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"When I hear the music, all my troubles just fade away/ When I hear the music, let it play, let it play",

"Let it Play" by Poison.
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sábado, 10 de marzo de 2012

Relato de Kapy ^^

Bonsoir, mes petits amis! Ante todo me gustaría dar las gracias a todos aquellos que leísteis el último capítulo y me disteis vuestro apoyo. Os lo agradezco mucho, porque vuestra opinión y apoyo son muy importantes para mí. Bien, hoy os traigo un relato muy especial para mí porque es el segundo fanfic (además la misma semana que Adol subiera el primero) que hacen de mi historia. Éste corre a cargo de mi colega Kapy, que si os acordáis me basé en él para hacer el personaje de Dani, y para que os situéis un poco va a contar una escena ficticia entre su personaje y el de Armand. Procedo ahora a dejaros su relato (con el que me he divertido mucho leyéndolo) y con la introducción del propio Kapy). Merci beaucoup por el relato, Mr. Romero y espero que al resto de seguidores os guste el relato tanto como a mí. ¡Un beso!

Señoritas y señoritos seguidores de FFR, como sabéis la señorita Athenea va a tomarse un merecido descanso para reflexionar sobre la trama de esta gran obra que, a mi parecer y espero que al vuestro también, merece ser publicada por una editorial y tener su propia serie televisiva. Sabréis también que apareció hace poco un personaje llamado Dani que dio bastante guerra a Armand, que para mi fue una especie de regalo por parte de Athenea. Y ahora que vamos a pasar un tiempecito si saber de nuestros rockeros favoritos he decidido escribir esta especie de interludio a modo de pequeño homenaje para Athenea y su historia, espero que la disfrutéis. Y como dice la canción de Scorpions: The spirit of rock will never die!


Armand
Sonó el timbre mientras estaba enfrascado en un libro de Baudelaire, parecía que últimamente éste era mi único amigo, sonaba casi macabro que el poema que más me llenaba en ese momento fuera L’Ennemi. Sonó el timbre por segunda vez, me levanté con las piernas agarrotadas, tanto tiempo sentado en el sillón no me sentaba nada bien. Mientras me acercaba a la puerta solté un ligero “voy” y fui arrastrando los pies con desgana a la puerta. Al abrir encontré a un joven que vestía un desaliñado uniforme de correos, a sus pies descansaba un paquete que le llegaba aproximadamente a la rodilla.

-Buenos días, ¿Eres Armand?-dijo mientras pasaba de una mejilla a otra un chicle verde. Parecía que no le habían enseñado a tratar al cliente por su apellido, tal vez fuera un estudiante trabajando para pagarse los estudios.

-Oui, c’est moi- solté en un francés dejado, casi ininteligible.

-¿Perdone?

-Ah, lo siento, sí, soy yo.

-Vale, ¿puede hacerme usted el favor de echar una firmita aquí y aquí?-dijo señalando dos líneas de un papel que llevaba dentro de una carpeta

Tras firmar, el muchacho se quedó en el umbral con la mano derecha esperando una propina, le di un par de dólares que llevaba en el bolsillo del pantalón y se marchó satisfecho soltando un “au revoir” que me sonó como un puñetazo en el estómago.
Recogí el paquete y lo llevé al salón.

Me quedé mirando el paquete un rato, como temiendo a que explotara o esperando atravesarlo con la mirada. Finalmente me decidí a abrirlo y cuán grande fue mi sorpresa cuando vi entre un mar de bolitas de poliestireno que se trataba de un jarrón exacto al que destrocé en la pelea contra Hans y su amigo, al fondo de la caja había una nota que rezaba: “Hola, soy Dani, me recordarás como el puto borracho que irrumpió en tu apartamento para ponerte fino. Quisiera quedar contigo en el garito de siempre, ya sabes, el Hellfire, el sábado a las 23:00, supongo que no te fías de un menda, pero quisiera hablar en son de paz. Como decís los gabachos “à demain”.

Dani
Otra noche más en este jodido tugurio dando vueltas al chupito de Jack Daniel’s, supongo que este tipo de cuevas están hechas para perdedores como un servidor, que se avergüenzan de si mismos y que buscan algo de alcohol para intentar esconder la mierda que son y tal vez mirar el culo a alguna camarera de esas que cuando se dan cuenta te sueltan una hostia. Hablando de camareras, en ese momento apareció Iuta en al bar, estaba tan buena como siempre, pero se la notaba cansada. Al darse cuenta de que mi vaso estaba vacío se acercó a mi mesa sin reparar en mí.

-¿Le pongo algo?- preguntó mecánicamente.

-Mucho- dije pícaramente- pero me conformaré con una jarra de rubia bien fría.

-¡Tú! ¿Qué cojones haces aquí?, ¡creí que te habías largado a España!

-Tranquila tronca, no grites. No, no regresé, ya sabes que nunca volvería, por lo menos mientras me sigan vinculando con…bueno ya lo sabes.

-¿Dónde te has metido estos dos últimos meses?

-Bueno, me di de hostias con el pavo al que le levanté la burra a la puerta del Palm Three Club, un tal Big Brown, y he estado en la trena, me dejaron en libertad condicional porque el tal Big Brown apareció sin brazos y sin piernas en una calle de San Diego y no tenían pruebas para entrullarme de por vida.

-Joder… ¿Y que vienes a buscar? ¿Acaso no te quedaste a gusto cuando le dejaste la cara hecha un cromo a Armand?

-No, no me quedé a gusto, por eso he venido, he quedado con él aquí para disculparme.

-¿Te ha abducido el alien de Roswell o te estas quedando conmigo?

-No, te lo digo totalmente en serio.

- Está bien, una jarra de cerveza entonces ¿No?-dijo mientras se alejaba a por el pedido.

-¡Iuta! ¡Espera!, te he traído algo- dije entregándole una cajita- son unos pendientes, los vi y pensé que te quedarían bien, si no te gustan los puedes vender a buen precio en el centro.

-Vaya, gracias, son… muy bonitos, pero… no sé…

-Quédatelos, considéralo como parte de mi perdón por lo que pasó la última vez que nos vimos.

Justo en ese momento hizo aparición el señorito Armand, ese tío tiene el jodido don de la oportunidad. Me divisó en seguida y se acercó con actitud defensiva, intentando aparentar superioridad, pero estos tipos nunca consiguen estar los suficientemente seguros de sí mismos, lo sé por experiencia, así que decidí hablarle en mi mejor francés aprendido entre putas y maleantes en el Sacre Coeur de París durante mi primer exilio.

-Buenas noches Armand, siéntate por favor. Iuta, sírvele una copa de lo que pida.

Ellos dos se dirigieron una mirada un tanto perpleja y a la vez de complicidad, pero las únicas palabras que intercambiaron fueron “un gin tónic, por favor” y “en seguida vuelvo”

-Recibí su jarrón, ehm…gracias.

-Era la única forma que tenía de llamar tu atención, no tienes ni idea de la de vueltas que he podido dar a aquella noche. Por cierto me llamo Daniel, pero mis amigos me solían llamar Kapy, lo digo para que me tutees, me suena a tribunal, eso de que me traten de usted.

-Bien, Daniel, me estabas diciendo que le has dado muchas vueltas a la noche en la que Hans y tú- sobrecargando la sonoridad de ese “Tú”-irrumpisteis en mi casa atentando contra mi integridad física y emocional, sin contar con los destrozos en mi mobiliario.

-Si, te jodimos bien jodido y no estoy para nada orgulloso de…-en ese momento apareció Iuta con las bebidas y las posó en la mesa, pero no dijo nada.

