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"When I hear the music, all my troubles just fade away/ When I hear the music, let it play, let it play",

"Let it Play" by Poison.

sábado, 18 de junio de 2011

Capitulo XI. La boda de Michael (Parte 3)

Bueno, chic@s, siento publicar taaan tarde, pero es cuando me ha venido la inspiración hoy XD. A ver, tengo que deciros varias cositas, así que aprovecho ahora para hacerlo. Lo primero es que el lunes terminé por fin el calvario del selectivo (¡Por fin!), por lo que ya estoy de vacaciones, lo que significa que a partir de ahora podré escribir y publicar más a menudo. Los exámenes me han salido bastante bien, por lo que estoy contenta, aunque el primer día de selectivo me dejé el estuche en casa y tuve que pedirle dos bolis a un compañero XDD. ¿No es irónico? A la escritora se le olvidan los bolis para poder escribir, jajajaja. 
Lo otro que tengo que deciros es referente al capítulo de hoy. Es bastante más largo que de costumbre, porque la inspiración así me lo ha dictado. No lo he revisado mucho, por lo que si hay faltas o fallos gramaticales, por favor, avisadme por comentario. También tengo que decir que, de nuevo, hay diálogos en inglés, si no entendéis algo, hacédmelo saber, aunque las frases de este capítulo son bastante sencillitas. También hay, y aquí es donde enta la novedad, diálogos en valenciano. No son muchos, así que no os preocupéis. Además, por si hay alguien que no lo entiende, he dejado al final del capítulo una lista del vocabulario que aparece traducido al castellano. En fin, creo que no me queda nada más por decir. ¡Un beso, y disfrutad del capítulo!


Emma
— ¿Iuta, te encuentras bien? — le pregunté muy preocupada — ¿Qué ha ocurrido con tu hermana?
           
— Se ha ido. No sé adónde. Y ni siquiera me apetece averiguarlo…
           
Tenía la mirada perdida, como si no estuviera realmente allí. Como si todo le diera igual. Reprimí el impulso infantil de abrazarla con fuerza para tratar de consolarla. Que lo estuviera pasando mal con su familia no cambiaba el hecho de que nuestra relación seguía avergonzándola. Para ella, yo no tenía ningún valor.
           
— ¡Iuta! — oí que la llamaba Hans a nuestra espalda — ¡Tenemos que ir a buscar a Angela!
           
— Ve tú a buscarla si quieres. Después de todo, es culpa tuya que se haya ido — replicó, sin levantar la vista del suelo.
           
Hans puso su típica cara de perro rabioso antes de posar la vista sobre mí. Sí, si las miradas matasen yo ya estaría más que muerta…
           
— Creí que habías dicho que tu relación con ella había terminado — empezó a decirle a Iuta con tono amenazante. Ella, levantándose de su asiento y sin dejar de mirar en dirección a su hermano, me agarró con fuerza de la cintura antes de darme un apasionado beso, que dejó a todos los presentes con la boca abierta.
           
— Tienes razón — replicó ella con una sonrisa —. Había terminado. Pero si ella me acepta, me encantaría que lo intentáramos de nuevo.
           
Aquella inesperada propuesta por su parte e dejó sin aliento. ¿De verdad me estaba pidiendo delante de todos los presentes que volviéramos? ¿No le importaba que su hermano estuviese a punto de estrangularnos a las dos, ni que todo el mundo estuviese mirándonos y cuchicheando a nuestras espaldas, por dar semejante espectáculo?

— Por supuesto que quiero que lo intentemos de nuevo, cariño — repliqué, con los ojos llenos de lágrimas, antes de poder contenerme.
           
Iuta esbozó una lenta sonrisa, antes de inclinarse de nuevo sobre mí, y atrapar mis labios en un beso, que, si bien no era tan apasionado como el anterior, sí que era infinitamente más dulce.
           
— ¡Esto es colmo! — gritó Hans hecho una auténtica furia, antes de salir a grandes zancadas de la iglesia.


