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"When I hear the music, all my troubles just fade away/ When I hear the music, let it play, let it play",

"Let it Play" by Poison.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Capítulo XVIII. Coffee, Blood and Rock n' roll (Parte 2)

Leonard    
Necesito un café bien cargado.
           
— Un café no nos va a hacer olvidar esta mierda de día — apuntó Tom, dejándose caer pesadamente sobre la silla que había frente a la mía. Su rostro reflejaba el cansancio y el hastío que todos sentíamos en aquellos momentos. La expresión de su cara era el resumen perfecto de una jornada digna de olvidar —. Para eso necesitaríamos por lo menos cuatro cubatas, y después de la que lié con Hans la noche del funeral de su padre, estoy más que seguro de que Marty no va a servirme ni un puto chupito de tequila. Al menos no hasta dentro de diez años.
           
En cualquier otra circunstancia, me habría quedado mirando a mi amigo con sorna, dándole así a entender que su actitud irresponsable y desenfrenada no era algo nuevo para mí, y que se tenía bien merecido el castigo de Marty. Seguramente le habría soltado algún comentario ingenioso acerca de que sólo a un inconsciente como él se le ocurría emborracharse con la bestia de Hans. Pero esa noche no estaba para nuestras bromas de siempre.
           
Cada vez que cerraba los ojos, la macabra imagen de la nariz rota de Emma sangrando a borbotones me venía de nuevo a la mente. Ni ella ni Angela habían querido darnos detalles acerca de lo que había sucedido entre ellas, pero algo me decía que la morena punk que había traído a Emma en su reluciente Harley tenía algo que ver con todo el asunto. Seguramente Emma y ella eran algo más que amigas, y Angela había decidido defender el honor de su hermana a la antigua usanza, es decir, liándose a mamporros con la zorra de Emma.
           
— Bah, Marty sabe que eres un inconsciente y más aún cuando estás borracho, pero también es un empresario, y no le conviene perder pasta. Si le pides disculpas por toda la movida que liaste, estoy seguro de que lo olvidará, y te dará la oportunidad de emborracharte, para que puedas cagarla de nuevo.

Esta vez fue Tom el que se quedó mirándome con sorna, porque si había algo en el mundo que le irritara más que ver a Johnny comiéndose su reserva secreta de patatas fritas, era que yo le recordara lo inestable que se volvía cada vez que bebía más de la cuenta.
           
— ¿Qué vais a tomar, chicos? — preguntó una tímida voz femenina a mi espalda. Su extraño acento no dejaba lugar a dudas de que se trataba de Anna.
           
— Yo quiero un café irlandés — repliqué con la sonrisa más amable que pude esbozar en aquellos momentos.
           
— Yo quiero una cerveza… Pero no le digas a Marty que me la has puesto, por si las moscas.
           
La chica apuntó los pedidos sin levantar la vista de su libreta.
           
— Enseguida os lo traigo — dijo, antes de darse la vuelta y marcharse.
           
— ¿Sabes, Tommy? Creo que deberías hablar con ella.
           
La confusión se apoderó de las facciones de amigo, como si mi sugerencia le resultara fuera de lugar.
           
— No comprendo lo que quieres decir.
           
Solté un resoplido cansado, como haría un profesor de matemáticas cansado de explicar una y otra vez la misma lección a sus incompetentes alumnos.
           
— ¿Todavía no te has dado cuenta de que esa chica está loca por ti? No, si al final va a resultar que eres más tonto de lo que pareces.
           
Aquello pareció confundirlo aún más.
           
— Pero ¿qué dices, colega? Si apenas hemos hablado un par de veces. Nos conocimos en la boda de Michael, le dije que me gustaba cómo tocaba, pero…
           
— Pero eso es más que suficiente para que una chica inocente y fácilmente impresionable como ella beba los vientos por un capullo como tú.
           
— Pues para tu información, lo mismo podría decirse de Victoria contigo. Si esa chica tuviera dos dedos de frente me habría elegido a mí, pero no. Prefirió quedarse con el pelirrojo anormal, antes que con un hombre como yo — enfatizó, señalándose a sí mismo con la mano —, que exuda sexappeal por cada poro de su piel.
           
No pude sino echarme a reír ante aquella fanfarronada. Marty se nos quedó mirando desde la barra con cara de “ya están estos dos haciendo el capullo”, mientras que Úrsula, a su izquierda, se unió a mis risas. A Tom, sin embargo, aquella situación no le parecía tan graciosa.
           
— ¿Sabes? Me jodió bastante cuando te liaste con Victoria — soltó de repente, con el semblante tan serio e imperturbable como la muerte. Su mirada estaba clavada en sus manos, entrelazadas sobre sus piernas cruzadas. Pero algo me decía que esa aparente calma que me mostraba no era más que una máscara cuidadosamente entretejida —. Al principio creí que era porque estaba enamorado de ella, pero luego me di cuenta de que los motivos de mi cabreo eran otros.
           
— Tom…
           
— No, por favor, déjame terminar — me interrumpió, alzando la mano en mi dirección, con una serenidad que yo nunca le había visto en todos nuestros años de amistad. Yo era vagamente consciente de que Tom estaba a punto de tocar un tema del que hacía semanas que deberíamos haber hablado. De hecho, apenas era vagamente consciente de quién era yo y del lugar en el que nos encontrábamos en aquellos momentos —. Cuando Victoria llegó a Estados Unidos, me atrajo desde un principio. Creo que desde el mismo instante en que Marty nos la presentó. No es que sea un bellezón, pero tú mejor que nadie sabes que tiene ese encanto natural que sólo pueden conceder la inocencia y la timidez — hizo una pausa, como si tratara de reorganizar las caóticas ideas que se entremezclaban en su mente —. Me atraía mucho, y creo que si finalmente me hubiese elegido a mí, en vez de a ti, habríamos sido felices durante un tiempo, pero…
           
— ¿Pero?
           
— Pero tarde o temprano nuestra relación se habría terminado. Yo creía que estaba enamorado de ella, Leo, de verdad que sí. Pero cuando conocí a Diana me di cuenta de que lo que sentía por Victoria, no era ni la mitad de fuerte, ni la mitad de verdadero de lo que siento por ella.      
           
Aquello me dejó fuera de combate durante unos segundos. Segundos, que Tom aprovechó para continuar con su diatriba.
           
— Creo, no más bien, estoy seguro de que el rechazo de Victoria no fue lo que me cabreó en aquellos momentos. Bueno sí, pero no fue lo único que me hizo daño.
           
— ¿Qué fue, entonces? — pregunté casi con impaciencia.

Tom inspiró hondo, como juntando el valor necesario para decir lo que estaba a punto de decir.

— Tenía miedo de… perderte a ti.

Aquella respuesta fue como si me tiraran una jarra de agua helada en lo más crudo del invierno ruso.

— ¿Estás diciendo que… estás enamorado de mí?

— ¡No! — replicó, fingiendo estar muy ofendido — Sólo Victoria es tan tonta como para enamorarse de un pendejo como tú. Lo que estoy tratando de decirte, anormal, es que tenía miedo de que tu relación con Victoria pudiera… distanciarte de mí. Eres mi mejor amigo. Más que eso, yo siempre te he considerado mi hermano, aunque no haya entre nosotros un vínculo de sangre. Eres mi único apoyo y perderte sería para mí como perder una parte de mi alma.

Tras un incómodo silencio que ninguno de los dos parecía dispuesto a romper, no pude evitar decirle:

— Si no fuera porque nunca he sido capaz de llorar, Tom, en estos momentos estaría haciéndolo a lágrima viva — repliqué, esbozando una lenta sonrisa, al tiempo que me levantaba de mi silla. No me importó que más de medio local se quedara mirándonos cuando lo abracé con fuerza. Aquella gente no entendía cuánto significaba aquel hombre para mí, ni lo cerca que había estado de perderlo —. Tú también eres como un hermano para mí, Tom. Tú y Victoria sois lo más importante en mi vida.

Un carraspeo muy poco elegante nos devolvió de golpe a la realidad.

— Chicos, si no os importa, preferiría que esas cosas las hicierais en la intimidad de vuestra casa, no en mi bar. Entiendo que sois jóvenes, y que os cuesta controlar vuestros impulsos sexuales, pero a estas horas todavía hay niños en el local.

Tom le respondió a Marty enseñándole el dedo corazón de su mano derecha, justo cuando deshicimos nuestro abrazo.

— Chicos, aquí os traigo vuestras bebidas — intervino entonces Anna, dejando nuestras consumiciones sobre la mesa con sumo cuidado, como si temiera que pudiera derramarse una gota sobre la mesa. 

— ¿Eso que veo ahí es una cerveza para Tommy? — inquirió Marty poniendo cara de malas pulgas. Tom soltó un “¡joder!” por lo bajo — Tráele mejor una coca-cola sin cafeína.

— De acuerdo — repuso Anna, asintiendo con la cabeza, antes de irse.

— ¡Marty, eres un cabrón!

— Y tú un inconsciente. La última vez que bebiste alcohol acabaste enamorándote de una mujer. ¿Quién sabe lo que eres capaz de hacer la próxima vez? Puede que incluso acabes tirándole los tejos a la vecina beata esa de vuestro edificio.
           
— ¡¿La señora Rose?! ¡Antes prefiero que me castren!
           
— Lo que tú digas, colega — contestó Marty, antes de regresar a la barra con una risueña Úrsula, que había presenciado toda la “discusión”.
           
— Este tío es imbécil… — dijo Tom, cuando nos quedamos solos de nuevo —. Pero bueno, nadie con ese color de pelo puede ser normal, así que…
           
— ¿Qué le pasa a su pelo?

Tommy me lanzó una rápida mirada, recorriendo con ella desde mi cabello rojizo, hasta el cuello de mi camisa. Después, volvió a fijar su vista en mis ojos.

— No, si ya lo sabía yo. Los raritos os defendéis entre vosotros.

Solté un suspiro hastiado. Empezaba a cansarme de que la gente siempre se metiera con mi pelo.

— Por cierto, Leo — dijo, después de darle un sorbo a su coca-cola adulterada —. Tengo algo que pedirte.

— No voy a casarme contigo. No me importa cuántas propiedades tengas ni cuánto digas amarme. Ambos sabemos que no funcionas en la cama.

Tom rodó los ojos, pero ignoró mi sarcasmo.

— Como sabes, Diana está pasando por un momento un tanto difícil en su casa. Su madre está cada vez más inestable y yo me preguntaba si…

— Te preguntabas si podría venirse a vivir con nosotros.

Tom se quedó mirándome unos segundos, perplejo, pero después asintió.

— No tiene a nadie más — se justificó.

— Por mí está bien, siempre y cuando nos ayude a pagar el alquiler y con las tareas de la casa.

Ahora se quedó aún más perplejo que antes.

— ¿De verdad que no te importa?

— ¿Por qué iba a importarme? Diana es tu novia, y el piso es tanto tuyo como mío. Si tú quieres que se venga a vivir con nosotros, por mí es perfecto. Y más aún, si la chica tiene problemas.

En esta ocasión fue Tom el que se echó a mis brazos, agradecido y emocionado a la vez. Pero igual que antes, alguien nos interrumpió.

— Buenas tardes, caballeros — nos saludó amablemente un hombre corpulento y trajeado, con la cabellera negra engominada y peinada hacia atrás, al tiempo que extendía su mano derecha hacia nosotros para que se la estrecháramos —. Mi nombre es Greg Vaughan y soy representante de la discográfica Devil Records. ¿Podría sentarme un rato con ustedes para hablar de negocios?


Angela
— Sabes, no puedo culparte por haber puesto a esa… chica en su sitio. Pero deberías calmar tus impulsos, Angela. Con un inestable violento en la familia ya tenemos bastante. ¿Qué habría dicho papá si estuviera aquí?

Tuve el impulso de decirle a mi hermano que Kurt no era en realidad mi padre, y que de todas formas, estaba muerto y por tanto ya no podía decir ni pensar nada, pero me contuve. No había necesidad de echar más leña al fuego.

Unos segundos después, Hans aparcó el coche frente a la entrada de mi casa y apagó el motor. A ninguno de los dos nos apetecía demasiado apearnos del vehículo pues sabíamos lo que nos esperaba al otro lado de la puerta. Iuta exigiría una explicación por lo que sucedido con Emma. Y yo iba a ser la que tendría que dársela.      

Pero zanjar el asunto resultó más sencillo de lo que yo pensaba. Aunque la situación no se desarrolló ni por asomo como cabría esperar…

— ¡¿Qué le habéis hecho a Emma?! — nos gritó enfurecida, en cuanto mi hermano y yo cruzamos el umbral de la puerta. Sostenía entre sus temblorosas manos el teléfono inalámbrico que habíamos comprado tan sólo unas semanas atrás — Marty me ha llamado hace un rato por teléfono para decirme que habían tenido que llevar a Emma al hospital con la nariz rota porque había tenido una pelea con Angela. De Hans podía esperármelo, pero de ti…     
           
— Iuta, por favor, cálmate — le rogó mi hermano, con una voz inusualmente calmada en él. Sin duda la muerte de mi padre le había afectado de forma radical en su antigua manera de ser —. Si supieras cómo han sucedido las cosas…

— ¡Te pone los cuernos, Iuta! Yo misma la vi con mis propios ojos besando a otra mujer, en la puerta del bar.
           
— ¡Eso no es cierto! — replicó, al tiempo que solitarias lágrimas comenzaban a descender por su rostro — No puede ser cierto, ella me quiero…
           
— ¡Johnny y yo la vimos con otra mujer, Iuta! ¡Reacciona! — grité, igualando su tono furioso. Estaba empezando a hartarme de que la gente a la que debería importarle me tomara por una tarada mentirosa.

— Emma no es como Johnny. No se tira a todo lo que se le pone por delante.
           
Aquella réplica, corrosiva como el peor de los ácidos, pronunciada por los labios de mi hermana, produjo el mismo efecto en mí, que si me hubiera enterrado una daga venenosa en lo más profundo de mi pecho. Igual de certera, igual de mortal.
           
— Iuta, te estás pasando — intervino entonces Hans, cuyo tono de voz estaba dejando a un lado la calma para tornarse tan frío y belicoso como antaño.
           
— ¡No he sido yo la que le ha roto la nariz a la pareja de mi hermana!
           
— Lo hice para defenderte, ¡maldita estúpida desagradecida! — grité a pleno pulmón, apretando los puños con fuerza. Si no entraba pronto en razón y seguía soltando sandeces por la boca, su nariz iba a terminar en el mismo estado que la de su “amada” pareja.
           
— Eres tú la que debería defenderse de alguien como Johnny — replicó, con la voz temblando por la furia contenida. Arrojó el teléfono sobre el sofá con rabia, antes de coger sus llaves y su monedero.
           
— ¿Adónde vas? — inquirió mi hermano con tono autoritario.
           
— A casa de Emma. Quizá ella pueda aclararme toda esta situación.
           
— Iuta, eres más idiota de lo que pensaba.

Aquéllas fueron las últimas palabras que le dije, antes de que cogiera la puerta y se marchara.

martes, 13 de septiembre de 2011

Capítulo XVIII. Coffee, Blood and Rock n' roll (Parte 1)

Buenas noches (o días, según se mire), beautiful people. Después de pasarme toda la noche escribiendo (bueno, no toda, he hecho una pausa para ver "Águila roja" XDD), aquí os traigo el siguiente capi, a modo de despedida del verano. El miércoles (es decir, mañana) empiezo la uni (grado en estudios ingleses), lo que significa que tendré menos tiempo para escribir, y que, sin embargo, estaré más inspirada. Porque siempre me pasa lo mismo, la inspiración me llega cuando más estresada estoy XDDD. En fin, espero que disfrutéis del capi, aunque debo reconocer que me ha quedado un poco cutre y salchichero, y más en comparación con el anterior. Pero ¿qué puedo decir? Todo el mundo tiene altibajos. La semana pasada fue un alti, y esta semana un bajo. De todo tiene que haber en la viña del señor. ¿Y a qué venía esto? ¡Ah, sí! El capítulo. Os dejo ya leer, que me enrollo como las persianas. ¡Un besito! Att. Athenea.




Tom
La atronadora música me despertó bruscamente a la mañana siguiente. Leo tenía un extraño concepto sobre el significado de la palabra “despertador”, en el que, según parecía, se incluía poner a Metallica a toda leña para despertar a medio edificio… a las diez de la mañana.

— ¡Joder! — maldije, incorporándome en la cama de un salto, antes de lanzar con rabia una almohada contra la pared que comunicaba mi dormitorio con el del pelirrojo — ¡Tío, son las diez de la mañana, baja la puta música!

— ¡Tommy, no seas tan pelmazo y levántate de una puñetera vez! Hemos quedado con Johnny y Angela en el bar dentro de una hora.

— ¡Me la suda, anormal! Me muero de sueño porque algunos no me dejaron dormir anoche con sus grititos y gemiditos — repliqué con fastidio, y haciendo especial énfasis en la palabra “algunos”.   

— ¡Eh, a mí no me mires! Eso fue culpa de Victoria…

Un segundo después de que el pelirrojo hubiese pronunciado aquellas palabras, se oyó un golpe seco al otro lado de la pared, como el impacto de un almohadón de plumas contra la cabeza de alguien.

— ¡Victoria, me has hecho daño!

— Te lo mereces por bocazas — se defendió ella, antes de soltar una carcajada malévola.

— ¿Ah sí? Pues exijo una compensación por tu parte que me desagravie por el daño causado — repuso el pelirrojo con tono pícaro.

— ¿Y qué te hace pensar que yo voy a darte esa compensación…?

— ¡Dejad de hacer el imbécil y apagad la puta música! — grité con todas mis fuerzas, que a las diez de la mañana no eran muchas.

— ¡Cállate, dúchate y vístete, que siempre llegamos tarde por tu culpa, capullo!

— ¿Queréis dejar ya de discutir? Parecéis un matrimonio.

— ¿Yo, casarme con éste? — inquirió Leonard con tono ofendido — Antes prefiero meterme en un convento de monjes.

— No te flipes, colega. Ambos sabemos que te fugarías de allí a los dos días porque no te dejarían ver películas porno.

Una divertida risita se oyó al otro lado de la cama. A Diana, que seguía acostada en la misma posición en la que se había quedado dormida, sin darle importancia al hecho de que los cuadros que teníamos sobre nuestras cabezas estaban a punto de caernos encima a causa de la fuerte vibración de la música, aquella situación parecía resultarle muy cómica. Solté un fingido suspiro exasperado, antes de preguntarle:

— ¿Se puede saber qué es lo que te hace tanta gracia?

Diana se dio la vuelta lentamente, antes de alzar la vista hacia mí y clavarla en mis ojos. Su inmutable sonrisa pícara coronaba sus labios, como la de un niño travieso que acaba de hacer alguna trastada.

Vosotros me hacéis gracia. ¿Vuestros amaneceres son siempre así?

— No, a veces son peores.

Diana soltó una carcajada divertida ante mi comentario, para un segundo después detenerse abruptamente. Una sombra de tristeza cubrió sus ojos claros, que trató de ocultarme apartando su mirada de mi rostro. Pero ya era demasiado tarde. Yo mejor que nadie sabía lo que le preocupaba: aquella momentánea felicidad que estaba sintiendo, se disiparía en cuanto regresara a casa con su madre.

— No tiene por qué ser así, Diana.

— ¿Qué? — inquirió ella confundida.

— No tienes por qué echar a perder tu vida por una persona que no merece ni uno solo de tus pensamientos. Ni una sola de tus lágrimas.

— Tom…

— Tu madre está al borde del abismo, cariño, pero me niego a quedarme de brazos cruzados viendo cómo te arrastra con ella.

Diana clavó de nuevo sus ojos en los míos, pero en esta ocasión su mirada era dura, desconfiada. Casi desafiante.

— ¿Qué es lo que estás queriendo decir con eso, Tom?

Solté un largo suspiro, el más largo de toda mi vida. Claro que en aquellos momentos mis nervios mi inseguridad estaban más que justificados. Estaba a punto de pronunciar las palabras que me mantendrían atado a esa mujer de forma inexorable. Inexorable, hasta que uno de los dos decidiera romper aquel compromiso. Aunque algo en mi interior me decía que eso nunca iba a suceder. Que estaríamos juntos pasara lo que pasara. Que no podría vivir sin esa mujer.

— He estado pensando en nosotros, ¿sabes? Sé que acabamos de conocernos y que llevamos poco tiempo juntos, pero…

— ¿Pero? — inquirió ella con impaciencia.

“¡Ahora o nunca, Tommy!”, me animó la esperanzada voz de mi mente. Aquella que siempre me animaba a presentar batalla, la que me tenía por un valiente general espartano y no por el heavy pringado que realmente era.

— Pero creo que deberías venirte aquí, a vivir conmigo.


Angela    
Aquella mañana hacía un calor realmente insoportable. Era en aquellos momentos cuando más echaba en falta mi Alemania natal, donde siempre teníamos una temperatura fresca y agradable. Claro que vivir en California también tenía sus cosas buenas, como tener el privilegio de poder disfrutar de un buen baño en sus azules playas durante todo el año. Pero si, como era mi caso, bañarte en la playa te gustaba tanto como que te dieran una patada en la entrepierna, tenías un serio problema… 

— ¿No te encanta el verano, pequeña? — susurró Johnny contra mi oído, apretándome con fuerza contra su costado.

— Prefiero el invierno. Es mucho más soportable y armonioso.

Su dorada mirada me recorrió con perplejidad, como si acabara de decir que había visto aterrizar un ovni en el jardín de mi casa hacía dos noches.

— Angie, tenemos que ir un día a la playa tú y yo.

No pude evitar la nariz ante su sugerencia. ¿Por qué a la gente “normal” le gustaba embadurnarse de arena, llenarse hasta arriba de algas, pillar una insolación y dejarse picar por medusas asesinas?

— No me gusta la playa.

Ahora su asombro fue mayor.

— ¿Vives en California y no te gusta la playa?

— Johnny, cuando me conociste sabías que estaba loca y me aceptaste como tal, así que ahora no te hagas el sorprendido conmigo.

Aquel comentario le hizo esbozar una de sus irónicas sonrisas, ésas que mostraba cuando quería dar a entender que no estaba de acuerdo con lo que había dicho su compañero de conversación.

— Cariño, es precisamente porque estás loca por lo que nuestra relación puede tener futuro. Una mujer normal jamás se liaría con un colgado como yo.

Aquello me hizo soltar una carcajada divertida.

— ¿Sabes? Debo reconocer que en eso tienes toda la razón.

— Buenos días, chicos — nos saludó Marty con una sonrisa desde la barra, cuando cruzamos la puerta de su bar.

— Buenos días.

“Qué extraño”, pensé. “Hoy le tocaba abrir el local  a Emma. ¿Qué hace Marty sirviendo en la barra? Ella suele ser una chica muy puntual.”

Los ojos verdes del jefe de mi hermana parecieron seguir la dirección de mis pensamientos, pues sólo un segundo después me preguntó, recorriéndome con una mirada perspicaz:

— ¿Sabes si Emma salió anoche con tu hermana? Porque lleva tres horas de retraso. Si no llega a ser por Sebastian, el frutero, que viene todos los días a desayunar, no me hubiera enterado de que mi bar seguía cerrado a las nueve de la mañana. Hemos tenido que venir Úrsula y yo hace un rato para hacernos cargo de todo, a pesar de que teníamos… otros asuntos… pendientes.

La forma en que dijo “otros asuntos… pendientes” evidenció que se estaba refiriendo al sexo. Ese tal Sebastian los había interrumpido en plena faena. Johnny pareció darse cuenta también de ese detalle, pues soltó una carcajada por lo bajo.

— No, Marty. Te puedo asegurar que Emma no salió anoche con mi hermana. Johnny y yo estuvimos toda la noche en mi casa, y Iuta se la pasó durmiendo como un tronco. Seguramente a Emma se le han pegado las sábanas porque ha trabajado muy duro durante estas últimas semanas.

— Lo dudo mucho — replicó Marty con profundo sarcasmo.

Siempre me había atraído esa personalidad tan cambiante, tan bipolar que tenía Marty. Pasaba de ser el hombre más feliz y satisfecho del planeta a sentir una ira incontrolable e injustificada por el suceso más tonto. Era tan parecido a mí… y al mismo tiempo tan distinto. No me resultaba nada difícil comprender por qué Úrsula se había enamorado de él. Y por qué había decidido compartir el resto de su vida con él.

— Hemos quedado con Leo, Tom y sus respectivas — intervino entonces Johnny, rompiendo súbitamente el silencio que se había impuesto en la sala. No comprendí en ese momento la mirada envenenada que le lanzó a Marty, pero tampoco me pasó desapercibida —. ¿Sabes si han venido ya?

— Todavía no han llegado — replicó el improvisado camarero, devolviéndole a Johnny su mirada asesina, con otra de su cosecha.


— Los esperaremos sentados en esa mesa de allí — me dijo, señalando una de las mesas vacías del fondo del local. Las más alejadas de barra, y por tanto, de Marty.

— Cariño, ¿se puede saber qué te pasa?

— Nada — replicó con voz cortante, al tiempo que tomaba asiento en la silla que había junto a la ventana —. ¿Quieres algo de desayunar? Apuesto a que tu amiguito Marty estaría más que encantado de traértelo.

Nunca había visto a Johnny de esa manera. Su aire alegre y despreocupado había desaparecido como por arte de magia y había sido sustituido por un tono agrio e irritable. Y a pesar de que mi mente se negaba a creerlo, no existía otra explicación posible: Johnny estaba celoso de Marty.

Estaba a punto de pedirle explicaciones al respecto, cuando una escena, al otro lado del cristal de la ventana, captó poderosamente mi atención.

— No puede ser… — susurró Johnny, con su cara contraída en una mueca de perplejidad. La misma que debía de tener yo en aquellos momentos.

Emma acababa de bajarse de la harley de una morena con el pelo corto de punta, vestida con cuero negro de la cabeza a los pies. Sin embargo, no fue eso lo que nos llamó la atención, sino el morreo que se dieron a continuación.

— Ah… Bue… Bueno, a… lo mejor son… sólo… amigas — apuntó Johnny con voz titubeante y sin creerse él mismo lo que estaba diciendo.

— ¿A-mi-gas? — repetí, sintiendo cómo la sangre de mis venas  comenzaba a hervirme con una intensa furia asesina — ¿Acaso tú le metes la lengua hasta la campanilla a todas tus amigas, Johnny?

— Naturalmente que no.

— Esa zorra se está tirando a esa marimacho embutida de cuero a espaldas de mi hermana… — dije, levantándome de la silla de un salto, y dirigiéndome hacia la salida del local con paso firme y decidido.

— Angela, ¿dónde vas? — inquirió Johnny con la voz impregnada por ese tono de macho dominante que tantas veces le había escuchado a mi hermano. No tardó ni dos segundos en ponerse en pie, y seguir mis pasos hacia la salida.

— Voy a poner en su sitio a esa puta.

Johnny resopló nerviosamente, antes de sostenerme la puerta abierta del local, como lo haría un auténtico caballero.

— Se va a armar…


Victoria 
Llevaba toda la tarde sentada frente a él, en el sofá de cuero del salón de mis tíos, tratando de encontrar las fuerzas necesarias para hacer lo que tenía que hacer. Había sido un día realmente extraño y agotador, y aquella tarde no estaba siendo sino la maldita guinda del pastel.

Porque si no hubiese sido suficiente por un día el hecho de tener que ocultarle a Leonard que Tom planeaba convertir a Diana en la nueva inquilina su piso de solteros; o el haber encontrado a Johnny y Angela en medio de una buena gresca con Emma y una morena con pinta de tener más testosterona en su organismo que Hans y Rob juntos; o el haber tenido que acompañar a Emma al hospital porque Angela le había roto la nariz y casi se desangra en el coche de Leonard de camino a allí; o el haber tenido que ver la mezcla de tristeza y decepción que se había formado en el rostro de Anna cuando se había enterado de que la rubia pechugona que había aparecido en el bar con nosotros era novia de Tom, ahora además tenía que llamar a mis padres. Tenía que hacer la puñetera llamada telefónica semanal que les había prometido antes de irme de España.

Pero el teléfono continuaba sobre la mesita del café, frente a mí, con sus temibles números mirándome fijamente a los ojos, atravesando mi piel, taladrando mi alma… Exactamente igual que hacía dos horas y media.

“Vamos, Victoria”, me decía a mí misma. “Puedes hacerlo. Sólo tienes que levantar el auricular, marcar el maldito número, decir “hola”, fingir que los echas mucho de menos y después colgar”.

Pero era mucho más fácil decirlo que hacerlo. La última conversación que había tenido con mi madre no había sido lo que se decía muy amistosa. Cuando le había dicho que tenía novio, en vez de alegrarse por mí, había puesto el grito en el cielo, temiendo que “ese pelirrojo desalmado pudiera robarle la inocencia a su pequeña”.

¡Ja! Si ella supiera…

Levanté el auricular del teléfono en un arranque de valor… que se disipó un segundo después. Con los dedos temblorosos, comencé a marcar el número de teléfono de mis padres, pegando el teléfono a mi oreja.

Un tono… Dos… Tres… Cuatro…

— ¿Diga? — la profunda voz masculina de mi padre me devolvió de nuevo a la realidad. A la cruda y horrible realidad.

— Eh… Ah… Papá. Hola, papá. Soy… Victoria. ¿Qué tal van las cosas por allí?

Un largo silencio se hizo al otro lado de la línea.

— Bien, cariño. Bien. ¿Y tú qué tal estás? — replicó con frialdad. Como si estuviera saludando al vecino del quinto en vez de hablar con su hija, que estaba en otro país, en otro continente desde hacía más de un mes. Igual de indiferente, igual de “interesado” en la conversación.

Un minuto después colgué el teléfono, sin haber intercambiado ni dos palabras con mi madre, y más convencida que nunca de que no iba a ser capaz de volver a España al final del verano. 

lunes, 5 de septiembre de 2011

Capítulo XVII: I Welcome You To The House Of Sin (Parte2)

Bueno, señores, aquí les traigo la segunda parte del capítulo. Una parte que a los fans de L & V disfrutarán bastante, aunque no así los de E & I. En fin, también les aviso de que he hecho una reforma en el blog (como pueden observar) y que hay cuatro nuevas encuestas en la parte derecha del blog. Pueden votar en ellas, si así lo desean. Sin más dilación, les dejo  disfrutar del capítulo. ¡Un beso! Att. Athenea.



Leonard
— Quítate la ropa, Victoria.

— Tom y Diana están en la habitación de al lado, Leo. Me da corte…

Sin darle tiempo a terminar su discurso, me quité la camiseta del pijama y los pantalones en un tiempo récord. Llevaba días deseando hacerle de nuevo el amor, pero habían pasado demasiadas cosas que nos lo habían impedido. Sin embargo, ahora que la tenía para mí solo, en mi cama y completamente a mi merced, no iba a desaprovechar la oportunidad de demostrarle con creces cuánto la deseaba. 

— ¿Prefieres que te desnude yo, cariño? Ya sabes que yo no tengo ningún inconveniente… Claro que si pongo mis manos sobre tu ropa en estos momentos, no respondo del estado en que éstas puedan acabar…

Mi picante comentario hizo que un delicioso rubor inundara sus mejillas, al tiempo que apartaba la mirada de mi torso desnudo con vergüenza. A pesar de que yo era su novio, de que ya habíamos hecho el amor  y de que me deseaba con todas sus fuerzas, todavía se sentía insegura en mi presencia. Todavía no se atrevía a mostrar sus verdaderos sentimientos, a tomar las riendas de la situación. Y mucho menos si dicha situación estaba directamente relacionada con el sexo…

— Muy bien, Victoria — comencé a decir, fingiendo un enfado que en realidad no sentía —. Si no quieres que lo hagamos, no lo haremos.

Me tumbé en la cama, de espaldas a ella, esperando el momento en el que se decidiera por fin a actuar. Por suerte, ese ansiado momento no se hizo esperar mucho…

— Leo, yo no he dicho que no quiera hacerlo — contestó, pegando su cuerpo a mi espalda desnuda y rodeando fuertemente mi cintura con sus brazos —. De hecho, tú mejor que nadie sabes cuánto te deseo…

Y para darle credibilidad a sus palabras, dejó que sus manos comenzaran a descender por mi cuerpo, en una tierna pero exigente caricia, hasta llegar a la altura de mis bóxers. Sus dientes comenzaron a mordisquear mi hombro izquierdo de forma juguetona, mientras una de sus manos se introducía lentamente por debajo de la tela de mi ropa interior.

— Oh, Dios mío, Victoria…

— ¿Te gusta? — inquirió ella con inseguridad.

— ¿De verdad tienes que preguntarlo? — repliqué con voz jadeante, poniendo mi mano sobre la suya para que no detuviera sus caricias.

Pero no estaba en mi naturaleza estarme quieto mientras mi mujer me torturaba de esa forma tan deliciosa. Me di la vuelta muy despacio, poniendo mi mano sobre su nuca para atraer su rostro hacia el mío. Sus labios sabían a gloria, a manjar de dioses.

— Te quiero, Leo — susurró contra mi oído, interrumpiendo nuestro beso.

— Y yo a ti, mi pequeña — repliqué, deslizando mis manos hacia la parte baja de su espalda, para poder quitarle la camiseta. Ella hizo lo propio con mis bóxers, antes de lanzarlos al suelo.

— No quiero decepcionarte, Leo — dijo, acariciándome dulcemente la mejilla.

— Pues entonces quítate los pantalones y las braguitas — repliqué con la voz ronca, teñida por el deseo.

Ella soltó una risita nerviosa, pero hizo lo que le pedí. Porque aunque tratara de negarlo, aunque procurara parecer serena y distante entre mis brazos, me deseaba tanto como yo la deseaba a ella.

Cuando ambos estuvimos desnudos, tiré de ella hasta conseguir que se colocara sobre mí, piel contra piel. Saqué la caja de preservativos que guardaba en el cajón de mi mesita y me puse uno casi con impaciencia.   

La abracé con fuerza, rodando con ella sobre el colchón, de forma que mi cuerpo quedó entonces sobre el suyo. A pesar de que me gustaba que Victoria tomara la iniciativa en ciertas cosas, demostrándome así cuánto me deseaba, prefería ser yo quien llevara el control del asunto…

— Dime que me deseas, Victoria — susurré contra su oído con voz ronca.

Sabía perfectamente que la mujer que tenía en aquellos momentos entre mis brazos, bajo mi cuerpo, me desea más que cualquier otra cosa en el mundo. No me hacía falta oírselo decir para saberlo. Y sin embargo, quería oír esa confesión de sus labios. Deseaba que su dulce voz entonara esas ardientes palabras.

— Te deseo, Leo — replicó con una sonrisa, acariciándome el cabello dulcemente. Pero yo no quería que fuera dulce conmigo. Al menos no en esos instantes. Deseaba sentir cómo se derretía bajo mi piel —. Conocerte ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida.

Aquella confesión hizo que mi corazón dejara de latir durante un momento, para unos segundos después reanudar la marcha a un ritmo frenético, salvaje. Me costaba respirar con normalidad y una fina película de sudor se había instalado en mi frente. Me sentía como si acabara de correr una maratón, aunque no me había movido de aquella cama en la última media hora. Y lo peor de todo, aquella mujer me había dejado completamente sin palabras.

— Leo, ¿te encuentras bien? — preguntó preocupada, viendo que me había quedado paralizado tras su respuesta.

Me obligué a responder, a pesar de que lo que salió de mi boca no fue más que un torpe balbuceo.

— Yo… Yo siento… lo mismo. Siento lo… mismo por… ti, cariño. Te quiero. Te quiero más de lo que nunca he querido a nadie.

Rebelar aquellos sentimientos tan íntimos con palabras fue realmente difícil para mí. No me costaba en absoluto demostrarle que la amaba con hechos, cuidando de ella, siendo su amigo, su amante, su principal apoyo en los buenos y malos momentos…

Pero desnudar mi cuerpo era infinitamente más sencillo que desnudar mi alma, y aquella noche pude comprobarlo de primera mano. Pero no por ello aquel momento resultó menos mágico, menos liberador. Aquellas palabras fueron el preludio a una de las mejores noches de mi vida.

— Yo también te quiero, pelirrojo mío — replicó ella, con lágrimas en los ojos, al tiempo que me acariciaba dulcemente la espalda con sus manos de duendecillo.

Y lo cierto es que, aunque pueda parecer poco romántico, aquella declaración por parte de ambos, aquel momento tan mágico y especial, no hizo sino incrementar mi excitación. Mi deseo por ella, por poseer su cuerpo.

Victoria pareció notarlo también, porque separó los muslos lentamente, abriéndose para mí, sin dejar de acariciarme por todas partes con delicioso frenesí.    

Entrar dentro de ella fue el mejor premio que el cielo pudo darme después de un día tan agotador. Llevaba días deseándola, pero en cuanto mi cuerpo se unió al suyo, me di cuenta de que no había sido consciente hasta ese momento de cuánto la había necesitado. De cuánto la necesitaba. Aquella mujer me daba fuerza, me daba estabilidad. Y sobre todo, me daba el cariño y la serenidad que yo nunca había conocido hasta que ella llegó a mi vida.

Llegar al clímax junto a ella fue el broche de oro final a una noche perfecta. No me importaba que Tom y su novia estuvieran en la habitación de al lado, ni que pudieran oírnos a través del tabique que compartían nuestros dormitorios. Sólo me importaba estar con ella, demostrarle todo el amor y el deseo que sentía hacia ella.

— ¿Sabes? Deberíamos hacer esto más a menudo — sugirió con voz jadeante.

No pude evitar echarme a reír ante sus palabras, antes de abrazarla con fuerza, pegándola aún más contra mi cuerpo. A pesar de que aquella noche había quedado completamente saciado de ella, quería sentir cada poro de su piel sobre la mía. No quería que existiera ni la más mínima barrera entre nosotros.

— Si por mí fuera, haríamos esto todos los días, pequeña.


Emma
Los clientes del bar habían ido abandonando el local paulatinamente desde que el grupo había finalizado su actuación. Iuta tampoco había aparecido esa noche. ¡Vaya novedad! Desde que volvimos de nuestra escapada apenas la había visto dos veces.

Sabía que ese comportamiento era algo egoísta por mi parte, pero no podía evitarlo. Necesitaba estar con Iuta y ella se pasaba el día en casa, llorando. Se estaba comportando como una niña inmadura, incapaz de enfrentar sus problemas. Puede que, después de todo, fuera ella la desequilibrada de la familia, y no la idiota de su hermana.

Angela nunca me había caído bien. Algo en su mirada perdida, desenfocada, te hacía comprender casi en el mismo instante de conocerla que algo en ella no andaba del todo bien. Y esa intuición no hacía sino confirmarse cuando intercambiabas unas palabras con ella.

Todavía no podía comprender cómo Johnny había podido enamorarse de ella. Esa chica tenía serios problemas para relacionarse con el resto del mundo. Como si no supiera o no quisiera encajar en ninguna parte. Claro que, pensándolo bien, ese chico tampoco había demostrado mucha cordura durante el escaso tiempo que llevaba con el grupo… Como suele decirse: “siempre hay un roto para un descosido”.

— ¡Joder! — maldije, cuando una de las cervezas que llevaba hacia el reservado del fondo se me cayó al suelo.

“¿Es que todo me tiene que pasar a mí?

El imbécil de Marty y su mujercita se habían ido a casa a pasar un rato “agradable”, y yo tenía que comerme el marrón de atender las mesas, hacer caja, limpiar y cerrar el local. Bueno, yo y la nueva de acento raro. Pero teniendo en cuenta lo torpe que era esa mocosa, no se le podía considerar como una ayuda precisamente.

— Permíteme que te ayude — oí que me decía una profunda voz femenina, mientras estaba agachada en el suelo, recogiendo los restos de la bebida.

Alcé la vista para ver de quién se trataba, y me quedé totalmente boquiabierta. Era toda una mujer. Sobrepasaba el metro setenta, delgada, con el pelo negro muy corto y acabado en punta. Vestía un minúsculo top de tirantes negro, con unos pantalones y botas de cuero del mismo color que su “camiseta”. Tenía un aire a lo Joan Jett que me ponía bastante…

— ¿A qué hora sales? — inquirió, agachándose a mi lado para ayudarme a limpiar el estropicio.

—Dentro de una hora más o menos, ¿por qué?

— Me gustaría invitarte a tomar algo a mi apartamento… Si tú quieres, claro.

La ardiente mirada con la que recorrió mis pechos y mis caderas, me excitó al instante. Estaba a punto de aceptar su invitación, cuando de repente me sobrevino la imagen de Iuta a la mente.

— Tengo novia — repliqué con un hilo de voz.

— Eso no es un problema para mí — me contestó, esbozando una pícara sonrisa, para después añadir —: Yo no soy nada celosa. No me importa compartir.

Sopesé seriamente su propuesta. Amaba a Iuta, pero en aquellos momentos ella no era capaz de darme lo que yo necesitaba. Estaba demasiado ocupada lamiéndose sus heridas como para preocuparse por lo que a mí me pasara. Aquella desconocida, en cambio, se me estaba sirviendo en bandeja, prometiéndome con la mirada una noche desenfrenada e inolvidable. Si la rechazaba, me arrepentiría toda la vida. Si decidía aceptar su propuesta, acabaría arrepintiéndome igualmente.

Así que finalmente decidí que el arrepentimiento, con sexo y alcohol se sobrelleva mucho mejor. No sabía qué consecuencias podría acarrearme ese pequeño desliz, pero lo cierto es que en aquellos momentos las consecuencias me importaban una mierda. “I don’t give a damn ‘bout my reputation/ You’re living in the past it’s a new generation…”, la voz grave y penetrante de Joan Jett no dejaba de gritar con fuerza en mis oídos. “Oh, no, no, not me”.


Anna
No entendía por qué Marty me odiaba tanto. ¿A quién se le ocurría dejarme sola, bajo las órdenes de esa arpía lesbiana, cuando sólo llevaba unos días trabajando en el bar? Tenía que haberle hecho algo en otra vida. Sí, eso debía ser. Seguramente había quemado a su mujer en la hoguera, por bruja, y su rencorosa alma todavía no me lo había perdonado…

— Ey, waitress, another round here!  — me gritó uno de los moteros que se había metido con Emma unas horas antes.

Solté un suspiro cansado y me dirigí a la barra para servir más jarras de cerveza. Las puse con sumo cuidado en la bandeja y me di la vuelta rápidamente para llevárselas a aquellos brutos, sin antes cerciorarme de si había alguien detrás de mí…

Merda! — maldije cuando la bandeja con las bebidas cayó precipitadamente sobre la cara, camiseta y vaqueros de aquel rubio. Y no cualquier rubio. Era el guitarrista del grupo de Tom. Rob, me parecía que se llamaba…

— What the fuck?! — gritó furioso. El local entero enmudeció, olvidando por un momento sus insulsas vidas, para centrar su atención directamente sobre nosotros.

— I’m so sorry, Sir… — comencé a disculparme en mi rudimentario inglés.

— “You’re sorry”? — repitió con sorna, imitando mis balbuceos como si le repugnaran sobremanera — I don’t give a shit ‘bout how you feel right now, lady. Just, get the fuck out of my way!

Tras soltarme aquellas “lindeces”, le dio un fuerte manotazo a la bandeja yo que todavía sostenía en mi mano, de forma que ésta cayó al suelo haciendo un ruido metálico y ensordecedor. Al menos para mí. Tras aquel despliegue de galantería por su parte, salió del local a paso vivo, sin volver a mirarme a la cara, y sin dejar de soltar improperios por la boca. 

Me abracé con fuerza la cintura con mis brazos, como si aquel gesto pudiera salvarme de la vergüenza o la humillación. Era vagamente consciente de que la mayoría de los clientes del local seguía con la vista clavada en mí, algunos con lástima, otros sin poder ocultar su diversión. ¡Dios, en aquellos momentos habría dado casi cualquier cosa porque me tragara la tierra!

Pero no había tiempo para lamentarse. Emma venía hacía mí en ese momento, cual huracán enfurecido y fuera de control. Sería mejor que me pusiera a limpiar aquel maldito desastre, “right now!”. 

viernes, 2 de septiembre de 2011

Capítulo XVII: I Welcome You To The House Of Sin (Parte 1)

(El título lo he sacado de una canción, no pensemos mal XDDDDD).



Angela

Habíamos llegado a mi casa hacía un rato. El concierto había sido todo un éxito, pero Johnny estaba realmente agotado. Y hambriento, como siempre. Me ofrecí a prepararle unos huevos fritos con bacon, a pesar de que eran bien pasadas las tres de la mañana. Ese hombre tenía unos hábitos y horarios alimenticios la mar de extraños.

Antes de ponerme a cocinar, subí al piso de arriba para ver cómo se encontraba Iuta. La puerta de su habitación estaba entreabierta, permitiendo que entrara en ella parte de la luz del exterior. Conocía demasiado bien a mi hermana como para saber que le aterraba quedarse a oscuras en una habitación cerrada, aunque nunca me había confesado el motivo de ese miedo tan irracional.

Ella dormía plácidamente en la cama, acurrucada en posición fetal, con el sereno semblante de un ángel. Una serenidad que estaba muy lejos de sentir cuando estaba despierta. Durante el día, la tristeza de sus ojos esmeralda la hacía parecer un gatito asustado en medio de la lluvia.

Entré de puntillas en la habitación, procurando hacer el menor ruido posible. En los últimos días, no había tenido ocasión de pasar el tiempo suficiente con mi hermana, y mucho menos de compartir con ella el dolor de nuestra mutua pérdida. Me había refugiado egoístamente en los brazos de Johnny, tratando de olvidar todo lo demás. Tratando de olvidar que aquella situación no sólo era difícil para mí.

Me acerqué despacio hasta su cama, e incliné mi rostro hacia el suyo, para darle un suave beso en la frente. A pesar de que no solía demostrar mis sentimientos hacia ella, y mucho menos hacia Hans, los quería más que a nada en el mundo. Eran mis hermanos. La única familia que me quedaba ahora. Aparte de Johnny.

“Johnny”, recordé mentalmente. Le había prometido que le prepararía su segunda cena, y conociéndolo, seguramente estaría empezando a impacientarse por mi tardanza. Ese hombre era terriblemente cariñoso y tierno la mayor parte del tiempo, pero cuando tenía hambre, se volvía realmente irritable.

Salí de la habitación de Iuta, procurando dejar la puerta en la misma posición en que la había encontrado, para que mi hermana no sospechara que la había estado espiando, y comencé a bajar las escaleras de dos en dos en dirección al salón. Johnny estaba repantigado en uno de los sofás, con la cabeza apoyada contra mi cojín de Mickey Mouse, mientras hacía zapping en la vieja tele de mi padre con aire despreocupado. Se había quitado la chaqueta de cuero, y su ajustada camiseta de AC/DC dejaba a la vista sus brazos desnudos. En el antebrazo derecho llevaba el tatuaje de una rosa negra, en cuyo tallo se enrollaba una serpiente. Había visto aquel tatuaje muchas otras veces, y siempre me había impresionado su tétrico diseño, pero aquella noche, y sin saber muy bien por qué, me sentía incapaz de apartar la vista de él.

Johnny, al verme parada en medio del salón, mirándolo intensamente, se incorporó en el sofá, con una mueca de preocupación.

— Cariño, ¿sucede algo? ¿Iuta está bien?

Yo asentí con la cabeza, sentándome a su lado en el sofá.

— Está durmiendo como un tronco.

— Entonces… ¿se te ha quemado el bacon? — no pude evitar soltar una carcajada divertida ante la cara de susto que puso al formular aquella pregunta.

— No, cariño. De hecho, aún no he empezado a preparártelo.

— Ah — la mueca de decepción que se formó entonces en su rostro me partió el alma en dos. Sus ojos miel se clavaron en los míos, mirándome con una expresión torturada que yo empezaba ya a conocer muy bien. Estaba tratando de manipularme para conseguir lo que él quería, y lo estaba consiguiendo. Y lo cierto es que no me importaba lo más mínimo satisfacer sus deseos, porque sabía que él haría lo mismo por mí. De hecho, ya lo había hecho, cuidándome y preocupándose por mí desde el día en que nos conocimos.

— ¿Sabes? Podrías venir conmigo a la cocina, y preparamos “la cena” entre los dos. Así acabaremos antes.

Johnny recorrió mi semblante con una mirada perspicaz.

— Mi pequeña Angela… No puedes vivir ni un segundo sin mí, ¿eh? —la nota  engreída que teñía su voz debería haberme irritado, o por lo menos contrariado, pero no fue así. De hecho, me resulto divertida la sonrisilla traviesa que se dibujó en sus labios tras soltar aquella fanfarronada.

— ¡¿Yo?! Pero si eres tú el que está siempre en mi casa — repliqué, sin poder evitar soltar una risilla tonta —. Eres tú el que no puedes vivir sin mí.

Esta vez, no hubo ni un asomo de sonrisa por su parte. Tras unos segundos de profundo silencio, que ninguno de los dos parecía estar dispuesto a romper, Johnny decidió entrar en acción. Mirándome muy intensamente a los ojos, se inclinó despacio sobre mí, haciéndome retroceder hasta quedar tumbada en el sofá de espaldas. Sin previo aviso, se colocó suavemente sobre mí, entrelazando nuestras manos con fuerza, antes de atrapar mis labios en un beso voraz. Estaba ansioso, podía sentirlo por los salvajes latidos de su corazón, que galopaban con furia contra su pecho, cual caballo indómito corriendo en libertad por verdes prados.  

Su larga melena castaña cayó sobre nosotros, cubriendo nuestros rostros como si fuera un hermoso dosel, aislándonos del mundo exterior. Ahora sólo existíamos nosotros dos. Ahora sólo existían nuestras bocas, fundiéndose en una sola.

Sus caricias sobre mi piel resultaban abrasadoras. Por un lado, quería que las profundizara, que hiciera conmigo lo que deseara. Pero por otro, estaba demasiado nerviosa como para permitir que aquello pudiera llegar más lejos. Era muy consciente de que Johnny tenía experiencia más que de sobra en aquellos temas y que había estado con otras mujeres antes que conmigo. Era obvio que no iba a conformarse por mucho más tiempo con los tímidos besos y abrazos que solíamos darnos.

Y a pesar de que me había dicho en más de una ocasión que no tenía prisa por hacerlo, era un hombre. Los hombres siempre tienen prisa por hacerlo. Y aquello, en lugar de instarme a que me dejara llevar y me entregara completamente a él, estaba teniendo el efecto contrario. Me estaba enfriando. Me estaba poniendo muy nerviosa. Y esos nervios no hicieron sino aumentar, cuando comenzó a desabrocharme la cremallera de mis vaqueros.

— Cariño, ¿qué sucede? — me preguntó preocupado, al ver que ya no respondía a sus besos con la misma fogosidad que antes — ¿He hecho algo malo? ¿Estamos yendo muy rápido? — la suave caricia de su voz, junto con el dulce tacto de su mano sobre mi mejilla, consiguieron relajarme considerablemente. Aunque sin duda, no lo suficiente.

— Yo… no estoy… preparada para…

— ¡Mierda, soy un gilipollas! — se maldijo Johnny, al tiempo que se apartaba de mí suavemente — No debería haber dejado que las cosas fueran tan lejos sabiendo que aún no estás preparada para esto — se pasaba la mano por el pelo nerviosamente, sin levantar la vista del suelo. Parecía terriblemente contrariado y avergonzado consigo mismo —. Perdóname, Angela, por favor. Soy un inconsciente, encima de todo por lo que estás pasando, yo soy tan imbécil de forzar la situación y hacerte sentir incómoda, cuando lo que debería estar haciendo es ayudarte. De verdad que lo siento pero es que… A veces soy incapaz de controlarme cuando te siento tan cerca de mí. No puedo evitar sentirme terriblemente excitado cuando te veo sonreír de esa forma tan dulce, con tu pelo suelto rozándome las mejillas. Y con ese perfume de rosas que siempre te pones… Haces que mis hormonas simplemente estén fuera de control...

Noté cómo un cálido rubor coronaba mis mejillas cuando le escuché decir aquellas palabras. No sabía si sentirme ofendida o halagada. Nadie nunca me había hablado con tanta franqueza sobre un tema tan… delicado como ése. Aunque sin duda, él no lo consideraba como tal. Para él, el sexo era algo completamente natural. Más que eso, esencial en una relación de pareja.

— Cariño, no te preocupes — repliqué yo, cuando fui capaz de hablar de nuevo, aunque ni por asomo había conseguido reorganizar el caos que inundaba mi mente —. No tienes que justificarte. Yo también te… deseo. Ya lo sabes. Es sólo que ahora mismo no… No puedo…

— Lo sé, Angie, lo sé — me interrumpió, atrapándome con fuerza entre sus cálidos brazos —. Aunque te juro que en lo único que puedo pensar estos días es en poseerte salvajemente sobre la encimera de la cocina, procuraré refrenarme. No, te prometo que voy a refrenarme.

No estaba muy segura de si aquello de “poseerme salvajemente sobre la encimera de mi cocina” iba en serio o no, pero por si acaso decidí que, al menos durante los próximos días, ese mandril salido de mi novio no iba a entrar conmigo en la cocina bajo ningún concepto. Y mucho menos sin testigos presenciales.


Tom  
Diana se había quedado dormida hacia ya un rato. Su cabeza descansaba plácidamente sobre la mullida almohada de mi cama y su mano aferraba la mía con desesperación, como si temiera que fuera a abandonarla en mitad de la noche. Las profundas ojeras que marcaban su pálida piel, eran signo de que el insomnio se había convertido en su irremediable compañero de viaje durante los últimos tiempos.

Pero ¿cómo iba a ser de otra manera, teniendo en cuenta la clase de vida que llevaba? Su madre era una alcohólica y drogadicta que se gastaba el sueldo y sus energías físicas en sus adicciones. Diana no tenía realmente madre. Aquella horrible mujer no era más que una carga, un despojo humano con el que tenía que convivir. Del que tenía que hacerse cargo.

Aquella noche, sus ojos asustados y desesperados me habían hecho comprender que no podía pasar ni un segundo más en aquella casa. Le había pedido que se viniera a mi casa por unos días, hasta que las cosas con su madre se calmaran, pero lo cierto es que mis intenciones iban más allá.

Yo mejor que nadie sabía por experiencia que las cosas no iban a ir a mejor. Mi propia madre no sólo se estaba dejando consumir por el alcohol y las deudas, sino que, no contenta con ello, estaba dejando que un cabrón sin escrúpulos la maltratara, física y espiritualmente. Era una mujer débil, que había preferido abandonar a su hijo a su suerte, antes que quedarse sin un hombre que calentara su cama.

Mientras esos funestos pensamientos se abrían paso por mi mente, sentí cómo unas solitarias lágrimas comenzaban a formarse en mis ojos. Durante mucho tiempo, me había obligado a no llorar. Me había obligado a olvidar que esa zorra, esa zombie borracha era mi madre, mi propia sangre. Pero pensar en todo el asunto de Diana, resguardado en la quietud y oscuridad de la noche, donde nadie, ni siquiera ella (pues estaba plácidamente dormida) podía verme, hizo que mis sentimientos, durante tanto tiempo reprimidos, estallaran de golpe.

No iba a permitir que Diana pasara por aquel infierno ni un segundo más. No me importaba lo que Leo pudiera decir o pensar, quería que se viniera a vivir con nosotros, donde yo podría protegerla. Podrá sonar estúpido, anticuado, o incluso machista para algunos, pero sentía la necesidad de protegerla, de defenderla de todo aquél que intentara hacerle daño. Y sin duda, su madre era tóxica para ella. En más de un sentido.

— Cariño, ¿qué haces despierto todavía? — me preguntó Diana con voz pastosa — ¿Es por mi culpa? ¿Ocupo mucho espacio en la cama?

Me eché a reír ante aquella inocente insinuación. En la primera impresión, Diana podía parecer una mujer muy impulsiva y fogosa, pero al conocerla mejor, te dabas cuenta de que era tan tímida y dulce como una niña de primaria.

— Por supuesto que no — repliqué, al tiempo que le acariciaba dulcemente la mejilla con el dorso de la mano —. Es sólo que…

Las fuertes carcajadas en la habitación de al lado interrumpieron abruptamente mi discurso. Parecía que Victoria y Leo se lo estaban pasando francamente bien…

Diana soltó una risita divertida.

— Ahora entiendo por qué no puedes dormir.

Se dio la vuelta en la cama, poniéndose de espaldas hacia mí, pero pasando uno de mis brazos por su esbelta cintura, agarrándose a él con fuerza. Sentía cada milímetro de su más que apetecible cuerpo pegado al mío. En aquellos momentos me arrepentí de haberle dejado un pijama que ponerse…

— Cariño, ¿qué te parece si nos divertimos un rato? — le sugerí, acariciando uno de sus pechos por encima de la tela de su camisa — Mañana no tenemos que ma…

— Tchss, Tom. ¡A dormir!

— Pero yo no tengo sueño — protesté con una sonrisa pícara —. De hecho, tengo muchas ganas de…

— ¡A dormir! — repitió ella, esta vez sin poder evitar soltar una carcajada divertida. Viendo que había perdido la partida contra aquella deliciosa mujer, decidí rendirme, esperando impacientemente mi revancha… Que llegaría como muy tarde a la mañana siguiente.