-Gracias- dijo Armand. Y Iuta se alejó a servir a un par de borrachos que se encontraban en la barra.

-Como te iba diciendo, no estoy nada orgulloso de lo que hice, pero debes entender mi postura. Iuta y yo nos conocemos desde hace tiempo, cuando me dedicaba a romper las cuerdas de mi bajo con Hans, yo acababa de llegar a California y no conocía a nadie más, comprenderás que es como una hermana para mí. Esa noche estaba borracho y Hans me dijo que ibas a violarla. Por lo general no soy una persona impulsiva, pero cuando algo me toca directamente no me controlo y menos borracho, no pretendo utilizarlo como una excusa, pero es la verdad. Ya sabes mi versión.

-Esta bien, pongamos que te perdono, ¿Qué pretendes conseguir con mi perdón?

-Bueno, me gustaría contratarte, sé que eres abogado y que te formaste en La Sorbona, lo que te convierte en un buen abogado. También sé que no somos tan diferentes y que has sufrido bastante.

-¡Tú no tienes ni puta idea de mi vida!-dijo mientras se levantaba y dejaba caer la silla al suelo. Varios borrachos se pararon a mirar y por un momento sólo se escuchaba un tema de Led Zeppelin de fondo.

-¡No, no sé que tu padre era un putero sifilítico que hizo que tu madre se suicidara por no poder cargar con una culpa que no le pertenecía! ¡No sé que te tuviste criar sólo ni que diste mil vueltas por varios internados donde fuiste marginado socialmente haciendo que se generara en ti un sentimiento de apatía emocional que te hizo incapaz de establecer relaciones personales con la gente de tu entorno!-

Al parecer mis palabras le calmaron, o más bien le desmoralizaron. Se sentó y se metió el gin tonic de un trago.

-Yo…Tu… ¿Cómo…?-Balbuceó atónito por la cantidad de información que tenía sobre su vida. Creí que se iba a echar a llorar, pero su orgullo se lo impidió.

Cuando uno ha pasado en el lado oscuro tanto tiempo como yo, tiene contactos hasta en el infierno y acceso a un montón de archivos “secretos”.

-Mi padre era alcohólico, mató a mi madre una noche cuando yo sólo tenía diez años. Pasé los años siguientes en varios centros de menores en los que mi única compañía eran unos libros sobre comunismo y cintas de Asfalto y Leño. Cuando cumplí los 18 me uní al PCE, tuve varios problemas ya que me vincularon con ataques protagonizados por los GRAPO, con quienes no tuve ningún contacto y estuve perseguido por el GAL. Me exilié a Francia a un barrio que conocerás muy bien. Regresé a España a escondidas ya que supe que mi padre iba a salir de la cárcel. El día que salió fui a visitarle a su apartamento y le maté a sangre fría, no me reconoció cuando me dejó entrar. Después vine a América y el resto es de sobra conocido.

-¿Por qué me cuentas esto?

-Porque ahora mismo estoy a punto de ser juzgado y me enfrento a la jodida pena de muerte. Y tú eres el único abogado que conozco.

Saqué dos papeles de mi chupa de cuero y se los mostré.

-Mira, el primer papel es una denuncia en la que, a tu nombre, me denuncias por la invasión a tu casa y a tu persona, firma y no volverás a verme nunca más. El segundo es una carta en la que te pido que seas mi abogado y con la que pretendo que seamos amigos.

Tras varios minutos de reflexión, Armand cogió un cigarro mal apagado del cenicero y quemó la denuncia.

-Te defenderé.

Iuta llegó con la cuenta (que yo nunca pagaba) y Armand sacó su cartera, una cartera muy bonita, el día que entré en su casa tuve la intención de robarla, pero se me olvidó. Me miró como esperando que le frenara, pero finalmente pagó él.

jueves, 8 de marzo de 2012

Capítulo XXV. J'ai besoin de toi (Parte 2)

Dearest brothers and sisters, en la noche de hoy  tengo varias noticias que exponeros sobre este blog y la historia que publico en él. En primer lugar, y como ya comuniqué anoche, mi colega Adol ha escrito y colgado un relato/fanfic de FFR en su blog que podéis leer aquí: http://lavenganzadesalome.blogspot.com/2012/03/fight-for-rock.html Quien quiera, que se pase y lo lea. En mi opinión, está muy bien conseguido y para mí es muy especial porque es el primer fanfic de FFR que hace un seguidor. De nuevo, ¡muchas gracias, bro!

Por otro lado, y como ya he comunicado hace unas horas en tuenti, éste va a ser el último capítulo de FFR que voy a subir en este blog. He estado revisando la historia y las notas que tomé cuando empecé a escribirla y lo cierto es que, no sólo me he desviado de forma desorbitada del guion inicial, sino que la historia me está quedando como una auténtica chapuza. Necesito reescribirla de principio a fin para no desmoralizarme más de lo que ya estoy y eso implica muchos cambios, como supresión de personajes o al menos quitarles gran parte de su protagonismo no merecido (Rob, Anna, Diana, Hans, Armand, etc), centrarme más en los personajes protagónicos (Victoria, Leonard, Tom, etc) y describir de una forma más realista y detallada al resto. Puede que incluso cambie de narrador (de protagonista a omnisciente, porque sería más coherente) y que me centre más en la estética e historia del rock (que era la verdadera esencia de la historia). Además, quiero modificar varias escenas que no me convencen tal y como están descritas (como la drogadicción de Leo) y voy a introducir más escenas en inglés.


Todavía no sé si voy a borrar este blog o dejarlo abierto para que la gente que quiera pueda seguir leyendo la historia, pero de cualquier forma la historia aquí publicada no va a ser ni de lejos la versión definitiva, porque ya os digo que voy a hacer muchas modificaciones. Cuando acabe de escribirla y modificarla, si veo que es lo suficientemente buena trataré de publicarla en alguna editorial y si no, la volveré a subir a blogger. 

Como podéis ver, modificar y acabar la historia me va a llevar su tiempo, pero lo cierto es que siento la necesidad espiritual y literaria de hacer este cambio. Espero que podáis comprender mis motivos y que podáis perdonarme por ser tan desastre XDDD. En cuanto tenga claro claro qué voy a hacer con este blog y con la historia en sí, os iré informando. Lo que sí es seguro es que seguiré subiendo relatos independientes de la historia (no sé aún en cuál de los blogs). Creo que no me queda nada más por decir excepto que espero que disfrutéis de este último capítulo y que no me odiéis por esta decisión. Os doy las gracias a todos aquellos que habéis estado conmigo y me habéis apoyado desde el principio, y a todos aquellos que os habéis ido uniendo a este universo roquero paralelo sobre la marcha. ¡Un besito, mis amores! 
Att. Athenea Escritora. 



Victoria
Cada fibra de mi ser se había congelado, convirtiendo mi cuerpo en una vulgar estatua de hielo que presidía el centro de aquella estancia de deslumbrante luz fluorescente. Tras unos segundos de absoluta perplejidad, por fin fui consciente de que Johnny y Angela se habían marchado, dejándome literalmente sola ante el peligro.
           
Notaba sobre mi cuerpo su ardiente mirada esmeralda, mas no me atreví a alzar la mía hacia su rostro. La sangre de mis venas palpitaba con fuerza contra mi piel, produciendo en mi interior un efecto martilleante de lo más mareante. Cerré los ojos un instante, tratando en vano de ordenar los caóticos pensamientos de mi mente. El pelirrojo estaba vivo… Lo cual no dejaba de ser desconcertante. Me había preparado para llorarlo; me había preparado para vengarlo… Pero no había pensado en cuál sería la reacción coherente que debía experimentar si salía con vida de aquello.
           
Good morning, Victoria — me saludó educadamente al cabo de unos minutos. No había en su voz ni rastro de la arrogancia que siempre lo había caracterizado. ¿Acaso el disparo había conseguido cambiarlo y convertirlo en una persona más humilde y responsable? ¿O es que detrás de sus nuevos modales se escondía un oscuro y maquinado propósito?
           
Hi — repliqué, a sabiendas de que aquella respuesta era patética e insuficiente. Después, permanecí en silencio durante unos segundos, rebuscando en el fondo de mi mente algo apropiado que decir, mas no lo encontré. Era como si mi conocimiento sobre la lengua de Shakespeare se hubiese esfumado súbitamente sin dejar ni rastro.
           
I thought you had already come back to Spain — dijo él al cabo de un rato, seguramente tan ansioso como yo por llenar aquel incómodo silencio como fuera.
           
No, no. Not yet — me apresuré a responder, y nunca antes había sentido mi acento español tan marcado en una conversación en inglés.
           
I see. Well… I don’t know what else to say.
           
Sin duda, aquella era una invitación implícita para que hiciera mi aportación estelar a la conversación, pero él no contaba con que en aquellos momentos mi mente estaba totalmente en blanco. Quería decirle muchas cosas, pero mi cerebro era un hervidero de información desordenada y sin sentido y eso no ayudaba precisamente a hilvanar frases coherentes en una lengua extranjera.
           
— Estás vivo… — conseguí decir finalmente en español, lo cual lo dejó todavía más perplejo — Dios santo… ¡Estás vivo!
           
Excuse me, what did you say?
           
— ¡Estás vivo! — repetí histérica, sin importarme lo más mínimo que la persona que tenía frente a mí no entendiera en absoluto mi idioma.
           
Honey, I didn’t understand shit  — contestó él, entre divertido y perplejo.

Of course you didn’t. You Americans don’t even know how to speak your own language correctly.

El pelirrojo me lanzó una mirada fulminante para después esbozar una sonrisa divertida. Al parecer estaba tan sorprendido como yo de que hubiera recuperado la capacidad de articular palabras.

What did you say before?

You’re alive… I thought you were gonna die… I thought…

You’re not gonna get rid of me so easily, Victoria — me interrumpió en tono jocoso, como si quisiera restarle importancia al hecho de que habían estado a punto de matarlo. “Matarlo”. Sí, alguien había querido acabar con su vida.

I don’t want to get rid of you, Leo — repliqué con firmeza —. But of course, there are some things you must change if you still want me to be your friend.
           
El pelirrojo pareció comprender a la primera a qué me estaba refiriendo y asintió gravemente con la cabeza sin apartar su mirada de mi rostro. Sin ser todavía del todo dueña de mis músculos, eché a andar en su dirección para hacer aquello con lo que llevaba soñando todo el día: estrecharlo con fuerza entre mis brazos. Leonard no opuso resistencia alguna, aunque sí soltó un leve quejido muy poco masculino cuando en mi efusividad lo abracé con más fuerza de la necesaria.
           
You don’t know how I’ve missed you, Victoria — susurró contra mi pelo, mientras acariciaba dulcemente mi espalda con sus manos.
           
Believe me, I know it.


Iuta  
Me había saltado dos semáforos en rojo y casi había arrollado a una ancianita que pasaba por la calle con el carro de la compra lleno hasta los topes, pero a pesar de mis esfuerzos desesperados por mantener mi intachable reputación de camarera puntual, mi carrera a contrarreloj sólo había servido para dejarme sin oxígeno en los pulmones y el pelo hecho un completo desastre.

— Marty, siento mucho llegar tarde — solté nada más cruzar la puerta del bar, para después dejarme caer pesadamente sobre uno de los sillones de la entrada.
           
El interpelado compuso una mueca de desaprobación al verme en aquel estado de nervios y extenuación, pero no hizo ningún comentario sobre mi retraso.
           
— Hay alguien en la barra que lleva preguntando por ti todo el día — al decir aquello, la mueca de desagrado en su rostro se acentuó —. Deberías ir a ver qué quiere.
           
La imagen de Armand se me vino de forma instantánea a la memoria. ¿Quién si no iba a venir a verme al bar? Después de la muerte de Emma… Tragué saliva con fuerza. No era el momento ni el lugar para pensar en esa persona. No con el bar lleno de moteros y roqueros borrachos y sin saber qué reacción podía desencadenar en mí aquel doloroso recuerdo.
           
Me dirigí a la barra con paso decidido y, efectivamente, de espaldas a mí se encontraba el remilgado del franchute, vestido con un elegante traje gris y con su inseparable maletín de cuero reposando a sus pies.
           
— Buenas tardes, Armand — lo saludé con cautela —. ¿Me buscabas?
           
El francés se giró en mi dirección esbozando una dulce sonrisa. Se me rompió el corazón al posar la vista sobre su labio partido y su nariz rota, cubierta ahora por una gruesa venda blanca, que, a pesar de ser muy poco estética, no afeaba en modo alguno su afable rostro. El causante de aquellas cicatrices era el amigo de Hans, el mismo que con ayuda de mi hermano había huido a su España natal para no tener problemas con la justicia. Y aún así, aquel adorable caballero francés no sólo me trataba con una exquisita deferencia sino que además se esforzaba por ser mi amigo.

— La verdad es que sí. Iba a salir esta tarde con Rob, pero los planes del rubio no terminaban de convencerme así que, como tengo la tarde libre, me preguntaba si te molestaría que te hiciera un poco de compañía.

Aquella proposición tan surrealista como caballerosa me pilló totalmente desprevenida. ¿Ese franchute insensato estaba tratando de ligar conmigo o sólo quería ser amable? Quizá tenía pocos amigos en la ciudad y se sentía solo. O quizá sencillamente quería fastidiar a mi hermano pasando un rato agradable conmigo delante de todos los moteros del barrio.

Noté posadas sobre mi rostro un tumulto de miradas fulminantes que observaban con abierto desprecio mi conversación con Armand. No resultaba un impedimento el hecho de que la atronadora Master of Puppets inundara la estancia haciendo que fuera prácticamente imposible entender lo que decíamos. Nadie perdía ripio de nuestro inocente coloquio.
           
— Creo que deberías marcharte a casa, Armand. Estoy trabajando y no sé si…
           
— Oh, ya veo — replicó molesto, devolviéndoles la mirada a los clientes alcahuetes del local con una de su propia cosecha.
           
— Armand, por favor, entiende que…
           
Oh, non, chérie. Je comprends tout.
           
Tras decir esto, cogió su maletín y su chaqueta y se marchó del local sin tan siquiera mascullar un triste “au revoir”.


Tom 
— Mi madre ha dicho que no me deja ir al concierto — anuncié con hastío, lanzando con rabia la desgastada chaqueta de cuero sobre el sofá. Los ojos de Leo se encontraron con los míos destilando una malicia conspiratoria que ya le había visto en muchas otras ocasiones. Iríamos a ese concierto, aunque para ello tuviéramos que encerrar y amordazar a mi madre en la alacena de la cocina.

— Tu madre ya podría dejar de tocar los cojones, tío — replicó, al tiempo que sacaba dos botellines de cerveza de la nevera —. Para una vez que conseguimos entradas a buen precio nos quiere joder el concierto. Deberías irte de casa de esa bruja de una puta vez.