Johnny
— Antes de que aparecieras la boda estaba siendo un auténtico coñazo — dije, para romper el hielo. La chica, que según me había dicho antes de entrar en el coche, se llamaba Angela, ni se inmutó.   

“Una mujer de pocas palabras”, pensé. “Mejor. Así no tengo que darle conversación y podemos ir directamente al grano…”.

— Mi casa está a dos manzanas de aquí — me indicó, sin rastro de emoción en su rostro —. Déjame allí.

— ¿Dejarte en tu casa? — repliqué con una sonrisa pícara — ¿No prefieres que antes nos divirtamos un poco? No sé si me explico…

Angela me recorrió con una mirada desdeñosa, antes de soltar un bufido muy poco femenino.
           
— Para el coche. Iré hasta mi casa andando.
           
Había pronunciado aquellas palabras con los ojos cerrados con fuerza, y la mandíbula contraída en un gesto que expresaba furia contenida.
           
— Pero Angela, podemos…
           
— ¡Que pares el coche! — gritó, perdiendo la poca la paciencia que le quedaba.
           
Yo, haciendo caso a mi más básico instinto de conservación, acaté sus órdenes y paré el coche junto al bordillo.
           
— Todos los hombres sois iguales — me soltó, antes de bajarse del coche y enseñarme el dedo corazón con cara de muy mala hostia.
           
“Encima de que me he ofrecido a llevarla, me trata de esa forma tan insultante”, pensé con fastidio. Y no sólo eso, sino que encima había sido tan poco imaginativa como para soltarme el topicazo de “todos los hombres sois iguales”.
           
En cuanto doña Amargada se hubo alejado de mi coche, arranqué rumbo hacia el restaurante donde se celebraba el convite de la boda, pues a esas alturas la ceremonia ya debería haber terminado. Me sentaría al lado de Tom y procuraría abrir la boca lo menos posible. Ya me había metido en demasiadas movidas por un día, y las pocas neuronas que me quedaban con vida me decían que, si quería volver a casa de una pieza aquella noche, tenía que estarme quietecito para variar. No sabía yo lo difícil que iba a ser llevar a cabo aquella simple acción…


Victoria
— ¿Habéis visto a Johnny? — nos preguntó Tom preocupado — No lo he visto desde que salió a fumar, hacia el final de la ceremonia…
           
Leonard soltó un bufido cansado antes de replicar:
           
— Seguramente se habrá entretenido ligando con alguna tía… O para ser más exactos, tratando de ligar con alguna tía. No te preocupes, Tom. En cuanto la chica en cuestión lo haya mandado a tomar viento fresco, vendrá al restaurante.

— ¿Y si le ha pasado algo? — insistió Tom, con un deje de preocupación en la voz. Debo admitir que me resultó casi cómico ver al loco de Tom con la voz temblorosa por la inquietud. Leonard, sin embargo, parecía aburrido de la conversación.

— ¿Qué le va a pasar? — contestó con voz cansina — Johnny es ya mayorcito. Por si no te habías dado cuenta, puede cuidarse solo.

— ¿Sabes, Leonard? A veces me sorprende lo frío e indiferente que puedes llegar a ser con respecto a los problemas de los demás — le soltó Tom de repente, transformando su preocupación en reproche.

Leo clavó su mirada en la de Tom con dureza. Estuvo a punto de soltarle una barbaridad, pero logró contenerse a tiempo. Simplemente le dijo a su amigo, tratando de no mostrar rastro de emoción alguna, ni positiva ni negativa, en su voz:

— Tom, no estoy de humor para discutir contigo ahora mismo, ¿de acuerdo?

El interpelado se quedó mirando a Leonard con los ojos chispeantes de furia, antes darse la vuelta y echar a andar hacia la otra punta de la habitación.

— ¿Qué te pasa, Leo? — le pregunté, con el tono de voz más dulce que pude proyectar en aquellos momentos.

El pelirrojo soltó un resoplido, antes de contestar con voz cortante:

— Nada.

