¡Hola de nuevo! Hoy os traigo este "juego", que me ha pasado Esthervampire, y que es bastante chulo, a lo arte surrealista XD. Bueno, primero voy a explicaros en qué consiste. Hay que coger un libro que tengáis, ir a la página 89 y copiar en la entrada del blog la frase de la línia 5 de esa página, después de citar el libro. Vamos pues a ello:
El libro es "Madame Bovary", y la línea 5 de la página 89 de mi edición dice así:
"Cuando, en el mes de marzo, salieron de Tostes, madame Bovary estaba encinta".
P.D. Si he puesto de ejemplo este libro ha sido porque es el primero que se me ha ocurrido. No porque me guste, pues es un truño. XD
Y ahora, me toca nominar a 6 blogs:
- El poder de la princesa.
- Patricia.
- La cima de los vientos.
- Claro de Luna.
- Shirokami.
- Leena.
Bueno quiero dar las gracias Esthervampire por lee mi blog, haberme hecho la entrevista y pasarme este juego. Tú sí que eres un cielito!!!!
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"When I hear the music, all my troubles just fade away/ When I hear the music, let it play, let it play",
"Let it Play" by Poison.
miércoles, 20 de abril de 2011
martes, 19 de abril de 2011
Capítulo VI: A Real Mean Team (Parte 1)
Aquella última frase me había me había dejado totalmente desarmada, sin palabras. ¿Mi tía había tenido un hijo? ¿Por qué nunca nadie me hablado de él? Y lo más importante, ¿dónde estaba ahora ese niño o niña?
— Cuando se enteró de que estaba embarazada, Úrsula se asustó mucho — continuó diciendo Marty, aparentemente ajeno al estado de shock que me había provocado toda aquella historia —. Era sólo una niña, y tenía mucho miedo a contarle la verdad a tus abuelos. Fue entonces cuando ese cabrón la dejó — pronunció aquella última frase entre dientes, como si la mera mención de aquel tipo le revolviera las entrañas —. Úrsula estaba desesperada. No sabía qué hacer, adónde acudir… Al final, no le quedó más remedio que recurrir a tu madre.
Aquello terminó de descentrarme. ¿Mi madre había ayudado a mi tía en toda aquella rocambolesca historia?
— Ambas llegaron a la conclusión de que la única opción que les quedaba era el aborto. Como te he dicho, Úrsula era sólo una niña, y ese desgraciado la había abandonado. La utilizó, y cuando se convirtió en un estorbo para él, la dejó.
Las palabras de Marty destilaban un profundo odio y amargura… Pero también tristeza. Todavía no había acabado de contarme la historia, por lo que me armé de paciencia y lo dejé continuar.
— Tu madre tenía una amiga cuyo padre era médico. Él fue quien les recomendó un especialista amigo suyo para que le practicara el aborto — Marty tragó saliva y cerró los ojos con fuerza, como si lo que estaba a punto de decir, le desgarrara el alma por dentro —. Ese médico le hizo una auténtica carnicería. Úrsula perdió mucha sangre durante la intervención. De hecho, estuvo a punto… — hizo una pausa, apretando los puños con rabia — Estuvo a punto de morir. Por suerte, tu madre tuvo el buen tino de llevarla a un hospital. Allí consiguieron salvarle la vida, pero…
— ¿Pero? — pregunté impaciente.
— Pero quedó estéril. Úrsula jamás podrá tener hijos.
Aquella verdad cayó sobre mí como un jarro de agua helada. Marty no presentaba mejor aspecto que yo. Todavía tenía las manos cerradas en puños, y la mandíbula contraída en una mueca de profunda ira. Quería decir algo, cualquier cosa que pudiera reconfortarlo, pero estaba desorientada, confusa. No me salía ninguna palabra coherente en aquellos momentos.
— Supongo que ahora entenderás por qué el otro día tu tía no quiso contarte la historia — me soltó Marty de repente —. Todo esto resulta muy duro para ella.
— ¿Cómo sabes que Úrsula…?
— Úrsula y yo nos lo contamos todo. Absolutamente todo. Y aunque en los últimos días se ha empeñado en estar enfadada conmigo por un asunto del que ni siquiera tengo la culpa, me sigue contando sus cosas — al decir esto, esbozó una débil y cariñosa sonrisa —. Lo que le preocupa, lo que siente… Me dijo que quería contarte toda la verdad, pero que no se sentía con la fuerza suficiente como para hacerlo sin desmoronarse. Así que me pidió que lo hiciera yo por ella.
— Yo… Marty, la verdad es que no sé qué decir — repliqué, cuando fui capaz de hablar de nuevo —. Jamás pude imaginarme que Úrsula… Bueno, quiero decir que… — comencé a pasarme las manos por el pelo, nerviosa y confundida. Las palabras salían en tropel de mis labios, sin orden ni concierto.
— Sí, cariño — me interrumpió Marty —. Sé perfectamente lo que quieres decir. Cuando Úrsula me lo contó, yo tampoco podía creérmelo. Pero es cierto. Mi pobre niña ha sufrido mucho…
Jamás en mi vida había visto a un hombre tan conmovido como lo estaba ahora Marty. Si antes sabía que mi tía y él formaban un matrimonio sólido y feliz, ahora no me cabía la menor duda de que Marty amaba profundamente a Úrsula. De que sería capaz de hacer cualquier cosa por ella.
No pude frenar el impulso de echarme a sus brazos, y estrecharlo con fuerza. Él al principio se mostró un poco cortado, y sorprendido por mi inesperada muestra de afecto, pero después me devolvió el abrazo con ganas.
— Úrsula te quiere mucho, Vicky — susurró Marty contra mi oído —. Para ella eres como la hija que nunca podrá tener. Por eso quiso que vinieras a pasar el verano con nosotros. Porque secretamente, en lo más profundo de su alma, desearía que te quedaras a vivir con nosotros para siempre — hizo una pausa, antes de añadir —: También yo lo deseo. Le haces mucho bien a Úrsula. Y a Tom y Leonard.
“Si, sobre todo a Tom…”, pensé con una sonrisa.
— También a mí me hace mucho bien estar aquí con vosotros — repliqué, separándome levemente de sus brazos —. Pero no creo que mi madre me dejara quedarme a vivir aquí, ¿sabes? Es bastante…
— Especial — concluyó Marty con una sonrisa.
— Bueno, no es ésa la palabra que yo habría utilizado…
Ante mi respuesta, Marty estalló en una sonora carcajada.
— Bueno, Vicky, después de todo, es tu madre.
“Sí, por desgracia”.
— Bueno — dijo, levantándose de la cama de repente —, será mejor que vayamos preparando la cena. Hoy tenemos unos invitados muy especiales.
— ¿Invitados? — pregunté confundida. Nadie me había avisado de que fuéramos a tener invitados.
— Sí — replicó Marty con una amplia sonrisa —. Tom, Leonard, Emma y Iuta.
Si la intención de Marty invitando a cenar a los “cuatro fantásticos” había sido la de que se reconciliaran, fracasó estrepitosamente en su intento. Para cuando llegó mi tía Úrsula, Marty y yo ya habíamos acabado de hacer la cena, y estábamos poniendo la mesa. Mi tía había dejado a un lado sus diferencias con su marido, y lo saludó dándole un apasionado beso en los labios.
— Te he echado de menos, cariño — le dijo Marty con voz melosa, al tiempo que la apretaba contra su cuerpo.
— Pero si nos hemos visto esta mañana — replicó ella con una sonrisa inocente.
— Tú ya sabes a lo que me refiero — contestó él, antes de dejar un reguero de besos por su cuello.
“Vaaaaale, si estos piensan montárselo aquí mismo al menos podrían avisar, para que los dejara solos”. Justo en esos momentos llamaron a la puerta. “Salvada por la campana”, pensé con una sonrisa.
— Yo abriré — me ofrecí, pero mis tíos ni siquiera me escucharon. Estaban demasiado ocupados, haciendo… En fin, otras cosas.
— ¡Vicky, preciosa, ábrenos, que el helado se nos va a derretir! — oí que decía Tom al otro lado de la puerta.
— Si no te hubieses entretenido hablando con tu madre, y hubiésemos venido directamente del supermercado, el helado no se estaría derritiendo — replicó Leonard con fastidio. No hacía falta ser muy inteligente para saber que no se sentía muy feliz de estar allí.
— Tío, hace más de un mes que no la veo, ¿de acuerdo? ¡Ni siquiera sé cuánto tiempo va a pasar antes de que vuelva a verla otra vez! Podrás mostrar un poquito de compasión para variar.
— Yo soy muy compasivo — protestó Leonard, como si tuviera cinco años.
— ¡Y una mierda!
— ¿Qué os pasa, chicos? — pregunté cuando abrí la puerta.
— Pasa que Tom es idiota — contestó Leonard con una sonrisa forzada —. Pero bueno, supongo que eso ya lo sabías.
Tom rodó los ojos, antes de añadir, con una sonrisa pícara:
— Sí, Leo. Sabe eso, y otras muchas cosas sobre mí…
Yo aparté la mirada, roja de vergüenza. Por suerte, Leonard no había pillado la broma de su amigo.
— No entiendo qué hacemos aquí — dijo el pelirrojo de repente. Tom soltó un bufido muy poco educado.
— Tío, ¿quieres dejar ya de quejarte? ¡Eres más pesado que una vaca preñada! Estamos aquí, y aquí estamos, ¿comprendes? Tienes que enfrentarte a Iuta de una puñetera vez, ¿de acuerdo? Tienes que demostrarle que puedes permanecer en la misma habitación que ella sin tener la imperiosa necesidad de arrancarle la cabeza, ¿me has entendido? ¡Tienes que comportarte como un hombre! — exclamó enérgicamente, para un segundo después añadir en un susurro casi inaudible —: Aunque en realidad no lo seas…
El pelirrojo se quedó mirándolo con cara de pocos amigos, antes de echar a andar hacía la cocina, para meter en el helado en la nevera.
— ¿Cómo estás, preciosa? — me preguntó Tom con una voz que pretendía ser sensual. (Y hago especial énfasis en la palabra “pretendía”).
— Pues más o menos como siempre.
— ¡Victoria! — me llamó mi tía desde la cocina — ¡Ven un momento!
— ¡Voy!
Sin embargo, cuando estaba a punto de dirigirme hacia la cocina, el timbre volvió a sonar.
— Tom, ¿te importaría abrir la puerta, por favor? — le pregunté con una sonrisa.
— Por supuesto que sí, bella dama — replicó, antes de volverse hacia la puerta. Yo fui hasta la cocina, donde Marty y Úrsula estaban aliñando la ensalada, mientras Leonard se encargaba de los postres.
— Necesito que saques el pollo del horno, cariño —me pidió mi tía.
— De acuerdo.
Cogí los agarradores y abrí la puerta del horno con cuidado. Cuando estaba a punto de sacar el pollo, se oyó la voz de Tom gritar desde el salón:
— ¡Tío, será mejor que te largues de aquí! No eres bien recibido, y si Leonard o Marty te ven, te van a partir la cara.
— ¡Ja! ¿Esos dos gallitos? ¡Qué vengan! ¡Qué se atrevan a tocarme! — se oyó replicar a Hans con voz desafiante.
— ¡¿Qué cojones hace ese demente en mi casa?! — estalló Úrsula alterada — ¿No lo habrás invitado tú, verdad? — añadió, mirando a Marty, muy cabreada.
— ¡Por supuesto que no! — se defendió él.
— Vamos a ver qué pasa — sugerí yo. Todos estuvieron de acuerdo.
Desde el salón se seguían oyendo las voces de Tom y Hans. Ahora, además, Iuta se había unido a la fiesta.
— Bruter, bitte!
— No, Iuta — replicó Hans —. Si me insultan y me presionan, tengo que defenderme.
— Dijiste que habías venido aquí a pedir disculpas.
— ¡Y a eso había venido, hasta que apareció este imbécil, diciéndome que me fuera de aquí!
Justo en ese momento llegamos al salón. Leonard y el alemán cruzaron sendas miradas de odio. Yo me temí lo peor.
— Tú y yo — comenzó a decir Leonard — tenemos una cuenta pendiente.
¡Me han dado otro premio!
Bueno chic@s, me han dado un nuevo premio. Esta vez ha sido Loli, una seguidora de este blog. Primero de todo, quiero darle las gracias por el premio y por seguir mi blog. Para mí, significa mucho :) Ahora, voy a pasar a las reglas del premio:
Decir 6 cosas que te hacen sonreír:
- Los chistes y las paridas que suelta mi profesor de griego.
- Las gracias que hacemos mis amigas y yo.
- Las vacaciones.
- Los días de lluvia.
- Cuando mi canario se pone a cantar.
- Una película o libro gracioso.
Decir 3 cosas que te borran la sonrisa.
- La injusticia.
- Mi profesor de historia.
- El aburrimiento.
Nominar blogs:
- Patricia.
- Sun Burdock.
- Esthervampire.
- Serela.
- La cima de los vientos.
- Atanila Sirabar.
Decir 6 cosas que te hacen sonreír: - Los chistes y las paridas que suelta mi profesor de griego.
- Las gracias que hacemos mis amigas y yo.
- Las vacaciones.
- Los días de lluvia.
- Cuando mi canario se pone a cantar.
- Una película o libro gracioso.
Decir 3 cosas que te borran la sonrisa.
- La injusticia.
- Mi profesor de historia.
- El aburrimiento.
Nominar blogs:
- Patricia.
- Sun Burdock.
- Esthervampire.
- Serela.
- La cima de los vientos.
- Atanila Sirabar.
lunes, 18 de abril de 2011
Capítulo V. Under my Skin (Parte 2)
Bueno, chicas, antes de nada quiero decir que últimamente estoy muy inspirada en esta historia por lo que probablemente esta semana tendréis al menos un capítulo más (a parte del presente XD). Tengo que decir que este capítulo es muy importante, o al menos para mí lo es, puesto que ocurren dos cosas de gran trascendencia. Sólo espero que a partir de ahora (a partir de éste capítulo y de los siguientes), los personajes no os decepcionen. Sólo estoy intentando reflejar en esta historia que las cosas no son blancas o negras. que las personas no son simplemente buenas o malas (como en el caso de Iuta). En fin, ya no me enrollo más. Espero que disfrutéis del capítulo. ¡Un beso, Athenea!
Cerré la nevera con una sonrisa. Seguro que eran otra vez los pesados de Tom y Leonard. Pesados, sí. Pero también adorables.
Sin embargo, para mi total sorpresa, cuando abrí la puerta sólo estaba Tom. Ni rastro de Leonard por ninguna parte.
— Hola, preciosa — me saludó con su característica sonrisa pícara —. ¿Me has echado de menos?
En aquellos momentos no sabía si reírle la gracia o mandarlo a tomar viento fresco. Finalmente, me decidí por la primera opción, por ser ésta la menos violenta, antes de dejarlo pasar.
— Creí que esta tarde teníais ensayo — le dije, al tiempo que cerraba la puerta. Él ya había entrado hasta el salón y se había sentado en uno de los sillones de cuero negro. Como si aquélla fuera su propia casa.
— Sí, tú lo has dicho, Vicky. Lo teníamos — replicó con fastidio, haciendo especial énfasis en la palabra “teníamos” —. Es innegable que hay gente muy gilipollas por el mundo, ¿sabes? Pero si hay algo todavía más innegable, es que los guitarristas y baterías que trabajan con nosotros pertenecen a ese “selecto” grupo de gente.
Yo reprimí una carcajada divertida, al tiempo que tomaba asiento en el sillón que había frente a él, y dejé que continuara despotricando sobre las miserias del grupo. Parecía bastante abatido y deprimido y no quería enfadarlo más riéndome de sus problemas.
— El caso es que Michael, el batería, ¿te acuerdas de él? Creo que lo conociste la noche que llegaste — yo asentí con la cabeza —. Bien, pues ha dejado preñada a su novia. Y ahora el padre de la chica quiere que case con ella y que busque un trabajo estable — escupió esta última palabra, “estable”, como si fuera el peor de los venenos. Yo me quedé pensativa unos momentos, antes de preguntar:
— ¿Y qué vais a hacer ahora?
Tom se quedó mirándome con sorna, como si la pregunta que acababa de hacer fuera la más estúpida que había oído en toda su vida.
— ¿Tú que crees, preciosa? Tenemos que contratar a otro batería.
— Ya, eso es obvio — repliqué ofendida —. Pero ¿tenéis ya pensado quién va a ocupar el puesto de Michael?
Un segundo después de haber formulado aquella pregunta se pasó por mi mente la imagen de Hans, el hermano de Iuta. Sin duda, Tom pensó en lo mismo, porque justo entonces dijo:
— Victoria, eso es imposible. Él y Leonard terminarían intentando matarse en el primer ensayo del grupo. Ya me imagino los titulares en los periódicos: “Guitarra voladora impacta contra la cabeza de un cantante pelirrojo de heavy metal. Todavía se desconocen las causas de la muerte, pero se cree que fue por un ajuste de cuentas entre traficantes”.
Yo me quedé mirándolo unos segundos con una expresión que decía a todas luces: “¿de dónde diablos ha salido este colgado?” Tom se limitó a esbozar una inocente sonrisa antes de replicar:
— No me mires así, Vicky. Es innegable que a la prensa le encantan las movidas relacionadas con drogas y traficantes.
— Dime una cosa, Tommy, ¿eso de “es innegable” te sale de forma espontánea, o es una especie de broma sin gracia que sueltas sin ton ni son?
Tom me lanzó una mirada envenenada, y fingiendo estar muy ofendido, me dijo:
— Mi abuelo tenía razón. Tratar de mantener una conversación en un lenguaje elevado con una dama, cuyo único atributo, o virtud, si lo preferís, es la belleza, es como echarle margaritas a los cerdos.
Aquello me dejó más confundida todavía.
— ¿Cómo dices?
— Os digo, bella dama — respondió, al tiempo que se levantaba del sofá con una floritura muy poco masculina, imitando la “elegancia” de los aristócratas franceses del siglo XVIII —, que yo soy un caballero, y como tal, procuro hablar según mi condición. Sin embargo, las damas, en especial las hermosas como vos, no me comprenden. Consideran mi lenguaje desfasado y fuera de lugar.
No pasé por alto el hecho de que, mientras me hablaba con ese fingido barroquismo, se iba acercando cada vez más a mí. Yo, me incliné hacia atrás en el sillón, tratando así de mantener las distancias, pero aquél fue el peor error de todos. Tom aprovechó la ocasión para inclinarse a su vez sobre mí, atrapándome con su cuerpo, envolviéndome con sus brazos.
Contuve la respiración. ¿De verdad iba a atreverse a besarme, aun sabiendo que me gustaba Leonard? La respuesta a esa pregunta la obtuve un segundo después, cuando sus labios presionaron contra los míos. Cuando sentí cómo su lengua se abría paso, y se enredaba con la mía. El beso fue lento, dulce, pero al mismo tiempo exigente e imparable. Lo cierto es que, a pesar de que sólo veía a Tom como a un amigo, aquel beso me gustó. Y mucho. Cuando nuestros labios se separaron, y Tom se apartó de mí, ambos respirábamos con dificultad. Estábamos nerviosos, jadeantes, con el corazón latiendo con fuerza contra nuestro pecho. Como si acabáramos de correr una maratón.
— Ha sido maravilloso, mi querida señorita, ¿no os parece? — señaló Tom, cuando recobró por fin el aliento.
Yo asentí con la cabeza y esbocé una débil sonrisa.
— Sí que lo ha sido. Gracias, Tom.
Aquello pareció confundirlo.
— ¿Gracias, por qué?
— Por haberme dado mi primer beso.
Tom se fue media hora después. No nombramos de nuevo el beso, aunque lo cierto es que algo en nuestra relación había cambiado. Después de todo, no puedes besarte con un amigo y pretender que luego todo siga igual, ¿verdad?
Cuando me quedé sola, decidí que sería entretenido poner un rato la tele. Después de tres días en Estados Unidos, todavía no había visto qué programas hacían en la televisión americana, y quería saber si eran muy diferentes a los que hacían en España. Diez minutos después la apagué porque era un aburrimiento total.
Miré el reloj del salón y el alma se me cayó a los pies. Todavía eran las seis y cuarto. La tía Úrsula no vendría hasta las siete y media, y Marty seguramente volvería a cenar en el bar aquella noche. Según parecía, mi tía todavía no lo había perdonado por no haber mediado en la pelea entre Leonard y Hans, y haber dejado que yo me metiera por medio. Pobre tío Marty. Iba a estar por lo menos una semana durmiendo en el sofá. Con todas las consecuencias que eso conllevaba…
Pensar en mi tía Úrsula me hizo recordar la extraña reacción que tuvo mientras estábamos mirando su viejo álbum de fotos. No. Más bien la tuvo cuando apareció la foto de ella acompañada de un chico muy guapo en el día de su graduación. Es curioso, pero no había vuelto a pensar en aquello hasta ese preciso momento.
“¿Quién sería ese chico?”, me pregunté. “¿Por qué reaccionó mi tía de esa forma cuando vio la foto?”
Miré el reloj del salón otra vez. Tenía una hora y cuarto para averiguarlo.
Me levanté del sillón de un salto y atravesé las escaleras de la casa como un rayo, hasta llegar a los dormitorios. El de mis tíos estaba abierto de par en par, como si la habitación estuviese haciéndome una indecente invitación a que entrara.
“Ven, pequeña. Ven”, me decía. “Abre el armario y saca el álbum de fotos”.
No me lo pensé dos veces y entré. Sé que estuvo muy mal por mi parte entrar en la habitación de mis tíos sin su permiso, y aún peor, ponerme a cotillear sus cosas como una vulgar alcahueta de barrio, pero la curiosidad pudo conmigo. Sé que es una justificación pobre y que no tengo excusa, pero si hubieseis estado en mi situación, si hubieseis estado preocupados por vuestra tía, ¿no habrías hecho vosotros lo mismo?
Abrí el armario sin preocuparme por cerrar la puerta de la habitación. Después de todo, mi tía tardaría en llegar a casa. El corazón me latía con la característica desesperación de cuando uno sabe que está haciendo algo indebido. Saqué el álbum de fotos, me senté en la cama de mis tíos, la misma en la que ellos dormían cada noche, y puse el álbum sobre mi regazo.
Pasé las páginas lentamente, poniendo mucho cuidado en no manchar ni romper ninguna. Bajo ningún concepto quería que mis tíos llegaran a enterarse de que había estado hurgando en sus cosas. No tardé en llegar a la foto que buscaba. En el pie de foto decía: “Manuel y Úrsula. Graduación de 1970” .
Así que el sujeto en cuestión se llamaba Manuel…
— Darling, what are you doing here?
La voz de Marty me sacó por completo de mis cavilaciones. Di un respingo, y el álbum de fotos se me cayó al suelo por el susto que me causó aquella inesperada interrupción. Me apresuré a recogerlo, maldiciendo en mi fuero interno por lo estúpida que había sido al creer que aquella expedición al dormitorio de mis tíos podía acabar bien.
— I’m so sorry, Marty… — comencé a decir. Él se agachó a mi lado, y me arrebató el álbum de fotos de las manos.
— What were you looking for? — me preguntó con una sonrisa perspicaz. Como si ya supiera de antemano cuál era el objeto de mi búsqueda.
Yo no contesté. En lugar de eso, clavé la vista en mis zapatos, incapaz de enfrentar su mirada. Me había puesto roja como un tomate, y estaba más que dispuesta a aceptar la bronca que me merecía… Y que nunca llegó.
— Estabas buscando esta foto, ¿verdad? — preguntó, al tiempo que abría el álbum de fotos por la página que yo había estado mirando — Querías saber quién era este chico y por qué Úrsula se pone tan tensa cada vez que ve esta foto.
Yo me quedé mirándolo perpleja. ¿Cómo sabía él todo eso?
— No es un asunto del que le guste mucho hablar, ¿sabes? Este desgraciado no se lo hizo pasar muy bien.
Al oírlo pronunciar aquellas palabras, mi confusión no hizo sino aumentar. ¿De verdad iba a contarme aquella historia?
— Pero… ¿quién es ese chico? — pregunté, incapaz de contener mi curiosidad.
— Ese … chico — replicó Marty, pronunciando aquella última palabra con sumo desprecio — era el novio de Úrsula en el instituto.
Yo me quedé mirándolo con sorna. ¡Por supuesto que era su novio del instituto, tío Marty! Eso ya había quedado bastante claro mirando la foto.
— Tu tía Úrsula estaba muy enamorada de él. Sin embargo... — Marty apretó las manos con fuerza, como si aquello que estaba a punto de decir fuera muy doloroso para él. Yo dejé que se tomara su tiempo. Quería que me contara la historia, por lo que no me convenía presionarlo.
— Sin embargo él no sentía lo mismo por ella. Yo la conocí muchos años después de que toda esta historia sucediera, pero según parece, tu tía en aquellos tiempos era bastante inocente. Sí, se que cuesta bastante creerlo tratándose de Úrsula, pero, ya ves. La vida a veces nos da unos golpes tan duros, que nunca nos recuperamos. Nunca volvemos a ser los mismos, cariño.
Marty estaba muy conmovido. Realmente no decía aquellas palabras a la ligera, sino que las sentía de corazón.
— Úrsula confío ciegamente en él. Y él la utilizó. La hizo creer que la amaba apasionadamente, y ella se entregó totalmente a él — tras decir esto, me miró intensamente a los ojos, antes de añadir —: En cuerpo y alma.
No hacía falta tener un master para saber qué significaba aquello. Úrsula se había acostado con ese chico y las cosas no habían salido bien.
— ¿Y qué pasó entonces? — pregunté yo, de nuevo incapaz de contener mi curiosidad.
— Entonces… Úrsula se quedó embarazada.
sábado, 16 de abril de 2011
Capítulo V. Under my Skin (Parte 1)
Tragué saliva antes de responder. Aquella chica me daba muy mala espina.
— Sí, yo soy Victoria.
La tal Emma ensanchó su sonrisa despectiva antes de replicar:
— Tan adorable como un pudín de cerezas.
El desprecio y la ironía que destilaba su voz me atravesó como un rayo.
— Y tú tan agradable como Jack el destripador — replicó Tom, igualando su tono desafiante.
Emma fulminó a mi amigo con la mirada, pero aquello no lo amedrentó. Saltaba a la vista que aquella no era la primera vez que discutían.
“¿Es que aquí la gente se pasa el día discutiendo y peleándose?”, preguntó la vocecilla inocente de mi mente, ésa que nunca quiso salir de España.
— Emma, ¿has limpiado ya el almacén? — intervino entonces mi tío Marty, intuyendo que se mascaba la tragedia.
La tal Emma negó con la cabeza, soltando un suspiro airado. Marty acababa de fastidiarle la diversión.
— Pues entonces te aconsejo que lo hagas. Te pago para que trabajes, no para que te pases el día incordiando a los demás.
Tom y Leonard rieron por lo bajo ante aquella salida de mi tío Marty. Yo, sin embargo, permanecía de pie, en mitad del bar con todos los músculos de mi cuerpo crispados. ¿Es que nadie podía comportarse conmigo de una manera medianamente normal en aquel bar?
— Ey, Vicky, vamos a sentarnos en aquella mesa — me sugirió Tom, al tiempo que señalaba una de las mesas del fondo del local con la mano.
Yo asentí con la cabeza y arrastré los pies hasta allí, con los brazos cruzados en el pecho y la cabeza gacha, sin ganas de mirar a nada ni nadie en concreto. Fue entonces cuando recordé que llevaba dos días en un país extranjero, en un continente extranjero. Y todavía no había llamado a mis padres para hacerles saber que me encontraba bien.
Claro que eso de que “me encontraba bien”, tampoco era del todo cierto. En los dos días que llevaba allí había experimentado sentimientos diferentes al hastío, el tedio y la indiferencia, y eso al menos era un cambio en mi agenda. Claro que ¿se podía considerar como un cambio positivo? ¿Acaso el miedo, la ansiedad, la furia, la inseguridad o la culpabilidad entraban en la categoría de “sentimientos positivos”?
Respiré hondo con fuerza, y tragué saliva. No todo estaba siendo tan malo al fin y al cabo. Ahora tenía dos nuevos amigos. Estaban colgados, sí. Pero al menos a ellos les caía bien. Y lo que era más importante, me trataban como a una persona, no como a un simple trapo.
— Victoria what do you want to drink, coffee or tea? Maybe you prefer an orange juice. Victoria, are you listening to me?
La voz de Tom me sacó de repente de mis cavilaciones. Aunque lo cierto era que no había oído una sola palabra de lo que había dicho. Sólo había percibido un zumbido, una maraña de sonidos en otro idioma que mi mente se negaba a reconocer o entender. Aquél era uno de aquellos días en los que hablar en un idioma diferente al tuyo te cuesta más que la misma vida.
— Sorry — repliqué, visiblemente avergonzada —, what did you say?
Las palabras me salían con una pronunciación de lo más cutre. Nunca en mi vida se me había notado tanto mi acento español. Mis amigos me recorrieron con una mirada divertida. Seguramente hasta se habían olvidado de que no era americana.
— I asked you what you wanted to drink.
Mi cerebro procesó la información lentamente, como si jamás en mi vida hubiese conocido el idioma inglés. ¿Qué puñetas me pasaba hoy?
— I want a coffee, please — repliqué, sin mucha convicción.
Tom asintió con la cabeza y me dedicó una sonrisa amable, antes de dirigirse a la barra a pedir nuestro desayuno, dejándome sola con Leonard.
— Are you feeling good, Vicky? — me preguntó el pelirrojo, preocupado.
— I’m not sure — repliqué con sinceridad.
— You miss your family and your country.
No era una pregunta. Estaba convencido de que todo mi malestar se debía a que echaba de menos a los míos. Sin duda, era la explicación más lógica. De no ser porque no echaba en falta ni tan siquiera la paella de mi abuela. Pero supongo que para una persona normal como Leonard, que seguramente tenía una familia normal, unos amigos que lo querían y a los que él quería, y una vida más o menos feliz, lo más lógico era pensar, que cualquiera que dejara su país echaría de menos sus raíces.
— I guess — repliqué, pues no sabía qué más decir.
El pelirrojo se quedó mirándome como si fuera un bicho raro. No podía reprochárselo, pues me estaba comportando como tal.
— I understand if you don’t want to talk ‘bout your problems. I won’t do it either. But I want you to know that I’m your friend, and you can trust me. I’m not gonna judge you, ‘cause I’m the last person in the world with a perfect life.
Tal vez estoy incluyendo demasiados diálogos en inglés, ¿verdad? Si es así, os ruego que me disculpéis. A veces me dejó llevar demasiado por los recuerdos de esta época, y me temo que éstos, están todos en inglés. Lo que Leonard quiso decirme fue que comprendía que no quisiera hablar de mis problemas, pero que podía considerarlo mi amigo, y que por tanto, podía confiar en él. Que él no iba a juzgarme, pues era la última persona del mundo con una vida perfecta.
— Lo sé, Leonard. Gracias — repliqué, esbozando una enorme sonrisa.
Al cabo de unos minutos Tom regresó a la mesa con nuestro desayuno. Empezamos a comer, y los chicos no tardaron en sacar su tema preferido de conversación: la música.
— No estoy diciendo que Queen no sea un buen grupo, Leonard. Sólo digo que los últimos discos son bastante flojos.
— Sí, vale, en eso te doy la razón. Pero aún así, tienes que reconocer que son uno de los grupos más grandes de la historia del rock.
Tengo que admitir que verlos discutir era todo un espectáculo. Cada uno trataba de rebatir los argumentos del otro con vehemencia, con pasión. Como si les fuera la vida en ello. Jamás había visto a alguien tan dispuesto a defender algo con tanto ahínco como ellos. Y mucho menos por un tema tan trivial como lo era la música. Claro que, para ellos, no era un tema trivial.
— A mi padre le gusta mucho Queen — intervine yo de repente, sin que nadie me hubiera preguntado mi opinión —. Dice que Freddy Mercury tiene la voz más prodigiosa que ha escuchado jamás.
Leonard esbozó una sonrisa triunfante.
— ¿Lo ves, Tommy? Vicky me da la razón.
Tom fulminó a su amigo con la mirada.
— Sí, eso parece.
Todos empezamos a reír al unísono, como si acabáramos de escuchar un chiste de lo más divertido. Cinco segundos después, sin embargo, dejamos de reír súbitamente. Iuta acababa de llegar al bar.
Yo tragué saliva con dificultad y clavé la mirada en el suelo. Tom, sin embargo, me levantó la barbilla con su dedo índice y me dijo con un tono de lo más dulce:
— Tú no tienes que esconderte de nadie. Es ella la que debería estar avergonzada por lo que te dijo.
Leonard estuvo de acuerdo con su amigo y le sostuvo la mirada a la rubia, en actitud desafiante. Se mascaba la tragedia de nuevo. Sin embargo, en lugar de mandarlo a un sitio poco agradable, la rubia apartó la mirada, como si se sintiera avergonzada. Tom y Leonard se miraron el uno al otro, incrédulos. Yo tampoco entendía su actitud. Y nuestra confusión no hizo sino aumentar, cuando la rubia se dirigió con pasos raudos hacia nuestra mesa.
Mis dos amigos se pusieron en posición de ataque, preparados para enfrentarse a la alemana si se daba el caso. Sin embargo, yo encontraba esa actitud de lo más innecesaria. Iuta parecía tan mansa como un corderito aquella mañana.
— Hola, chicos — nos saludó, sin levantar la vista del suelo —. Me gustaría disculparme por lo del otro día. Victoria — dijo, levantando la mirada hacia mí —, siento mucho cómo te trate. Fui muy injusta contigo. Tú no tienes la culpa de nada… — mientras me decía esto, una lágrima solitaria se deslizaba por su ojo derecho. Una lágrima tan solitaria y desamparada como ella misma parecía sentirse en aquellos momentos —. También me gustaría disculparme contigo, Leonard — ahora desvió su mirada hacia el pelirrojo —. No debí… Bueno, quiero decir…
— Sé lo que quieres decir — replicó el pelirrojo, cortante —. Y éste no es el momento ni el lugar para hablar de ello.
— No — reconoció ella —. Tienes razón. Aún así, quiero que sepáis que me arrepiento profundamente de todo el daño que os he causado.
Sus palabras parecían sinceras. Al igual que sus lágrimas. Leonard, sin embargo, la contemplaba escéptico, como si ya hubiese contemplado esa escena otras veces. Tom permanecía impasible, como si aquella conversación le importara lo más mínimo. Y en cierto modo, así era.
— Por mí todo está olvidado, Iuta — repliqué con una débil sonrisa. Después de todo, no se puede estar enfadado con alguien a quién apenas conoces, ¿verdad?
La alemana me devolvió la sonrisa de buena gana. Después, poniéndose su delantal de camarera, dijo:
— Voy a ponerme a trabajar. Si necesitáis cualquier cosa, ya sabéis dónde estoy.
No nos quedamos en el bar mucho tiempo después de la disculpa de Iuta. Algo me decía que los chicos no habían visto con buenos ojos que la perdonara.
“Me da igual lo que crean”, pensé. “Esa chica parece buena persona. Lo de la otra mañana fue sólo… Tal vez… Seguramente tuvo un mal día”.
En cuanto llegué a casa, llamé por teléfono a mis padres. Seguramente estarían furiosos porque no les había llamado antes.
“Podrían haberme llamado ellos a mí”, pensé con sarcasmo. “Sí, claro”, contestó la voz cínica de mi mente. “¿Y gastarse un pastón, verdad?”
Mi madre contestó al segundo tono. Su voz era tan comedida y fría como siempre. Nunca dejaba que nada la conmoviera. Nunca mostraba sus emociones. Era tan tiesa como el palo de una escoba.
— ¿Qué tal van las cosas por allí? — preguntó. Aunque por el tono de su voz se apreciaba que no le importaba lo más mínimo.
— Muy bien — repliqué con tono cortante. Aquella conversación estaba empezando a cansarme, y eso que apenas habíamos intercambiado dos frases —. ¿Puedes pasarme a Paula, por favor?
Mi madre aceptó con desgana. Tras unos segundos de silencio, se oyeron los apresurados pasos de mi hermana, que seguramente venía desde su cuarto hacia el salón, donde teníamos el teléfono.
— ¡Victoria! — gritó con voz jadeante cuando se puso al teléfono.
Su dulce voz actuó como un bálsamo, calmando toda la tensión que mi cuerpo había experimentado por la “conversación” con mi madre.
— ¿Cómo estás, pequeñaja? — pregunté, incapaz de sonreír.
— ¡Te echo mucho de menos! ¡¿Cuándo vas a volver?!
— En unos meses, cariño.
— ¡Jo! Pues entonces yo quiero irme contigo.
Aquella repuesta me hizo soltar una carcajada divertida. Sí, sin duda mi madre iba a estar encantadísima con esa idea…
Estuve hablando un rato más con mi hermana. Lo cierto es que ella era la única persona a la que echaba de menos. Y la única que me echaba de menos a mí. También hablé con mi padre, pero no demasiado, porque tenía trabajo que hacer. Como siempre. No importa en qué país o en qué continente estés. Hay cosas que nunca cambian.
Cuando colgué el teléfono me sentí aliviada. Las vacaciones, aunque no estaban yendo todo lo bien que cabía esperar, eran infinitamente mejor a estar en casa.
Subí al baño a darme una buena ducha, y cuando terminé, me fui a la cocina a buscarme algo de merendar. Justo en ese momento, llamaron a la puerta.
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