Después de haberlos abierto, me tendió uno de los botellines sin borrar de su rostro aquella expresión de determinación. En casa de Leo nunca había alimentos frescos, si obviábamos los congelados del Wall-Mart, ni siquiera una triste botella de leche, pero nunca faltaba la cerveza. Ésa, entre otras, era una de las ventajas de vivir solo, pero… ¿realmente tendría los cojones de mudarme con el pelirrojo y abandonar a mi madre a su suerte?
           
— ¿Y dónde se supone que voy a vivir si me largo de casa, merluzo?
           
Leonard puso los ojos en blanco señalando con un gesto de su mano el cochambroso piso de soltero donde vivía, o para ser más exactos, sobrevivía.

— Oh, venga ya, Tommy, no me pongas esa cara de ajo seco. Ya sé que este piso no es precisamente el palacio de Buckingham, pero tiene su encanto. Además, vivirías con tu querido amigo Leonard, que te conseguiría descuentos para los conciertos y…

— Tú lo que quieres es que te pague la mitad del alquiler, buitre — lo interrumpí con una sonrisa divertida, pero siendo plenamente consciente de la verdad que encerraban mis palabras.
           
— Bueno, claro. Eso ni lo dudes.
           
Clavé mi mirada distraídamente sobre la encimera de aquel cuchitril, tratando por un momento de imaginar cómo sería mi vida allí. Nada podría igualar el infierno diario que vivía en casa de mi madre y, sin duda, compartir piso con el pelirrojo me daría la libertad que necesitaba para alcanzar mi ansiada independencia, pero…

— No estoy seguro de que esto sea correcto, Leo — repuse en tono solemne, dejando confundido al pelirrojo durante unos segundos —. Dudo mucho que vayas a ser capaz de reprimir tus instintos sexuales primitivos hacia mi persona si vivimos bajo el mismo techo…

El pelirrojo, haciendo gala de sus dotes de pitcher, me lanzó a la cabeza una de las manzanas pochas que “decoraban” el frutero que le había regalado una vecina como reglado de bienvenida al edificio. Lo cierto es que esa vieja no había vuelto a pisar el apartamento después de ver que la mierda se subía por las paredes…

— ¡Tío, me has dado en un ojo!

— ¡Te jodes! — replicó el muy cabritillo, estallando en sonoras carcajadas.

— Eres un gilipollas.

— Tommy, no me jodas. Soy el mejor amigo que podrías tener.

           
Después de todo, quizá Leonard no fuera el mejor amigo que uno pudiera tener, pero sí el único que había estado conmigo siempre, en los buenos y, sobre todo, en los malos momentos desde que nos conocimos en el instituto. Y era precisamente ese pensamiento el que me había quitado el sueño en las dos últimas noches, persiguiéndome como una letal ponzoña, envenenándome el alma y la sangre. ¿Le había disparado Diana? ¿El pelirrojo había estado a punto de morir por mi culpa?
           
— Te noto muy pensativo, hermano. ¿Es que ya no me quieres? — inquirió con una vocecilla en falsete acompañada por un fingido puchero de lo más infantil.
           
— ¿La policía ha averiguado ya quién te disparó?       
           
Aquella pregunta hizo que su humor sufriera un cambio abrupto y radical.
           
— No quiero hablar de eso ahora.
           
Leonard apartó la mirada de mi rostro y la clavó en la ventana de la habitación, como si contemplar a través de ella los artificiales jardines que rodeaban el hospital fuera a dar respuesta a sus problemas.
           
— ¿Crees que Victoria volverá pronto a España?
           
Aquella pregunta me pilló totalmente desprevenido y con la guardia baja. ¿Acaso el pelirrojo albergaba todavía esperanzas de que…?
           
— Según tengo entendido, ha retrasado su vuelta unos días por lo de... — me mordí la lengua antes de pronunciar en voz alta aquello que de sobra los dos conocíamos — Pero estoy seguro de que no tardará mucho en regresar. Allí tiene su vida, la universidad…
           
— Su vida también está aquí — me interrumpió súbitamente, posando de nuevo su mirada sobre mi rostro. Al parecer, el viejo Leonard había vuelto… Con toda la mala hostia que lo caracterizaba de copiloto.
           
— No creo que sus padres estén muy de acuerdo con eso…
           
— Me importa una mierda con qué estén de acuerdo sus padres, Tom.
           
Reprimí una carcajada ante su salida de tono, a fin de conservar intactos todos los miembros de mi cuerpo… En especial el que se aloja en mi entrepierna. Cuando el pelirrojo se cabreaba, uno hacía bien en temer por su vida.
           
— Leo, tío, tienes que ser realista. Victoria se irá en unos días y yo seré el único que quedará para cuidar de ti, cambiarte las vendas, hacerte calditos de pollo…
           
— Colega, ¿tu intención es darme ánimos o hundirme más en la miseria?
           
— ¿Estás insinuando que no soy capaz de cuidarte como es debido? — inquirí con fingido tono ofendido.
           
— No, estoy diciendo que te dejes de mariconadas y me ayudes a buscar una solución factible para que Victoria se quede.
           
De modo que allí estábamos… Los moteros desgreñados del quinto de nuevo en acción: here we go!


Angela
— Si yo fuera tú, Iuta, no me metería en ese jardín. Puede que ese tío parezca muy amable y educado en un primer contacto, pero no debemos olvidar que es amigo de Rob. Eso debería haberte hecho sospechar ya de que ese hombre no es trigo limpio.
           
Aquella nublada mañana de octubre Iuta había venido a recogerme al hospital y, aprovechando que Johnny y su madre no estaban presentes, me había contado con pelos y señales la verdadera historia que había tenido lugar entre Armand y mis hermanos. De nada servía cabrearse con Hans o tratar de hacerlo cambiar. Estar mal de la cabeza era una característica inherente a la naturaleza de nuestra familia contra la que, por mucho que mi psicóloga se empeñara en afirmar lo contrario, no se podía luchar.
           
— ¡Él no es en absoluto como Rob, Angela! — exclamó escandalizada — Armand es un hombre educado y culto, con principios y modales.
           
— Vaya, vaya… Y yo que creía que eras lesbiana.
           
Aquel comentario encendió sus mejillas, coronándolas con un brillante tono rojizo que parecía venir a confirmar mis sospechas… Pero no, aquello no podía ser posible. A mi hermana le gustaban más las mujeres que a un tonto un lápiz… Claro que, por lo que Hans me había contado, el franchute era un hombre más bien afeminado…
           
— Por supuesto que lo soy — replicó, visiblemente ofendida —. Aprecio a Armand como persona, nada más.

Fijando de nuevo la vista en la carretera permaneció en silencio durante varios minutos. Después, como si con ello quisiera espantar sus demonios internos, volvió a la carga con su interminable diatriba.

— El problema es que no sé qué es exactamente lo que ese hombre quiere de mí. Nadie se porta tan bien con otra persona si no quiere algo a cambio, ¿verdad? Y menos un francés, con lo remilgados y arrogantes que son…
           
— Y sobre todo, teniendo en cuenta el asco que nos tienen a los alemanes.
           
Iuta asintió con la cabeza,  mostrándose de acuerdo con mi apreciación.
           
— Aun así, algo me dice que ese hombre es una buena persona. No me gusta cómo se fue del bar, enfadado y frustrado por mi culpa. Quizá debería ir a verlo a su casa, para tratar de aclarar las cosas y…
           
— Sí, porque la última vez que fuiste a su casa la cosa acabó muy bien, ¿verdad? — repuse, tiñendo mi voz con una nota de profundo sarcasmo.
           
Iuta resopló un par de veces de una forma tan poco elegante y femenina que si su franchute la hubiera visto en esos momentos se habría llevado las manos a la cabeza.
           
— Lo que pasó la primera y última vez que estuve en su casa fue sólo culpa de Hans y el imbécil de su amigo. Armand es todo un caballero.
           
En esta ocasión fui yo la que resoplé, cansada ya de aquella conversación tan aburrida como surrealista.

— Si tanto te gusta el mariquita del franchute, tíratelo de una vez, pero deja ya de darme la tabarra con el temita.

— ¡Angela!

— No me mires así, Iuta. Estoy más que segura de que si fueras ahora mismo a su casa y lo violaras sobre la encimera de la cocina, el muy cabritillo no opondría resistencia alguna.
           
Las mejillas de Iuta se habían convertido ahora en dos esferas rojizas a punto de estallar, mientras que los nudillos se le habían vuelto blancos debido a la presión que sus manos estaban ejerciendo sobre el volante del coche. Quizá lo más sensato habría sido zanjar la conversación en ese preciso instante, pero, como ya he mencionado antes, la sensatez es un rasgo que siempre ha brillado por su ausencia en nuestra familia.
           
— Quizá deberías probarlo. El sexo con un hombre, quiero decir. El franchute es un buen candidato, porque al ser un poco amanerado…
           
— ¡Angela, por Dios! — gritó escandalizada — ¡Cállate de una vez!
           
— Pero si yo lo digo por tu bien…
           
Mi hermana puso los ojos en blanco, pero no volvió a hacer ningún comentario al respecto durante el resto del trayecto. Unos quince minutos después detuvo el coche a unos metros frente a la puerta de nuestra casa, justo al lado del coche de la madre de Johnny. Iuta se quedó mirando el otro vehículo sin comprender y justo cuando estaba a punto de explicarle a quién pertenecía el coche, Johnny y Adele salieron de la casa para recibirnos acompañados por Hans.

— Cielo, perdona por no haber ido a buscarte al hospital, pero John y yo queríamos darte una sorpresa — me anunció la madre de Johnny, estrechándome con fuerza entre sus brazos. Respondí a su abrazo con ganas, sintiendo como cada día que pasaba mi cariño por esa mujer no dejaba de crecer.
           
— ¿Y yo qué? ¿A mí no me vas a dar ni un besito?
           
Reprimí una sonrisa idiotizada antes de girarme en su dirección. Sólo habíamos permanecido unas horas separados, pero lo había echado terriblemente de menos. Le eché los brazos al cuello y le estampé un beso en los labios que hizo que mi hermano gruñera por lo bajo, mostrando, como siempre, su tremenda falta de educación.


Úrsula
— ¿Y qué va a pasar con la universidad?
           
— Puedo estudiar aquí.
           
— El curso ya está empezado.
           
— Puedo pedir un cambio de expediente y…
           
— Tu madre no va a dejar que te vengas a vivir aquí.
           
— Me la suda lo que quiera mi madre.
           
En eso había salido a mí. No le gustaba que le llevaran la contraria.

— No puedes quedarte aquí por Leonard, cielo. Es un bala perdida. Un gilipollas, drogadicto e inconsciente que no te merece y al que le cortaré los huevos si vuelve a acercarse a ti.
           
Victoria se quedó en silencio unos segundos, como sopesando detenidamente mi respuesta y lo que ésta significaba.

— No me quedo aquí sólo por Leonard, y aunque así fuera, no es asunto tuyo ni de mi madre.
           
Había pronunciado aquellas palabras con una serenidad imperturbable, pero sobre todo, con la firmeza propia de un adulto. “Ya es una adulta”, me recordé. Una adulta que estaba acabando con mi paciencia.

Maldije a Marty en mi fuero interno. Justo en esos momentos, cuando más lo necesitaba para que me ayudara a mantener bajo control mi mal café y a encauzar la situación de la forma más pacífica posible, el muy gilipollas estaba en el bar. Como siempre, los hombres demostrando su sentido de la responsabilidad…

— Si pretendes vivir bajo mi techo, por supuesto que es asunto mío.

Victoria me traspasó con una mirada que destilaba fuego, sapos y culebras. Quizá tocar su sensible vena adolescente con ese tópico tan autoritario no había sido la manera más apropiada de llevarla a mi terreno.

— Victoria, yo… No quiero que ese desgraciado de mierda vuelva a hacerte daño, ¿comprendes? — añadí, dulcificando mi tono de forma considerable.

Mi estrategia pareció dar sus frutos, pues Victoria detuvo la retahíla de palabras malsonantes que habían estado a punto de abandonar su garganta para después clavar la vista en el suelo, visiblemente avergonzada.
           
— ¿Vas a ayudarme o no? — inquirió con un hilo de voz al cabo de unos minutos, sin levantar la vista del suelo.
           
Solté un largo suspiro cansado, dando por perdida aquella batalla. La culpa de todo la tenía Marty, él era el diplomático, él debería haber estado allí para ayudarme a convencerla. “Esta noche duerme en el sofá”.
           
— ¿Y bien? — insistió, la impaciencia reflejada en cada sílaba de su pregunta.
           
— Por supuesto que voy a ayudarte — repuse finalmente —. ¿Qué otra cosa puedo hacer sino?

miércoles, 7 de marzo de 2012

Relato de FFR y mensaje ^^

My dear followers, un colega bloggero (Adol) ha subido esta noche a su blog un relato/fanfic basado en esta historia, Fight For Rock. Debo decir que, por supuesto, me ha hecho muchísima ilusión, primero porque es el primer fanfic que hacen de mi historia y segundo porque está muy bien hilado y escrito. Os invito a que os paséis y le echéis un vistazo, aunque no forme parte de la trama original: http://lavenganzadesalome.blogspot.com/2012/03/fight-for-rock.html Por supuesto, los comentarios con vuestras críticas serán muy bien recibidos. Espero que os animéis, ya que salen los personjes "clásicos" de la historia: Leo, Tom, Victoria, Úrsula y Marty.

Por otro lado me gustaría también señalar que en breve subiré la última parte del capítulo 25 y os adelanto ya que es más que probable que no suba ningún capítulo más. Pero bueno, como es algo que todavía no tengo muy decidido, no voy a adelantar acontecimientos. Cuando tenga las cosas más claras, os iré informando de todo. ¡Un beso!

domingo, 26 de febrero de 2012

Capítulo XXV. J'ai besoin de toi.

Después de casi un siglo sin subir nada por estos lares, he vuelto, compadres... ¡Para quedarme! XDDD. Siento muchísimo haber tardado tanto en continuar con la historia y en pasarme por vuestros blogs, pero han sido unas semanas un tanto caóticas. Y en esta ocasión no me refiero sólo a los trabajos de la universidad. Muchos sabéis que soy de Valencia y, supongo, todos sabéis también la que se ha liado por aquí durante estos días con la policía y demás gentuza que se hacen llamar "las fuerzas del orden". Encima, los muy hijos de puta se meten con el Luís Vives, el instituto donde hice bachiller, y me han tocado la moral. Por eso he ido a todas las manifestaciones que he podido y por ello iré también a la del miércoles. Chic@s, seáis de donde seáis, os pido que no os quedéis en casa y le demostréis al gobierno que el pueblo español no es tonto. Que queremos una educación y una sanidad públicas de calidad y no políticos corruptos y sinvergüenzas como los que tenemos en Valencia, ni tampoco una monarquía obsoleta que le chupa la sangre a los ciudadanos y se ríe de ellos en su puta cara.  Dicho esto, y que cada cuál actúe según le dicte su conciencia, también debo reconocer que estos días me he encantado un poco viendo películas de un actor francés que me encanta y del que ya os he hablado alguna vez (Vincent Cassel) en VOSE. No puedo dejar de recomendaros pelis como "L'Appartement" o "Mesrine" (que en la situación política que estamos viviendo es más que recomendable), así como "El pacto de los lobos" (que me enamoró). Debo decir, aun a riesgo de disgustar a Sun, que el francés es un idioma que cada día que pasa amo más, hasta el punto de que seguramente haré el minor en filología francesa. Eso, claro está, si la Rita Barberá y toda su cuadrilla de políticos corruptos y chupones no acaban antes con la enseñanza pública en Valencia. Y ahora sí, no me enrollo más XDDD. ¡Un besito y espero que disfrutéis con el capítulo (aunque ya aviso que es bastante flojillo, a causa de todo lo que os he comentado anteriormente)! :)



Victoria     
“This can’t be true, Marty. He cannot be dead”.
           
These were the first words that came out of my mouth after my uncle told me the whole story. I swallowed hard and tried to calm down but I couldn’t. Tears started to roll down my face as I realized what the situation meant. Leo had passed away… And I just couldn’t still be alive anymore.
           
“Who did this to him?”, I asked without looking him in the eye. I didn’t even know what I was saying. I wasn’t even capable of thinking straight.
           
“He is not dead, Victoria”, answered Marty in a soft voice. “Doctors are doing anything to save his life. We must have faith”.
           
Fucking Americans and their stupid faith, shouted the unreasonable voice of my mind. I couldn’t have faith in those moments, when the only man I had ever loved was about to die.

“He was shot, Marty”, I whispered, feeling the earth rumbling under my feet. I knew I was about to faint but I didn’t care. Nothing made sense for me anymore. “But I swear to God I will kill the son of a bitch who did this to him. I’ll rip his fucking head off. I swear, Marty, I swear!”.

Marty looked at me, his eyes sparkling with surprise. When our glances met, he realized I wasn’t joking.

“I suppose you’re not a child anymore”, he said, with a serious smile.


Iuta
Ce fils de pute m’a cassé la nez !  — exclamó Armand fuera de sí, al tiempo que se presionaba la parte inferior de la nariz con un algodón. La sangre salía a borbotones por ésa y otras partes de su cuerpo provocando en mí sentimientos radicalmente contrapuestos: repulsa, compasión… Pero sobre todo, culpabilidad.
           
— Armand, lo siento muchísimo — repetí por novena vez consecutiva aquella tarde —. Mi hermano es un desequilibrado mental, pero jamás pensé que pudiera llegar tan lejos…

— No es culpa tuya, ma petite. No has sido tú la que me ha pegado una paliza en mi propia casa, haciéndome sangrar como un cerdo y dejándome prácticamente inconsciente.
           
— No, es cierto. Pero sí he sido yo la causante de esa paliza. Si no me hubieran encontrado en tu casa…
           
— Tú hermanito me la tenía jurada desde la otra noche. Mi nariz estaba ya sentenciada, me temo. El hecho de que te encontraran en mi casa sólo le dio la excusa que necesitaba para justificar sus actos.
           
Solté un largo suspiro cansado antes de recostarme sobre el respaldo del asiento. A pesar de que nunca había probado el tabaco, en aquellos momentos habría dado casi cualquier cosa por poder darle una larga calada a un cigarrillo, sólo para poder sentir aquella sensación de paz de espíritu que los fumadores afirman experimentar cuando tienen entre sus dedos el “oscuro objeto de su deseo”… Aunque, por otro lado, seguramente Armand no me habría dejado fumar dentro del taxi.
           
— Siento mucho lo de tu jarrón — me apresuré a disculparme cuando el recuerdo de aquella pieza de aspecto tan caro haciéndose añicos en la cabeza de Dani me vino de repente a la memoria —. Por supuesto, te pagaré hasta el último centavo.
           
Aquel comentario dejó momentáneamente paralizados los músculos de su cuerpo. Su profunda mirada turquesa se clavó en la mía con tal intensidad que casi temí que con ella pudiera traspasar mi carne y mi alma. Segundos después la apartó, dirigiéndola al frente, como si estuviera ocultándome algo y temiera que las facciones de su rostro pudieran revelar algún dato de vital relevancia.
           
— No te preocupes — replicó al cabo de unos minutos, pero sin abandonar todavía su rígida postura —. No era más que un… trasto inútil sin valor alguno.
           
Y sin embargo, su mirada y la vacilación de su voz desmentían aquellas palabras. Una solitaria lágrima comenzó a descender por mi rostro cuando tomé por fin conciencia de todo el daño que esos dos inconscientes le habían hecho al pobre franchute. ¿Es que mi hermano no era capaz de hacer nada útil por la humanidad para variar, como perderse en un bosque y no volver jamás?

Aquella desesperada ansiedad que había experimentado aquella misma mañana inundó mi pecho de nuevo, desgarrándolo, haciendo trizas la máscara de tranquilidad que hasta entonces había mantenido con tanto esfuerzo. Por segunda vez aquel día sentí que me faltaba el aire, que las lágrimas comenzaban a anegar mis ojos. Nunca en mi vida había deseado tanto haber nacido en otra familia. Nunca en mi vida había deseado tanto gritar, atizar y estrangular a mi hermano como en aquellos momentos.

— Ey, ey, ma patite, qu’est-ce qu’il t’arrive? — inquirió Armand con preocupación, rodeándome con sus brazos para después atraerme hacia su quebrado pecho — No llores, chérie. C’est pas ta faute, d’acord?

Me aferré con fuerza a su camisa ensangrentada hasta que soltó un quejido de dolor. Me aparté levemente de él y alcé mis ojos empañados por las lágrimas hacia su rostro lleno de moretones. El corte del labio había dejado de sangrar por fin, pero no así la brecha que le habían hecho en la frente. No sin cierta vacilación, dirigí la mano derecha hacía su magullada mejilla y comencé a acariciarla suavemente con las puntas de los dedos. No había en ese gesto nada sexual o calculado, sencillamente necesitaba el calor y el apoyo que ese hombre podía y estaba dispuesto a brindarme.

Ça va, ça va, Iuta — dijo respondiendo a mi caricia. Una media sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro, pero no tardó en ser interrumpida por una mueca de dolor. Aquel gesto me recordó nuevamente que las inconsciencias de mi hermano no hacían sino acarrear nefastas consecuencias que después debíamos sufrir los demás. Pero esta vez se había pasado de la raya.

Unos minutos después, el taxista nos informó de que habíamos llegado a nuestro destino. Armand, siendo fiel a su exacerbada caballerosidad francesa, se ofreció a pagar el viaje, pero yo me negué en rotundo. Después de todo por lo que había tenido que pasar aquella tarde por culpa de mi hermano, lo menos que podía hacer era pagar el taxi.

Al apearnos del vehículo, dejé que Armand se apoyara sobre mí para ayudarlo a caminar hacia la entrada del hospital. Era la segunda vez ese día que cruzábamos juntos la puerta de aquel edificio, a pesar de que tan sólo hacía unas horas que nos conocíamos.

— Es extraño — comenzó a decir mientras nos adentrábamos en aquel artificial laberinto que desprendía un mareante olor a desinfectante —. Esta mañana me desperté con el presentimiento de que algo horrible iba a suceder… Y ese sentimiento no sólo no ha desaparecido todavía, sino que no que incluso se ha hecho más fuerte.

— ¿Qué quieres decir? — inquirí, sintiendo cómo los nervios volvían a atenazar mi estómago. Pero ¿qué más podía suceder aquel día? ¿Acaso unos terroristas disfrazados de enfermeras iban a volar el edificio?

— ¡Iuta! — gritó una histérica voz femenina desde la puerta del hospital. Me di la vuelta en su dirección de forma instantánea, en cuanto reconocí la identidad de su dueña. Ante mis ojos apareció una destrozada Victoria, que aferraba con fuerza la mano de su tío. No vi a Úrsula junto a ellos, por lo que supuse que habrían venido ellos dos solos. La pregunta era qué hacían allí y, lo más importante, por qué se encontraban en aquel estado de tan tremenda agitación.

— Han disparado a Leo — soltó Marty a bocajarro al percatarse de mi estado de confusión. Permanecí unos segundos en silencio tratando de procesar la información que acababa de recibir, hasta que finalmente lo comprendí. Aquélla era la confirmación del mal presentimiento del que Armand me había hablado unos minutos antes. Y lo peor de todo era que ese día tan surrealista no había terminado todavía…


Angela
Los rayos del mortecino sol otoñal comenzaban a filtrarse a través del cristal de la ventana de su habitación cuando Leo por fin abrió los ojos. Victoria se había marchado unas horas antes a casa para ducharse y cambiarse de ropa mientras que Johnny y yo nos habíamos ofrecido a cuidarlo en su ausencia.

Los médicos ya me permitían levantarme de la cama y dar cortos paseos por los pasillos del hospital, por lo se podía decir que había superado ya la situación de peligro. Muy pronto me darían el alta y podría regresar a casa… Con un más que ambiguo diagnóstico médico y cicatrices físicas y psicológicas que seguramente me durarían de por vida.
           
El pelirrojo recorrió la estancia con una mirada cansada y desorientada, seguramente tratando de discernir por la decoración de las paredes, o en este caso por la ausencia de ella, el lugar en el que se hallaba. Sus pesquisas parecieron dar finalmente sus frutos pues, mientras trataba a duras penas de incorporarse en la cama, inquirió, sin realmente dirigir la pregunta a nadie en particular:
           
— ¿Qué cojones hago aquí?

“Obviamente el atentado no ha supuesto ningún cambio positivo en sus modales”, pensé para mis adentros.  

Esbozando una indulgente sonrisa, Johnny se levantó del sillón que compartíamos y se acercó a su cama para obligarlo dulcemente a que volviera a recostarse sobre el lecho.
           
— Colega, el médico ha dicho que tienes que descansar.
           
El pelirrojo clavó su mirada esmeralda en el rostro de mi novio sin comprender. Pasados unos segundos, la confusión dejó paso al reconocimiento cuando su mente pareció encajar por fin todas las piezas del puzzle.

— ¿Dónde está Victoria? — preguntó entonces con aprensión  — ¿Ha vuelto ya a España?
           
Johnny negó con la cabeza.
           
— Se ha ido a casa a descansar un poco. Lleva aquí toda la noche.
           
Aquella respuesta hizo que su rostro se iluminara.
           
— ¿Ha estado aquí toda la noche… conmigo? — Johnny asintió con la cabeza, lo que le hizo esbozar una sonrisa satisfecha — Supongo que por mucho que trate de negarlo, todavía me quiere.

— Colega, no ases la liebre antes de haberla cazado, ¿quieres? — replicó Johnny sin dejar de sonreír —. Algo me dice que no te va a ser tarea fácil atrapar de nuevo a esa española.
           
El pelirrojo agitó la mano izquierda en el aire un par de veces, como restándole importancia al asunto.
           
— En cuanto vea que estoy vivo, pero que necesito serios cuidados femeninos para volver a ser el mismo heavy borracho de siempre, caerá rendida a mis pies.
           
— Leo, si realmente crees eso, es que eres más gilipollas de lo que pensaba.
           
Si las miradas mataran, Leo habría reducido a mi novio a un vulgar amasijo de cenizas. Pero lo cierto es que, si bien Johnny había utilizado un tono jocoso para referirse a aquel escabroso tema, no por ello había acertado menos con su comentario.
           
Al cabo de unos minutos, mientras ellos hacían bromas sobre música y deportes y yo leía las noticias del periódico, se oyeron unos suaves golpes de nudillo en la puerta.

A pesar de no estar bajo su piel, casi pude sentir cómo el corazón de Leo se paralizaba ante la esperanza que esa nueva visita suponía. Si se trataba de Victoria, aquélla sería la primera vez que se verían después de que le hubieran disparado. Si se trataba de ella, el pelirrojo tendría que poner su mejor cara de cachorrito abandonado para llevársela a su terreno. Si se trataba de ella… Johnny y yo podríamos irnos a mi habitación y aprovechar que no estaba su madre para darnos una muestra del cariño que nos profesábamos…

El picaporte de la puerta comenzó a girar en forma de preludio a la más que esperada entrada en escena del misterioso visitante. Un infinito alivio inundó mi pecho cuando la imagen de Victoria entró súbitamente en mi campo de visión. Sus ojos fueron a parar inconscientemente sobre la cama del paciente y el corazón le dio un vuelco. Leo esbozó una tímida sonrisa del todo impropia en él, al tiempo que la recorría con una anhelante mirada. Yo, a mi vez, le hice a Johnny un gesto con la mano para que nos fuéramos en seguida de allí. Aquellos dos necesitaban su momento de intimidad… Y nosotros también.


Marty
— ¡Marty, vamos a llegar tarde al bar! — exclamó Úrsula sin dejar de reír, al tiempo que se abrazaba con fuerza a mi cuerpo desnudo bajo las sábanas.
           
— Venga ya, Úrsula, no me jodas.
           
— Creía que eso ya lo había hecho hace un rato…      — replicó con una sonrisilla traviesa antes de mordisquear la punta de mi nariz con los dientes.
           
Ambos nos echamos a reír a mandíbula batiente sin dejar de acariciarnos. La última semana, con la paliza del franchute, la huida de Dani, el ataque a Leo y la inminente partida de Victoria, había sido especialmente dura y estresante. Úrsula y yo apenas habíamos tenido tiempo para estar juntos y, ahora que por fin teníamos la casa para nosotros solos, había que aprovecharlo.
           
— Marty, ahora en serio. Si no nos levantamos ya no vamos a llegar a tiempo a abrir el local.
           
— ¿Y a quién le importa? ¡Qué se jodan los borrachos del barrio! ‘Yo quiero estar con mi mujer!
           
Úrsula soltó una carcajada divertida, pero finalmente se levantó de la cama, dejándome con ganas de más.
           
— Voy a ducharme, cariño.
           
— ¿Quieres compañía? — inquirí con una sonrisa pícara, al tiempo que clavaba mis ojos en su trasero sin pudor alguno.
           
— Me temo que si nos duchamos juntos no saldremos nunca del baño… Y eso suena demasiado tentador para un lunes por la mañana.
           
— Pero…
           
— ¡Nada de peros! ¡Deja de hacer el gandul! ¡Levanta el culo y prepara el desayuno, que vamos a llegar tarde por tu culpa!
           
— Mmm, me encanta cuando te pones en plan hembra dominante, nena. No sabes lo cachondo que…

El impacto de una almohada contra mi cabeza interrumpió abruptamente mi discurso. Dando por perdida aquella batalla, aunque ni mucho menos la guerra, me levanté de la cama y me dirigí en dirección a la cocina, pero no sin antes darle una buena palmada al más que apetecible trasero de mi esposa.


Rob  
— ¿Haces algo esta noche, nena? — susurré contra su oído mientras me preparaba otro whisky doble — He pensado que tal vez te gustaría venir a mi casa a pasar un rato agradable… Tú ya me entiendes — añadí con una sonrisa cargada de… muy buenas intenciones.
           
Aquella proposición indecente y el tono de voz con el que la había formulado hicieron que hasta sus pestañas enrojecieran de vergüenza, como siempre que hacía alguna referencia, implícita o explícita, al sexo.
           
— No creo que pueda ir esta noche — replicó en un susurro, sin levantar la vista del vaso  —. Mi padre ya empieza a hacer preguntas acerca de…
           
— Me importa una mierda lo que diga tu padre — repliqué con brusquedad, empezando a perder la paciencia, como siempre que el nombre de ese gilipollas salía a colación —. Ya eres lo suficientemente mayorcita como para que tu padre controle cada uno de tus movimientos.
           
— Tú no lo entiendes, Rob — replicó ella con su hipnótica vocecilla de duende —. Soy su única hija. Él sólo trata de protegerme…
           
— ¡Joder, Anna! — la interrumpí, dando un sonoro puñetazo contra la mesa. Los clientes del local que todavía estaban lo suficientemente sobrios como para percatarse de que algo sucedía clavaron la vista en nosotros con curiosidad. No me importó. Ya era hora de poner las cosas en su sitio — ¿Por qué no le dices a tu padre de una puta vez que estamos juntos?
           
— Porque no lo estamos — replicó ella a la defensiva —. Tú eres el que no quería tener nada serio conmigo, ¿recuerdas?
           
Rechiné los dientes con hastío. ¿Cuántas veces habíamos tenido aquella discusión en la última semana?

— Quiero que me presentes a tu padre — repuse con determinación, cosa que, a diferencia de lo que habría cabido esperar con una doncella inocente y virginal como ella, la hizo estallar en sonoras carcajadas.

— ¿Tú te fumas cosas raras, verdad?

— Anna, te estoy hablando muy en serio…

Bon jour, Rob — saludó una conocida voz a mi espalda interrumpiendo mi discurso deliberadamente. Maldije por lo bajo a ese franchute desgraciado que siempre aparecía en el momento más inoportuno.

Bon jour, Armand — repliqué en mi francés chapucero antes de hacerle sitio en la barra. Anna lo miró de soslayo antes de ir a atender otro pedido al final de la barra.

— ¿Sabes si Iuta trabaja hoy? — preguntó a bocajarro, sin ni siquiera preguntarme qué tal me estaba yendo el día. Aquello, viniendo del finolis y remilgado de mi amigo, era como mínimo desconcertante.

— ¿Sabes que es lesbiana, verdad, colega? — repuse tras dar un largo trago a mi copa. El gabacho me recorrió con una profunda mirada desdeñosa antes de dejar su pesado maletín de cuero sobre la barra.

— ¿Y qué tiene eso que ver? ¿Acaso un hombre no puede tener una buena relación amistosa con una mujer, sea lesbiana o no?

— No, a no ser que la intención de ese hombre a largo plazo sea la de tirarse a la susodicha.

Armand soltó un resoplido muy poco educado ante mi respuesta mientras le hacía una señal a Anna para que se acercara.

— Señorita Anna, ¿sería usted tan amable de ponerme un café solo con sacarina, por favor?

Anna asintió con la cabeza, pero sin atreverse a mirarlo directamente a los ojos. Seguramente el recuerdo de la noche en que el franchute hizo su primera aparición en escena todavía permanecía fresco en su mente.

— Bueno — insistió con impaciencia cuando Anna hubo desaparecido de nuevo de nuestro campo de visión —, ¿entonces Iuta trabaja hoy o no?

Solté una carcajada divertida ante su “desmesurada inquietud”. Si ese idiota pensaba que derritiendo a Iuta con su cursi acento amariconado iba a conseguir meterla en su cama, iba listo.

— Creo que no. A lo mejor tiene el turno de tarde.

El franchute asintió con la cabeza, visiblemente decepcionado. Casi me dio pena verlo allí, con la cara llena de cortes y moretones, la nariz cubierta por una gruesa venda y aquellos ojos clavados en la barra desprendiendo una azul nostalgia… Casi.

— ¿No sabrás por casualidad dónde vive, verdad? — inquirió entonces, sus ojos brillando de nuevo con una luz de esperanza — Me gustaría invitarla a un café.

— ¿Pero tú eres tonto o es que te caíste de la cuna al nacer? ¡Que esa tía es lesbiana, coño! Además, como te presentes en su casa y abra su hermano, te cortará las pelotas a rodajas.

El franchute hizo una mueca de disgusto ante mi más que barriobajero vocabulario y, adoptando de nuevo su característica pose rígida y refinada, replicó:
           
— Por la cuenta que le trae a ese alemán retrasado, no volverá a ponerme una mano encima. A menos que quiera que le ponga otra denuncia. 
           
— ¡Ésa es otra! ¿Crees que Iuta va a querer tener algo que ver con el tío que ha denunciado a su hermano por agresión?
           
— ¡Ella estaba conmigo cuando esos perros me atacaron! Me acompañó al hospital y estuvo conmigo todo el tiempo. ¿Está claro de que lado está, no?

La mirada desafiante que reflejaban los ojos del franchute no me gustaba para nada. Había visto muchas veces antes ese brillo de determinación en la profundidad de su turquesa mirada y siempre acababa con el mismo resultado: Armand se salía siempre con la suya, no importaba a quiénes ni a cuántos tuviera que pasar por encima.

— Armand — comencé a decir poniéndome muy serio, cosa que llamó poderosamente la atención de mi amigo —, no sabes dónde te estás metiendo. La familia de Iuta son unos desequilibrados. Ella la primera. De verdad que no te conviene meterte en ese jardín.

Armand se quedó mirándome con perplejidad, antes de soltar una desdeñosa carcajada a mi salud.

— Esa mujercita con la que sales parece haberte frito el cerebro, amigo.

— Armand…

— Aquí tiene su café, monsieur — le indicó Anna con una sonrisa forzada, dejando su pedido en la mesa… Y a mí con la palabra en la boca.

“Seguramente estos dos se han puesto de acuerdo para no dejarme hablar hoy”, pensé con fastidio.

Merci beaucoup, mademoiselle — replicó mi amigo con una dulce sonrisa —. Por cierto, señorita, me gustaría aprovechar esta ocasión para expresarle mis más sentidas disculpas por mi inexcusable comportamiento de la otra noche. La traté a usted con una grosería inusitada por mi parte, causada, no cabe duda, por una ingesta de alcohol muy superior a la que suelo permitirme normalmente.

“¡Pero qué redicho es este tío, coño!”, grité para mis adentros.

— Oh, no se preocupe — replicó ella con timidez —. Ya está todo olvidado.

— Celebro oír eso. No habría nada que me apenara más que que una joven tan delicada y agradable como usted se llevara una errónea impresión sobre mi persona.

“¡Como no empieces a hablar como una persona normal, colega, te voy a estampar el vaso en la cabeza!”

— Anna — la llamé al tiempo que la agarraba con fuerza de la mano para que no se marchara nuevamente dejándome con la palabra en la boca —, tú y yo tenemos una conversación pendiente.

— Ahora estoy trabajando.

— Pero…

— Ya hablaremos luego — replicó, al tiempo que se zafaba de mi agarre dándome un fuerte manotazo. Esa muchachita no sabía con quién se la estaba jugando…

— Armand, ¿haces algo esta tarde? — inquirí, clavando mi mirada en la espalda de esa desagradecida.

— Bueno, quería pasarme por el bar a ver si estaba Iuta.

Puse los ojos en blanco antes de girarme de nuevo hacia él.

— Olvídate de eso — repuse con firmeza y determinación —. Tenemos cosas más importantes que hacer…