— Leo…

— Hoy no está siendo precisamente un día fácil, ¿sabes? — me interrumpió, pronunciando aquellas palabras entre dientes, en un intento por aplacar su furia — Sólo quiero que me dejéis en paz un rato y no me atosiguéis — y después añadió, en un tono apenas audible —: Que es precisamente lo que estáis haciendo ahora.

— ¿Es por lo de Angela? — pregunté, al tiempo que me inclinaba levemente sobre la silla en la que estaba sentado, para tener un poco más de intimidad — Hacía tiempo que no la veías y…

— Victoria, no quiero hablar del tema, ¿vale? — me interrumpió de nuevo, pero esta vez decidido a zanjar la discusión — No me gusta hablar de mis problemas con otra gente. Nunca me ha gustado.

— Pero yo soy tu amiga, Leo — insistí —. No quiero verte sufrir.

Leo soltó una carcajada amarga antes de levantarse violentamente de la silla, haciendo que me tambaleara hacia atrás.

— Cariño, si fuera cierto eso de que no quieres verme sufrir, ahora mismo estarías saliendo conmigo, en vez de jugar con mis sentimientos y con los de Tom.

Tras soltarme aquel violento reproche, me dejó sola, tomando la dirección opuesta a la que Tom había seguido.


Tom
La música clásica estaba bien. No era rock, por supuesto, pero tenía un equilibrio melódico que conseguía apaciguar, al menos en parte, mis demonios internos. No entendía qué narices me pasaba aquel día. Se suponía que era la boda de Michael, que teníamos que celebrarlo por todo lo alto y emborracharnos a su salud. Pero lo cierto era que ninguno de nosotros quería estar allí. Aquella boda no era “la unión de dos almas puras en una sola por el lazo del amor”, como había señalado el cura durante la ceremonia. Aquella boda era el principio del fin para Michael. Su suegro se lo había dejado bien clarito: No más rock. No más fiestas. Había llegado el momento de ponerse a trabajar duro para sacar adelante a la que ahora era ya su familia.
           
¿Quiere una copa de champagne, caballero? — me preguntó gentilmente una de las camareras, señalando con un gesto de cabeza la bandeja llena de copas que llevaba en la mano.
           
Yo negué con la cabeza, y seguí caminando sin prestar atención a nada de lo que sucedía a mi alrededor. Bueno, a nada excepto a la música. Porque era la música lo único bueno que había conseguido el padre de la novia para la ceremonia. Un cuarteto de cuerda que presidía aquella enorme sala de banquetes desde un improvisado escenario al fondo de la estancia. Aquella dulce y cadenciosa melodía me llamaba como la luz a una polilla.

Me senté en una de las sillas que había frente al escenario para poder oírlos mejor. Sí, sin duda la música, siempre que sea buena, consigue relajarme, transportarme a un lugar lejano, más exótico, e infinitamente más agradable. Porque sin duda, es eso lo que todos buscamos cuando nos dejamos llevar por cualquier tipo de arte. Evadirnos de la realidad.

El cuarto paró para tomarse un descanso unos minutos después.

Anna, ix fora a fumar-me un cigarret i de seguida torne, d’acord? — le dijo a la violinista un señor mayor, que tenía toda la pinta de ser su padre, en un idioma que identifiqué como “lengua derivada del latín”.

D’acord, pare — contestó ella con una sonrisa, antes de sacar de su mochila una botella de agua.

Como me aburría bastante, y la chica parecía estar tan aburrida como yo, decidí subir al escenario discretamente para presentarme.

— Hola — la saludé en inglés, esbozando una de mis mejores sonrisas —. Me encanta cómo tocáis. De hecho, yo también soy músico, aunque me va más el heavy metal que la música clásica…

I’m sorry — me interrumpió la chica en un inglés muy rudimentario —. I didn’t understand the last sentence. Can you repeat it more slowly, please?

Yes, of course — repliqué con una amable sonrisa. Saltaba a la vista que la chica no sabía hablar bien nuestro idioma y que yo la estaba avergonzando, a juzgar por lo coloradas que estaban ahora sus mejillas —. I said I’m musician too. Just like you. I love classical music, but I prefer heavy metal.
           
La chica esbozó una tímida sonrisa, al tiempo que asentía con la cabeza. Después, se quedó callada sin saber qué más decir.
           
Where are you from? — pregunté con verdadera curiosidad.
           
I’m from Spain.
           
Really? — repliqué yo, sin poder ocultar mi entusiasmo — I have a friend, Victoria, who is from there too. Which part of Spain are you from?
           
La chica, que a juzgar por su comportamiento era bastante tímida, pareció un poco incómoda ante mi lluvia de preguntas.
           
I’m from Valencia, do you know it?
           
Ante aquella respuesta no pude evitar estallar en una estruendosa carcajada.
           
Of course I know it. Victoria is valencian too.

Estaba a punto de preguntarle cómo se llamaba, cuando su padre apareció de nuevo en escena.

Anna, es pot saber qui és aquest xicot? — le preguntó en valenciano a su hija, muy cabreado.
           
És un dels invitats, pare — contestó ella nerviosa —. M’ha dit que li agrada molt la  música clàssica, i que ell també és músic.
           
El padre pareció relajarse un poco con aquella respuesta, de la que yo no había entendido ni media palabra, y se giró hacia mí, con la clara intención de presentarse.
           
I’m Pere, Anna’s  father. Nice to meet you.


Angela
— ¡Dame el bolso, zorra! — me gritó el asaltante, al tiempo que me apuntaba al cuello con una navaja afilada.
           
La sangre corría por mis venas a una velocidad demencial y las manos no paraban de temblarme, pero finalmente conseguí quitarme el bolso y dárselo a ese desgraciado. Esperaba que con eso se contentara y me dejara en paz, pero no fue así. Cuando abrió el bolso y se dio cuenta de que sólo llevaba veinticinco dólares con cincuenta centavos, se cabreó aún más.
           
— Vas a tener que compensarme de otra manera — me soltó, recorriendo mi cuerpo con una mirada lasciva.
           
Yo tragué saliva varias veces. No podía ser cierto. ¿Ese cerdo iba a violarme en medio de un callejón? Fue entonces cuando deseé de nuevo con todas mis fuerzas que mi intento de suicidio no hubiera resultado fallido. ¿Es que no podía salirme nada bien?
           
— Quítate la camisa — me ordenó, sin dejar de apuntarme con la navaja —. ¡Vamos! No tengo todo el día.
           
Con las manos temblorosas comencé a desabrocharme los botones de la camisa, al tiempo que lágrimas de impotencia comenzaban a llenar mis ojos.
           
— ¡Más rápido, puta! — me gritó, antes de darme un bofetón tan fuerte que me hizo caer al suelo. El asaltante comenzó a reír con fuerza, antes de desabrocharse la cremallera de sus vaqueros.
           
— ¡Lárgate ahora mismo de aquí si no quieres que te vuele la tapa de los sesos, cabrón! — oí que gritaba una conocida voz masculina a mi espalda. Cuando me di la vuelta para ver de quién se trataba, mi corazón dio un vuelco. Era el salido que había intentado llevarme a mi casa en coche. Johnny.



Vocabulario en valenciano
"Anna, ix fora a fumar-me un cigarret i de seguida torne, d’acord?": Anna, salgo fuera a fumarme un cigarro y en seguida vuelvo, ¿de acuerdo?
"D’acord, pare": De acuerdo, papá.
"Anna, es pot saber qui és aquest xicot?": Anna, ¿Se puede saber quién es este chico?
 "És un dels invitats, pareM’ha dit que li agrada molt la  música clàssica, i que ell també és músic.": Es uno de los invitados, papá. Me ha dicho que le gusta mucho la música clásica y que él también es músico. 

domingo, 12 de junio de 2011

Capítulo XI. La boda de Michael (Parte 2)

Victoria
En cierta ocasión, cuando no era aún más que una niña pequeña y asustadiza, mi madre me llevó al zoológico. Me gustaban mucho todos los animales en general, pero sentía una especial predilección por los tigres.
           
— ¿Quieres que vayamos a verlos, cariño? — me preguntó mi madre con una dulce sonrisa.
           
— Es que… me dan un poco de miedo, mamá.
           
Ella soltó una carcajada alegre antes de contestar:
           
— Tienes que ser valiente, pequeña. Tienes que enfrentarte a tu miedo y demostrarles a esos tigres de qué pasta estás hecha. Porque si huelen tu miedo, habrás perdido la batalla.

No sé por qué aquel recuerdo vino de nuevo a mi mente justo en aquel momento, pero una cosa estaba clara: no iba a dejar que Angela oliera mi miedo.

— Por cierto, ¿cómo está Marty? Le vi el otro día, pero no pude hablar con él.

Aquella pregunta, formulada con aquel tonillo irónico, unida a la mirada desdeñosa con la que me estaba recorriendo, hicieron que una oscura rabia se apoderara de mí. ¿Cómo se atrevía esa zorra a tratarme así?

— Marty está genial, como siempre — respondió Leonard por mí, intuyendo que se mascaba la tragedia.

— Tengo muchas ganas de verlo — continuó Angela, sin dejar de mirarme.

— Pues creo que él no siente lo mismo — repliqué con tono cortante.

— Yo no estaría tan segura. Nos llevábamos bastante bien…

— Si os llevabais tan bien, ¿cómo es que te despidió?

Aquella respuesta pareció tocarle la fibra sensible. Había dado justo en el clavo.

— Victoria — intervino Leonard de nuevo —, ¿por qué no vamos con Tom y Johnny? Seguramente se estén aburriendo sin nosotros… O puede que Johnny esté intentando tirarse a alguna mujer casada — añadió en un tono apenas audible, aunque yo fui capaz de escucharlo.

— Yo quería hablar un rato más contigo, Leonard — replicó ella, no sin cierta desesperación en su voz —. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos…

— Si tantas ganas tenías de verlo, ¿Por qué no saliste a recibirle cuando fue a verte a tu casa? — repliqué yo, sin poder contenerme.

— ¿A mi casa? — preguntó ella confundida — Él no ha venido a mi casa desde que rompió con Iuta…

Le lancé a Leonard una mirada incrédula. Él contemplaba a Angela con una expresión igualmente escéptica.
           
— Y no sólo fue a verte a tu casa — añadí —. Sino que también te envió cartas. No finjas ahora que no lo sabías.
           
Leonard me lanzó entonces una mirada envenenada.
           
— Victoria, ya soy mayorcito, no hace falta que me defiendas.
           
“Hombres. Encima de que te preocupas por ellos y tratas de protegerlos, ellos te agradecen el favor sacando su lado machomen”, pensé, al tiempo que le devolvía la mirada con otra de mi cosecha.
           
— Leonard — replicó Angela, con la voz aguda y desesperada, parecía estar al borde de las lágrimas —, te juro por Dios que yo no recibí esas cartas, y que no sabía que habías venido a verme a mi casa. De haberlo sabido yo…
           
— No te disculpes — replicó Leonard, al tiempo que clavaba su mirada en algún punto al fondo de la estancia —. Creo que ya sé lo que ha pasado…
           
Seguí la dirección de su mirada y me encontré de pleno con Hans, vestido con traje y corbata para la ocasión, con Iuta cogida de su brazo. La alemana cruzó su mirada con la mía, al tiempo que esbozaba una tímida sonrisa, a modo de saludo. Yo incliné la cabeza en su dirección, procurando no mostrar ningún tipo de emoción en mi rostro. Todavía no había decidido si aquella enigmática mujer era trigo limpio o no.
           
— Vienen hacia aquí — anunció Leonard, señalando lo obvio.
           
— Sí, lo sé.
           
— Sugiero que nos vayamos. No me apetece en absoluto entablar conversación con ninguno de esos dos.
           
— Como quieras — repliqué yo, al tiempo que me cogía de su brazo para desplazarme con mayor facilidad por la estancia, pues de lo contrario, teniendo en cuenta que no sabía andar con tacones, iba a darme de bruces contra el suelo.
           
— Adiós, Angela — se despidió Leonard —. Ha sido un placer volver a verte.
           
Ella levantó la mano derecha en nuestra dirección, en señal de despedida. Sus ojos estaban rojos y llenos de lágrimas y su mandíbula estaba contraída en una mueca de furia asesina. No me hubiera gustado estar en la piel de Hans en esos momentos…


Iuta
           
— No sé qué hacemos aquí — me estaba diciendo Hans, con la elegancia innata que lo caracteriza —. Aquí nadie puede vernos ni en pintura, ni siquiera los novios.
           
— Habla por ti — repliqué con amargura —. Michael siempre se ha portado muy bien conmigo.
           
— Michael se portaba muy bien contigo, antes — contestó, haciendo especial énfasis en el adverbio “antes” —. Hasta que tú decidiste dejar al pelirrojo por esa…
           
— Ya te he dicho que he terminado con ella — lo interrumpí, antes de que nombrara a Emma con algún insulto de los suyos —. Era lo mejor para todos…
           
— Naturalmente que era lo mejor para todos. Si papá hubiese llegado a enterarse de que su hija se había…
           
— ¡Déjalo ya, Hans! Ya te he dicho que he cortado con ella.
           
Mi hermano asintió con la cabeza y se quedó en silencio durante tres segundos, justo antes de soltarme:
           
— ¡¿Qué coño hace Angela hablando con esos dos?!
           
Me di la vuelta hacia donde Hans estaba mirando y entonces entendí el motivo de su rabia. Mi hermano llevaba meses escondiéndole las cartas de Leonard a Angela, y tratando de evitar a toda costa que el pelirrojo pudiera hablar con ella, y ahora, la boda de Michael había echado todos sus esfuerzos a perder.
           
Victoria también estaba con ellos, y al parecer, tanto ella como Leo se habían dado cuenta de nuestra presencia. Yo le dediqué una sonrisa, a la que ella me respondió con una inclinación de cabeza bastante seria. No podía culparla después de todo lo que había pasado, pero aún así, su frialdad me hirió como si me hubieran clavado en el corazón un puñal afilado.

— Hans, te pido por favor que no armes ningún espectáculo. En la boda de Michael, no. Ya estoy más que harta de que la gente que me importa deje de hablarme porque tú no eres capaz de comportarte como un ser humano normal.  

Mi hermano se quedó mirándome con cara de pocos amigos, como era su santa costumbre, pero me obligó a seguir andando por la estancia.

— ¿Sabes cuál es tu problema, Iuta? Que la gente que te importa debería ser tu familia, no esos dos gilipollas que están hablando con Angela, y definitivamente no esa zorra con la que te acostabas… O Dios sabe qué más cosas haríais.
           
La forma en que Hans pronunció aquellas palabras, con ese tono de asco y desprecio, hizo que se me revolvieran las tripas. ¿Cómo podía mi propio hermano ser tan cruel conmigo?
           
— Mira, parece que tu queridísimo pelirrojo y su amiguita emprenden la retirada — anunció mi hermano, sacándome de mis pensamientos.
           
— Sí — repliqué yo con sarcasmo —. Seguramente te vieron llegar y querían ahorrarse el tener que mandarte a la mierda otra vez.
           
Tras decirle esto, me solté de su brazo y avancé a grandes zancadas hacia donde estaba Angela, de pie en medio de la sala, con los ojos cubiertos de lágrimas.
           
— Cariño — dije, cuando llegué a su altura —, ¿Te encuentras bien?
           
— ¿Tú lo sabías, Iuta? — me preguntó con amargura — ¿Tú sabías lo de las cartas y las visitas de Leonard?
           
Mi corazón se detuvo en aquel mismo instante. No podía permitir que Hans consiguiera separarme también de mi hermana pequeña, pues era lo único que me quedaba. Claro que mentirle tampoco era una solución, pues tarde o temprano se enteraría de la verdad. 
           
— Hans te lo ocultó todo, porque pensó que eso era lo mejor para ti — repliqué, clavando la vista en mis pies.
           
— ¡¿Lo mejor para mí era no volver a tener contacto con el único amigo de verdad que he tenido en toda mi vida?! — estalló Angela, haciendo que todas las miradas de la sala se clavaran en ella.
           
— Angela, por favor, cálmate — le supliqué —. Así no vas a conseguir nada…
           
— ¡No, claro! Es mucho mejor hacer como tú. Dejar que el retrasado de Hans dirija tu vida, que te aparte de las personas que quieres. ¡Pero yo no soy como tú, Iuta! Yo no voy a permitir que ese imbécil decida por mí.
           
Sentía las miradas de todos los asistentes a la ceremonia taladrándome la espalda, metiéndose en nuestra vida privada sin respeto alguno. Cuchicheaban y sacaban conclusiones sobre qué miembro de mi familia estaba más colgado.
           
— ¡Angela! — le gritó Hans cuando llegó a nuestra altura — Háblale con más respeto a tu hermana mayor.
           
Mi hermana comenzó a reír con amargo sarcasmo.
           
— Yo sólo sigo tu ejemplo, hermanito. Sigo el ejemplo de todo el mundo. Porque todo el mundo la trata como si fuera una mierda, y a ella no parece importarle.
           
Tras decir esto, Angela cogió su bolso y su fular, y se dirigió con pasos presurosos hacia la puerta de la iglesia.
           
Me dejé caer pesadamente sobre uno de los bancos de madera que había tras de mí, justo antes de sentir una cálida mano sobre mi hombro. Me di la vuelta sobresaltada, y mi corazón dio un vuelco cuando mi mirada se encontró de pleno con la de Emma.


Johnny      
Había salido de la iglesia a fumar un rato. El ambiente en ese “edificio sagrado” era más que irrespirable y necesitaba despejarme un poco. Además, después de cómo me habían tratado Victoria y su tía aquella mañana, y de lo que Leonard me había dicho unos minutos antes, estaba claro que nadie iba a echarme mucho de menos…
           
— ¡Eh, tú! — oí que me decía una voz femenina a mi espalda — ¿Puedes llevarme a mi casa?
           
Me di la vuelta con curiosidad para ver quién era la dueña de esa voz tan dominante, y lo que vi no me dejó en absoluto decepcionado…
           
— Pues claro, preciosa — repliqué con una sonrisa —. Te llevo donde quieras…

martes, 7 de junio de 2011

Fromspring

Hola chic@s, os quería comentar una cosa. Resulta que la escritora de "Sun Burdock" (Katia Corbett) me recomendó hacerme un Fromspring. Lo cierto es que en un principio no pensaba hacérmelo hasta  después del selectivo, pero no sé muy bien cómo, me he acabado haciendo uno por error XD. En fin, un fromspring es una página para que me preguntéis dudas sobre mis escritos, personajes, trama, etc, o sobre mí. Os dejo el link por si queréis pasaros y tal:
http://www.formspring.me/athenea17

En fin, muchas gracias por vuestra atención y por seguir mis historias. Ahora me voy para seguir estudiando el selectivo. ¡Un beso!

lunes, 6 de junio de 2011

Capítulo XI. La boda de Michael (Parte1)

Tom
— ¿Crees que vestido así follaré mucho esta noche? — me preguntó Johnny, al tiempo que se anudaba la corbata. Yo puse los ojos en blanco antes de repantigarme con aburrimiento en uno de los sillones del salón.
           
— Quién sabe, tío. Uno nunca puede estar seguro de lo desesperada que puede estar una “titi”.
           
Johnny esbozó una sonrisa cómplice y asintió con la cabeza, mostrando así su acuerdo con mis palabras. