido.


Angela
— Papá se va a morir, ¿verdad? — le pregunté a mi hermano, tratando de reprimir las lágrimas, que estaban comenzando a formarse en mis ojos.

Hans inspiró hondo, pero no contestó. Yo asentí con la cabeza. Aquello no era más que una silenciosa confirmación a mis sospechas.

— ¿Por qué le has pedido a Johnny que se quede fuera con los demás? ¿Hay algo más que quieras contarme?
           
Mi hermano soltó de golpe todo el aire que había ido acumulando. Sin duda, lo que estaba a punto de decirme era mucho más grave de lo que me había imaginado.

— Esto es muy difícil para mí, Angela — comenzó a decir con un hilo de voz. Nunca había visto a mi hermano tan abatido como en aquellos momentos, y aquello me partió en dos el corazón —. Papá me ha pedido que fuera yo el que te contara esto, aunque no estoy muy seguro de ser el más indicado para hacerlo.  

— ¿Qué es lo que pasa, Hans? — inquirí, poniéndome cada vez más nerviosa.
           
— Ni siquiera sé muy bien por dónde empezar…

— Pues por donde te sea más fácil acabar — lo interrumpí con impaciencia.
           
— ¿Recuerdas que mamá y papá no se llevaban demasiado bien?

— Claro que lo recuerdo, Hans. Fue por eso que se divorciaron. Pero no entiendo qué tiene que ver eso con…

— Hay una razón por la que no se llevaban bien — mi hermano hizo una larga pausa antes de continuar, como si decir lo que estaba a punto de decir fuera lo más difícil que hubiese hecho en su vida —. Mamá le fue infiel a papá.

Debo reconocer que aquellas palabras fueron como si me hubieran arrojado un cubo de agua helada por encima. Yo siempre había creído que mis padres se amaban, y que el divorcio era algo temporal. Al menos hasta que mi madre murió, y esa ilusa esperanza se fue con ella.

— Sigo sin entender a qué viene esto ahora.
           
Mi hermano soltó un bufido muy poco elegante que denotaba la impaciencia sentía por dentro.

— Mamá le fue infiel a papá, meses antes de que tú nacieras. ¿Comprendes?

Yo negué con la cabeza. Estaba demasiado bloqueada como para poder ver la verdad, aun teniéndola delante de mis narices. Hans cerró los ojos con fuerza, seguramente buscando las palabras adecuadas para no hacerme daño.

— Angela, papá… Papá no es en realidad tu padre. 

viernes, 15 de julio de 2011

Capítulo XIV. Lazos de sangre (Parte 1)

Hans
Había sido la peor noche de toda mi vida. Ni siquiera había ido a dormir a casa para no tener que volver a discutir con las inconscientes de mis hermanas. Celia me había dejado pasar la noche en el viejo y gastado sofá de cuero de su casa, y yo no tuve el valor suficiente para volver a mi hogar hasta el día siguiente por la tarde.
           
Celia había intentado otro acercamiento durante mi estancia en su casa. No importaba cuántas veces le dijera que sólo quería que fuéramos amigos. Ella insistía e insistía. No negaré que al principio, su actitud me halagaba y me hacía sentirme querido por alguien especial. Pero con el paso del tiempo aquella situación terminó por hacérseme agobiante.
           
En más de una ocasión se me pasó por la cabeza dejar de verla y de llamarla, pero era mi amiga y no podía ni quería abandonarla. Por mucho que algunos se empeñen en sostener lo contrario, yo soy una persona con sentimientos y principios que nunca deja a sus amigos en la estacada.
           
De camino a casa me encontré con Victoria, que salía de casa de Leonard y Tom con la vista clavada en el suelo y un andar apesumbrado. Algo le habrían hecho esos dos, porque a pesar de que esa chica no era lo que se dice la alegría de la huerta, nunca la había visto tan despagada y abatida. Ni siquiera me saludó cuando pasó por mi lado. Puede que no me viera o que estuviera demasiado jodida como para entablar una conversación con alguien como yo. O puede simplemente que después de lo ocurrido la tarde anterior en la boda de Michael, ninguno de los “amigos” de Iuta quisiera hablarme nunca más.
           
Decidí no profundizar más en esas conjeturas que sólo servirían para torturar aún más mi espíritu. La había cagado con mi hermana, sí. Pero aquello ya no tenía vuelta atrás. Le había dicho cosas que en realidad no sentía, pero si le pedía disculpas ahora, se reiría en mi cara. Era mejor dejar las cosas como estaban, y esperar a que se le pasase el enfado. A Iuta siempre se le pasaba. Siempre acababa perdonándome, por mucho daño que le hubiese hecho.
           
Angela, sin embargo, era otro cantar. Nunca olvidaría que fui yo quien la mantuvo separada de su querido amigo el pelirrojo. Nunca olvidaría que le mentí y que la manipulé para tenerla bajo mi control. Nunca olvidaría que fui yo quien la mandó a un psicólogo cuando la solución a sus problemas ya tenía nombre y apellidos.
           
Y sobre todo, nunca me perdonaría por todo el daño que le había causado.
           
Sin darme cuenta, había llegado a mi casa. Saqué las llaves del bolsillo trasero de mi pantalón y abrí la puerta. Cuando puse un pie en el recibidor, un grito desgarrador me traspasó el tímpano, haciéndome retroceder. Un segundo después, se oyó una voz masculina en el piso de arriba que decía:
           
— Hay que llevarlo a un hospital.


Tom
Cerré los ojos con fuerza, rezando para que aquello fuera sólo un sueño. Sin embargo, cuando los abrí de nuevo me di cuenta de que aquello no podía ser más real.
           
— Tom, esto tiene una explicación… — comenzó a decir Victoria.
           
— Estamos saliendo — añadió Leonard con firmeza.
           
A diferencia de Vicky, que había intentado tratar el tema con tacto, el pelirrojo, siguiendo su estilo, había sido implacable. “Estamos saliendo”, lo que traducido a nuestro idioma vendría a ser: “ha ganado el mejor. Sé un hombre y acéptalo”.
           
Pero mi mente se negaba a aceptarlo. Victoria y yo no teníamos nada, es cierto. Y Leonard estaba enamorado de ella, también es cierto. Pero lo que de verdad me dolía era que habían actuado a mis espaldas. Se habían comportado como si yo no existiera, como si mis sentimientos no valieran nada. Me sentía herido y traicionado por los que había creído mis amigos.
           
— Tom, ¿estás bien? — preguntó Victoria preocupada.
           
“Como si me hubieran arrancado los testículos, se los hubieran dado de comer a un cocodrilo y después me hubieran atropellado con un camión de cincuenta toneladas antes de deshacer mis restos con ácido en la bañera”, pensé para mis adentros. Sin embargo, repliqué con un hilo de voz:
           
— Perfectamente.
           
Sin volver a mirarlos a la cara, entré en la casa como un torbellino enfurecido y cerré dando un fuerte portazo.

— ¿Lo teníais todo planeado, verdad? — pregunté, dejando que mi voz destilara toda la amargura que sentía por dentro.

— ¿De qué estás hablando? — replicó Leonard, acercándose hacia mí a grandes zancadas. Sin embargo, antes de que pudiera llegar a mi altura, me aparté de su trayectoria.

— Sabes perfectamente de lo que hablo. Ayer, en la boda, cuando os largasteis, dejando a todo el mundo preocupado. Lo teníais todo planeado.

— ¡Eso no es cierto, Tom, y lo sabes! — gritó Victoria, indignada.

— ¡Tal vez tú no! Pero estoy seguro de que él llevaba planeándolo hace tiempo.

— ¡Tom, estás desvariando!

— Desde que Victoria llegó a Estados Unidos has querido que fuera tuya a toda costa. Te importaba una mierda que a mí también me gustara. ¡Siempre te ha importado una mierda lo que yo sienta!

— ¡Deja de hacerte la víctima, Tom!

— ¡No me hago la víctima! Tú sabes tan bien como yo que ésta no es la primera vez que me haces una putada así.

— Creí que esa historia ya estaba enterrada y olvidada.

— Para ti es muy fácil enterrar y olvidar, Leonard — contesté con voz teñida de puro odio.     

— Crystal me eligió a mí porque yo le gustaba más que tú, Tom. Yo no la obligué a que se acostara conmigo. Ni a Victoria tampoco.

— ¡Pero te la tiraste a mis espaldas! Igual que has hecho ahora con Victoria. Si fueras un amigo de verdad, si te importara algo, aunque fuera lo más mínimo, habrías hablado conmigo antes de mover ficha.

Tras haber pronunciado aquellas palabras, el silencio se apoderó de la estancia. Leonard me miraba con cara de arrepentimiento, pero sin atreverse todavía a pronunciar las palabras mágicas, aquéllas, que, a pesar de todo el daño que me había hecho, le valdrían mi perdón. Victoria tenía la vista clavada en sus zapatos, parada en medio de la habitación cual vulgar espantapájaros, sin saber muy bien qué decir o hacer para arreglar aquella situación.

— Se me está haciendo tarde — dijo un momento después, rompiendo así el molesto silencio —. Debería irme ya a casa.   

— Sí, eh… Yo te acompaño — se ofreció Leonard. Victoria negó enérgicamente con la cabeza.

— Gracias, pero preferiría ir sola. Necesito despejarme un poco.

Sin decir una sola palabra más, Victoria cogió su bolso, abrió la puerta y se marchó. Leonard hizo entonces ademán de decir algo, pero yo le corté rápidamente.

— Leonard, creo que ya nos hemos dicho todo lo que nos teníamos que decir.

El pelirrojo se me quedó mirando con sorna, antes de soltarme:

— ¡No! Tú eres el que ha soltado toda su mierda esperando que yo me la tragara sin rechistar. Pero no has pensado que tal vez esto tampoco sea fácil para Victoria ni para mí. Si esto no ha pasado antes, es precisamente porque nos importas, Tom. Porque no queríamos hacerte daño. ¡Por el amor de Dios! Después de todos los años que llevamos siendo amigos, ¿aún dudas de que te quiero como un hermano?

Aquellas últimas palabras se clavaron hondamente en mi pecho, como si de afilados puñales se tratara. En todo el tiempo que le conocía, Leo nunca me había dicho algo así. Siempre había estado ahí cuando le había necesitado, tanto en los buenos como en los malos momentos, pero nunca había expresado sus sentimientos hacia mí en voz alta. Me daban ganas de correr hacia él y estrecharlo con fuerza entre mis brazos, pero todavía quería hacerlo sufrir un poco más.

— No te creo, Leonard — repliqué con fingida amargura —. Un hermano no le escondería a otro el mando de la tele, ni se mearía fuera de la taza del wáter, pero sobre todo, no le estamparía el coche de su madre contra la valla del vecino.

— ¡Tío, ya te dije que fue un accidente! ¡Además, le pagué a tu madre la factura del mecánico!

— Sí, pero eso no me libró de llevarme un buen bofetón.

— No, el bofetón te lo llevaste porque tuviste cuatro suspensos en el instituto, así que no me cargues a mí con tus marrones.
           
— Bueno, tal vez no hubiese suspendido cuatro si no me hubiese relacionado con malas compañías — repliqué, esbozando una sonrisa cómplice.
           
— Eso no lo dirás por mí, ¿verdad? — inquirió, arqueando una ceja, al tiempo que se acercaba hacía mí lentamente.
           
— ¿Por quién sino?
           
— Tal vez sea una mala influencia, pero también soy el mejor amigo que nunca tendrás — dijo, atrapándome en un fuerte abrazo con el que casi me rompe una costilla.


Angela
“Papá, por favor, aguanta”, no cesaba de repetir mi mente. “Aguanta hasta que lleguemos al hospital. Allí cuidarán bien de ti y te curarán”.

Pero por mucho que tratara de engañarme, sabía que el final había llegado. De todas las crisis que había sufrido mi padre durante su enfermedad, ésta estaba siendo sin duda la más severa. 

Johnny conducía por encima de la velocidad permitida, y creo que incluso se saltó algún semáforo en rojo. El hospital estaba bastante lejos de mi casa, y si no nos dábamos prisa, no llegaríamos.

— ¡Joder, debería haberme ocupado más de él! — no dejaba de lamentarse Hans desde el asiento del copiloto.

— Deja de atormentarte. No fue culpa tuya que papá enfermara, ni tampoco que haya empeorado en los últimos días.

— Pero…

— ¡Pero nada, joder! Hans, haznos un favor a todos y cállate hasta que lleguemos al hospital.

Y por extraño que parezca, mi hermano se calló en el acto. Johnny giró hacia la derecha y a lo lejos podía verse ya la fachada del hospital. Abracé a mi padre, que iba conmigo en los asientos traseros del coche.

— Aguanta, papá — le supliqué, conteniendo las lágrimas a duras penas.

— Iuta… — consiguió balbucear.

— No, papá. Soy yo, Angela. Iuta vendrá más tarde.

Aunque lo cierto era que no sabíamos dónde estaba mi hermana. Habíamos llamado a casa de Emma para ver si se había quedado allí a dormir, pero nadie cogía el teléfono. Un mal presentimiento me decía que se habían largado, dejándonos colgados a mi hermano Hans y a mí. Pero mi lado racional, que a pesar de estar poco potenciado, existía, me decía que aquello no era posible. Iuta siempre había sido una mujer responsable que jamás abandonaría a su familia, y mucho menos a un padre enfermo de cáncer. Un padre al que amaba más que a nadie en el mundo. Mucho más que a esa tal Emma, a la que apenas conocía.

— Hemos llegado — anunció Johnny con voz triunfante, al tiempo que aparcaba el vehículo frente a la entrada del hospital.

En cuanto paró el coche, Hans se bajó y abrió la puerta trasera para sacar a nuestro padre.

— Con cuidado, Hans — le advirtió Johnny a su espalda —. Es tu padre, no un saco de patatas.

Hans asintió con la cabeza, y a partir de ese momento trató de tomarse las cosas con más calma. Nunca en mi vida lo había visto tan nervioso como entonces. Claro que nunca en toda mi vida mi padre había estado tan cerca de la muerte como en ese momento.

martes, 12 de julio de 2011

Premio destellos brillantes en el cielo azul

Las normas del premio son las siguientes:

- Publicar el nombre de la persona a quien premiamos y el enlace de su blog.
- Premiar a 6 personas que no hayan recibido ya este premio. Si ya has sido premiado, comunícaselo a la persona que te ha premiado para que pueda premiar a otro.
- Colocar la imagen del premio en la entrada.
- Especificar en la entrada que hay que anunciar todas las normas cada vez que se premie a alguien.
- Decir en la entrada el nombre de la persona que te ha premiado.
- Contar tu mayor sueño.



Bueno, pues en primer lugar, quería darle las gracias por este premio a Carlos Jiménez, que no sólo es un gran escritor, sino también una gran persona, con unos gustos literarios y de series muy parecidos a los míos. Tú sabes que te aprecio mucho y que me ha hecho muchísima ilusión que me concedas este premio :)

Ahora, voy a pasar a nombrar los 6 blogs a los que doy el premio:
1. A Patricia, por su blog "Una traición, una muerte y un gran poder" (http://solounavivira.blogspot.com/)
2. A Sun Burdock, por su blog del mismo nombre (http://sunburdock.blogspot.com/)
3. A Laura TvdV, por su blog del mismo nombre (http://lauratvdb.blogspot.com/)
4. A Serela Ense por su blog, "Le Gardien Des Quatre Ombres" (http://piensaloquequierasperodilo.blogspot.com/)
5. Atanila Sirabar, por su blog "Medievo" (http://medievoenelxxi.blogspot.com/)
6. Esthervampire, por su blog "Invazion" (http://invasion-z.blogspot.com/)

Bien, en cuanto a "mi gran sueño", pues aparte de escribir y publicar un libro algún día, sería también acabar la carrera y el máster y poder irme a trabajar a Estados Unidos, Irlanda o Francia :)

Capítulo XIII. Keep on going (Parte 2)

Angela       
— He conocido a alguien.
           
Las palabras salieron disparadas de mis labios, como las balas de una pistola tras haber apretado el gatillo. Imparables, irremediables.
           
La psicóloga alzó la vista por encima de sus gafas de montura cuadrada y clavó sus pupilas azules en las mías. Su mirada destilaba una extraña mezcla de sorpresa y desconfianza. Antes incluso de que hiciera ademán de hablar, yo ya sabía cuál iba a ser su siguiente pregunta. Aquella mujer era tremendamente previsible. Más bien, irritantemente previsible.

— ¿Estás segura de que esa persona es real? — inquirió con escepticismo — No sería la primera vez que tu mente crea personas que no existen para… llamar la atención de tu familia.
           
Apreté los puños con fuerza, haciendo un gran esfuerzo por controlar mi temperamento. Si agredía a mi psicóloga en plena sesión, iría al psiquiátrico de cabeza.
           
— Se llama Johnny — repliqué, eludiendo a propósito su pregunta —. Es amigo de Leonard… O bueno, al menos toca la batería en su grupo…

— ¿Has vuelto a ver a Leonard? — me interrumpió la psicóloga con verdadera curiosidad.

Asentí con la cabeza, pero no le dije nada más sobre mi reencuentro con el pelirrojo, porque quería contarle a alguien (aunque ese alguien fuera la estúpida de mi psicóloga) que había conocido a un chico que se había portado conmigo como un caballero… Al menos durante la última media hora de nuestra “cita”.

— Lo conocí en la boda de Michael. Fui con Iuta y Hans, pero… — tragué saliva con fuerza antes de continuar — Tuve una fuerte discusión con mi hermano y decidí abandonar la ceremonia. Al salir de la iglesia, me encontré con Johnny, que estaba fuera fumándose un cigarro. Se ofreció a acompañarme a casa, y yo acepté.

Decidí omitir la parte en la que ese tipo casi me viola en el callejón, para no quitarle encanto a la narración.

— ¿Dejaste que ese chico, al que no conoces de nada, te llevará a casa?

Dado el tono histéricamente maternal que había adoptado mi psicóloga, quedó ratificado que había hecho lo correcto ocultándole lo que había estado a punto de pasar la tarde anterior en aquel callejón.

— Bueno… Es amigo de Leo. Sabía que no iba a hacerme ningún daño… — traté de justificarme — ¿Sabe? Le juro que no la entiendo. El mes pasado me decía que tenía que salir más, hacer amigos, abrirme a los demás... Y ahora, cuando le cuento que he conocido a un chico y que me parece muy simpático, usted no sólo no se alegra, sino que encima me tacha de inconsciente.

— No es que no me alegre — replicó la psicóloga, recuperando de repente su habitual serenidad —. Simplemente me preocupo por ti. No quiero que te hagas ilusiones con este chico, porque apenas lo conoces. Con el tiempo, podrías llevarte una gran decepción con él…

Tenía que reconocer que en ese punto tenía razón. Si no podía fiarme de mi propia sangre, como bien me había demostrado Hans al ocultarme las cartas y las visitas de Leonard, ¿cómo iba a hacerlo de un completo desconocido?

— Sí, Mary — contesté finalmente, después de una larga pausa meditativa —. Supongo que tienes razón.


Marty
Aquel día se me estaba haciendo especialmente largo. Eran ya las ocho de la tarde y apenas había tres clientes en el local. Era el efecto resaca post-bodorrio, no había duda, sin embargo, no era eso lo que más me preocupaba. Era Victoria. No había venido a dormir la noche anterior, ni había regresado a casa todavía. Nada se sabía de ella desde que salió en pos de Leonard durante el convite nupcial.
           
— Cariño, no te preocupes — me dijo Úrsula por quinta vez consecutiva aquel día —. Estará en casa de Leonard, pasándoselo en grande. Por eso no llaman. Estarán muy ocupados, haciendo… otras cosas…
           
A veces me sorprendía lo despreocupada que era Úrsula. Ella decía que lo que yo calificaba como “despreocupación” era en realidad “confianza”. En este caso, confianza en que su sobrina era ya una mujer responsable y dueña de sus actos, que no tenía por qué estar rindiendo cuentas constantemente de lo que hacía o dejaba de hacer.
           
Yo, sin embargo, tenía un punto de vista más clásico en ese aspecto.
           
— Buenas tardes, Marty — me saludó una voz femenina desde el otro lado de la barra. Me di la vuelta en su dirección y esbocé una cálida sonrisa de bienvenida.

— Buenas tardes, Anna. Te estaba esperando.      

Conocía al padre de Anna desde hacía algo más de tres años, cuando contraté a su banda para que tocara en mi boda. Era un hombre muy tradicional y bastante cascarrabias, pero de gran corazón. Por eso le dije inmediatamente que sí cuando me pidió que contratara a su hija como camarera.

— ¿Tienes experiencia en hostelería? — le pregunté, cuando estuvimos sentados en una de las mesas del fondo del local.

Ella negó con la cabeza, clavando la vista en el suelo. Pensaba que no iba a conseguir el trabajo.

— Sólo sé tocar el violín y la guitarra, Marty — replicó, en su rudimentario inglés, sin alzar la vista todavía —. No sé hacer nada más.

Su padre tenía razón. Era una chica muy tímida e insegura.

“Pero bueno, Victoria también lo era antes de venir aquí, y mírala ahora. Retozando con el pelirrojo en quién sabe dónde…”

— ¿Ha oído lo que le he dicho, Marty? Por mucho que mi padre se empeñe, yo no sirvo para trabajar como camarera. Le espantaría a todos los clientes.

No pude evitar soltar una carcajada ante aquella pequeña broma por su parte. Aquello pareció confundirla todavía más, a juzgar por cómo frunció el ceño entonces.

— Marty, le estoy hablando muy en serio.

— Anna, necesitas este trabajo. Tu padre fue muy claro conmigo: apenas podéis pagar las facturas. Con el dinero que ganáis tocando el las bodas y comuniones ya no es suficiente. Ya sé que tu principal sueño en la vida no es servir copas a los paletos de este barrio, pero por el momento, es lo que hay.

Anna me miró seriamente a los ojos y asintió con la cabeza. Por fin había tomado una decisión.


Leonard
— ¿Te veo esta noche en el bar de Marty? — le pregunté, inclinándome sobre ella, de forma que su espalda quedó apoyada contra el marco de la puerta.
           
Victoria asintió con la cabeza, antes de darme un beso en la punta de mi nariz.

— Pero ahora tengo que marcharme. Marty y Úrsula deben estar muy preocupados por mí.

— No voy a dejarte marchar hasta que no me des un beso como Dios manda.

— ¿Y si me niego? — inquirió con tono juguetón.

— No podrás irte.

Durante unos segundos, Victoria pareció sopesar cuál era la mejor su mejor opción. Finalmente, decidió por complacer mis deseos, y, poniéndose de puntillas, unió sus labios con los míos en un dulce beso.

Sin embargo, yo no pensaba contentarme con ese leve contacto. La rodeé con mis brazos y la alcé en vilo, obligándola a que rodeara mi cintura con sus piernas, al tiempo que hacía más profundo el beso. Victoria soltó un suave gemido cuando nuestros labios se separaron y me abrazó con fuerza, como si temiera caerse de espaldas de un momento a otro.
           
Yo le devolví el abrazo con ganas, esbozando una sonrisa complacida.
           
— Leo, iba en serio cuando te dije que tenía que marcharme.
           
— ¿Ah sí? Pues yo también iba en serio cuando te dije que no te iba a dejar marchar de aquí.
           
— Leo… — comenzó a decir en tono de advertencia.

— Está bien — repliqué con resignación, al tiempo que la dejaba con cuidado en el suelo —. Supongo que no puedo pedirte otro beso de despedida, ¿no?

Victoria se quedó mirándome con el ceño fruncido, fingiendo irritación, antes de negar con la cabeza. Viendo que había perdido la batalla, no me quedó más remedio que rendirme ante el bando vencedor y abrirle la puerta. Y cuál fue nuestra sorpresa al descubrir quién había esperando tras ella.


Johnny
Aparqué junto al bordillo de la acera. Había tenido suerte de encontrar un sitio donde dejar el coche, justo en frente de casa de Angela. Apagué la música y me desabroché el cinturón antes de apearme del vehículo. Fue a partir de entonces cuando mi buena suerte me abandonó, más concretamente cuando mi pie izquierdo pisó una mierda de perro.
           
— ¡Joder, qué asco! — maldije en voz alta, quizá demasiado, a juzgar por cómo se me quedaron mirando dos ancianas que pasaban en ese momento por la calle.
           
Las ignoré y traté de limpiarme la suela de mi bota en el bordillo de la acera.
           
— ¿Johnny? — oí que me llamaba una sorprendida voz femenina a mi espalda.
           
Me giré muy despacio, rogándole al señor para no fuera ella.
           
“¡Mierda!”, grité en lo más profundo de mi mente. “Mi madre tenía razón. Si te apartas del camino del señor durante mucho tiempo, deja de escuchar tus súplicas… ¡Menudo cabronazo!”
           
— Angela, ¿qué tal? ¿Cómo tú por aquí? — repliqué, esbozando una sonrisa de lo más forzada.
           
— Yo vivo aquí — replicó ella con sorna —. La pregunta sería más bien, ¿qué haces por aquí? ¿No me estarás siguiendo, verdad?
           
— ¡No, claro que no! — mentí deliberadamente — Yo sólo he parado aquí para… Bueno, ya sabes… Quería admirar las vistas de la ciudad desde esta calle.
           
Angela compuso una mueca de incredulidad antes de sugerir:
           
— ¿Quieres pasar a mi casa y limpiarte esa zapatilla como Dios manda?
           
“Así que a pesar de mis inagotables esfuerzos por ocultarlo, se ha dado cuenta de lo de la zapatilla”.
           
— Bueno, eso depende. ¿Está tu hermano en casa?
           
Aquella respuesta pareció confundirla.
           
— ¿A qué viene eso?
           
— Bueno, después de lo ocurrido ayer durante la boda, comprenderás que tu hermanito no encabeza la lista de personas con las que me iría a una isla desierta.
           
Angela puso los ojos en blanco antes de responder:

— Mi hermano no está en casa. Ni mi hermana tampoco. Pues entrar con total tranquilidad. Nadie va a morderte. Ni si quiera el pitbull de la vecina…

— ¿Tu vecina tiene un pitbull? — pregunté con cierto acojono.

— Sí, pero creo que no eres lo suficientemente grande y jugoso para su gusto. Así que, tranquilo. Estás a salvo con Bigotitos.

— ¡¿Bigotitos?! ¿Qué clase de persona llama “Bigotitos” a un pitbull? ¿Y qué has querido decir con eso de que no soy lo suficientemente grande y jugoso?

— Pues eso. Que no te vendría mal comerte un buen plato de lentejas con chorizo de vez en cuando. Te estás quedando en los huesos…

Tras soltarme aquel insulto tan falso como poco original, abrió la puerta de su casa y me invitó a entrar.

— Quítate las zapatillas antes de entrar — me indicó, al tiempo que ella hacía lo propio con las suyas —. Es una costumbre nórdica que hemos heredado de mi abuelo, que era danés.

Yo asentí con la cabeza y me las quité.
           
— El baño está al fono a la derecha — me indicó con una sonrisa, al tiempo que dejaba las llaves en un cuenco que había sobre la mesa del recibidor.
           
— Vale. Muchas gracias por todo, Angela.
           
— ¡Oh, no digas tonterías! Tú ayer me salvaste la vida, así que podría decirse que ahora estamos en paz.

domingo, 3 de julio de 2011

Capítulo XIII. Keep on going (Parte 1)

Victoria
Do you wanna touch? (Yeah)/ Do you wanna touch? (Yeah)/ Do you wanna touch me there, where/ Do you wanna touch? (Yeah)/ Do you wanna touch (Yeah)…
           
El sonido de aquella estridente melodía me despertó muy temprano a la mañana siguiente. Era como un molesto zumbido que rebotaba en mi cabeza después de una noche de resaca. Claro que la noche anterior no había bebido ni una gota de alcohol…

Los ojos me escocían, como si me hubiesen clavado un millar de pequeños alfileres en mis globos oculares. Haciendo un gran esfuerzo, conseguí que mis párpados se mantuvieran abiertos el tiempo suficiente para ubicarme. Estaba en casa de Leonard, en su cama, más concretamente, completamente desnuda, y cubierta apenas por una sábana blanca manchada con mi sangre…
           
Mi sangre. La prueba irrefutable de que lo ocurrido la noche anterior había sido real y no un simple sueño subidito de tono.   

— ¿Has dormido bien, Victoria? — oí que me preguntaba Leonard desde el vano de la puerta.

Me giré en su dirección sobresaltada, pues no lo había oído entrar. Llevaba el pelo recogido en un moño descuidado e iba vestido únicamente con unos pantalones vaqueros cortos.

— Sí, muy bien — repliqué, sin poder apartar la vista de su cabello rojizo.
           
Desde que lo conocía, siempre había pensado que me gustaba más con el pelo suelto, con la melena al viento, como habría dicho mi tía Úrsula. Pero no me había dado cuenta de que al recogerse el cabello, la barrera que cubría sus ojos desaparecía, consiguiendo así que éstos me subyugaran, me sedujeran… Fue entonces cuando me pregunté si Leonard sería consciente del efecto que producía en mí.

— He pensado que tendrías hambre, así que te he preparado el desayuno — me explicó, señalando con la mano la mesita de noche que había al lado izquierdo de la cama, donde había una bandeja llena de comida —. Espero que no te importe compartir ese manjar conmigo, porque todavía no he desayunado — añadió, acercándose a la cama como lo haría un león hambriento dirigiéndose a su presa.

— ¿Ah, no?

— No. La verdad es que estaba esperando a que te despertaras para que pudiéramos desayunar juntos.

“Qué considerado es”, pensé para mis adentros. Y mientras yo me dedicaba a pensar, Leo aprovechó para tumbarse a mi lado en la cama y poner la bandeja de comida sobre su regazo.

— No… no conozco esta canción… — balbuceé, tratando de apartar la mirada de su cuerpo semidesnudo. Leo esbozó una sonrisa torcida, antes de contestar:

— Es de Gary Glitter, se llama “Do you wanna touch me?”
           
El tono con el que dijo el título de la canción, y sobre todo, la intensidad con la que recorrió mi cuerpo mientras lo hacía, me hicieron preguntarme si con ello sólo quería aumentar mi cultura musical, o si por el contrario buscaba por mi parte una respuesta a esa pregunta.
           
“Of course I wanna touch you”, pensé para mis adentros.

— Después de lo de anoche, debes de estar tan hambrienta como yo…

La forma de pronunciar aquellas palabras no podía sino considerarse como tremendamente sexual. Y el fuego que transmitían sus ojos dejaba bien a las claras que lo ocurrido la noche anterior no había sido suficiente para él. Quería más, mucho más.
           
— Sí, la verdad es que me apetece mucho un café con tostadas y mermelada.

— No me refería a la comida — replicó, acariciándome una pierna por encima de la sábana —. Estoy hambriento de ti.

Me quedé mirándolo con los ojos como platos, aunque bien sabía yo que con Leonard, adoptar esa actitud era inútil. Ese hombre, o no conocía el significado de la palabra “pudor”, o si lo conocía, huía de él como si fuera la peste.

— ¿Te gustaría continuar por donde lo dejamos anoche, cariño? — me preguntó con una sonrisa maliciosa.

Yo, que me había empezado a beber un vaso de zumo, me atraganté en cuanto aquellas palabras salieron de sus labios. Leonard soltó una risita traviesa al ver lo que su “proposición indecente” había provocado.

— ¿No estás cansado? — inquirí, al tiempo que trataba de limpiar con una servilleta los restos de zumo que habían quedado en la sábana.

Él negó con la cabeza, antes de dejar la bandeja a los pies de la cama y quitarme la sábana, con lo que quedé completamente desnuda y a su merced. Antes de poder protestar, se colocó sobre mí, mirándome directamente a los ojos con infinita lujuria.

— Victoria, tenemos que recuperar todo el tiempo perdido — dijo, antes de dirigir su rostro hacia mi cuello, que comenzó a mordisquear de forma juguetona.

La oleada de placer que me sobrevino entonces hizo que lo abrazara fuertemente por la cintura, aferrándome a su enorme cuerpo, al tiempo que estiraba las piernas a través de la cama, dejándome llevar por la pasión del momento. Y puede que fuera precisamente la pasión del momento la que me cegó de tal modo, que no me di cuenta de que de un puntapié había tirado la bandeja de comida al suelo.

— ¿Qué ha sido eso? — preguntó Leonard, alzando la cabeza de mi cuello, cuando oyó el ruido del cristal de los vasos al impactar contra el suelo. 

— Nada, nada — repliqué con voz jadeante, al tiempo que atraía de nuevo su rostro hacia mi cuello —. Continúa, por favor.

Al oírme pronunciar aquellas palabras, Leonard se quedó mirándome primero incrédulo, y después, gratamente sorprendido.

— Sus deseos son órdenes para mí, milady.


Iuta
El cálido sol californiano brillaba ya en todo su esplendor cuando salimos de casa de Emma aquella mañana. Metimos las mochilas en el maletero de su descapotable rojo y nos dimos un beso frente a la atenta mirada de los vecinos que paseaban a aquellas horas por la calle.

Habíamos organizado el viaje de forma muy precipitada, pero ambas lo deseábamos más que cualquier otra cosa en el mundo. Distanciarnos de la civilización por unos días era precisamente lo que necesitábamos para aclarar nuestras ideas.   

— ¿Seguro que no quieres despedirte de Angela? — me preguntó Emma — Hans se ha comportado como un auténtico imbécil, pero Angela no tiene la culpa. Tal vez ella… Tal vez acepte nuestra relación.

Solté un suspiro cansado. No me apetecía volver a discutir ese tema.

— Hablaremos con ella cuando volvamos. Total, sólo vamos a estar fuera dos días. Marty le dirá que nos hemos ido y que no tiene de qué preocuparse.
           
— Todavía no puedo creerme que vayamos a hacerlo, Iuta — comenzó a decir, al tiempo que me abrazaba con fuerza por la cintura —. Vas a venir conmigo, sin importar lo que piense tu familia.

— Ahora mismo sólo me importas tú, cariño — repliqué, inclinándome sobre ella y dándole un tierno beso en la punta de la nariz.

El dueño de la farmacia donde compraba los medicamentos de mi padre pasó en ese momento frente a nuestro coche y se quedó mirándonos con una mirada entre confusa y curiosa. Emma alzó la vista en su dirección y lo recorrió con una mirada desafiante. El farmacéutico decidió seguir con su camino y dejarnos en paz.

— No soporto que la gente haga eso. Nos miran como si fuéramos una atracción de feria — dijo Emma, y su voz destilaba una mezcla de impotencia y furia contenida.

— Olvídate de ellos — repliqué, estrechándola con fuerza contra mi pecho —. Ahora sólo existimos tú y yo.

Emma asintió con la cabeza, antes de deshacerme de mi abrazo con delicadeza.

— Será mejor que nos vayamos ya, o no llegaremos a tiempo.
           
Nos subimos al coche y pusimos la radio antes de partir. Siempre he sido de la opinión de que un viaje sin música es como ir al cine sin comprar palomitas: puedes hacerlo así, pero sientes que falta una parte esencial en el proceso.
           
En una de las emisoras de radio estaba sonando “Bohemian Rhapsody” de Queen. Aquélla era una de las canciones favoritas de Leonard e inmediatamente pensé en él. A pesar de que nunca había estado realmente enamorada de él, le tenía mucho aprecio, pues siempre se había portado muy bien conmigo.
           
— ¿Te encuentras bien, cariño? — me preguntó Emma preocupada.
           
Yo asentí con la cabeza esbozando una leve sonrisa. Naturalmente que me encontraba bien. Por fin había encontrado mi sitio en el mundo.


Johnny
— Tío, deja ya de hacerte el mártir, por favor. Seguramente Leonard se la tiró anoche, sí. Y seguramente se la esté tirando ahora mismo, mientras tú estás aquí, en mi casa, comiéndote mis sobras de comida china y lloriqueando porque eres un desgraciado y un incomprendido…

— ¡Yo no estoy lloriqueando! — replicó Tom, con la boca llena de arroz tres delicias. Mi arroz tres delicias.

— Tom, vámonos de fiesta — sugerí, sin dejar de mirar la fiambrera del arroz con nostalgia. Tendría que comprar más para la cena —. Conoceremos tías buenas, nos las tiraremos y…

— ¡Son las cuatro de la tarde! — me interrumpió Tom, indignado — ¡¿Dónde coño vamos a irnos de fiesta a las cuatro de la tarde?!

— El bar de Marty está abierto a estas horas…

— ¡Sí, claro! Lo que necesito para olvidarme de Victoria, es ir a emborracharme al bar de su tío. ¡Colega, eres un genio! No sé como no te han dado ya el premio Nóbel.

El sarcasmo que desprendía su voz era como un ácido corrosivo. Estaba a punto de mandarlo a la mierda, o como mínimo a arrebatarle mi comida de sus sucias pezuñas, cuando unos golpes en la puerta me trajeron de vuelta a la realidad.

— ¿Quién será a estas horas?

— Alguien que viene a jodernos el día.

“El día se me jodió anoche, cuando llamaste a mi puerta y me dejaste la nevera vacía, cabronazo”, pensé en mi fuero interno.

Antes de preguntar quién era, miré por la mirilla para ver si eran los de Hacienda que venían otra vez a dar el coñazo. Pero nada más lejos de la realidad…

— ¿Angela? — pregunté sorprendido, al tiempo que le abría la puerta — ¿Qué haces tú por aquí?

— Yo… Me dijeron que vivías aquí y he venido a darte las gracias de nuevo. Ya sabes, por lo que hiciste ayer por mí…

Su voz se apagó de repente, cuando sus ojos se posaron sobre Tom. Éste, a su vez, dejó de comer y le devolvió la mirada a Angela con otra de su cosecha.

— No sabía que tenías visita — continuó, sin apartar la vistade mi amigo.

— Sí, bueno. Es que está pasando un momento un tanto difícil y…

— A esta señorita mis problemas no le incumben — me interrumpió Tom deliberadamente, frunciendo el ceño en una mueca de desconfianza.

Angela soltó una risa sardónica, antes de dirigirse de nuevo hacia la puerta.

— Volveré cuando estés solo y podamos hablar más tranquilamente — dijo, saliendo de mi piso y cerrando con un fuerte portazo.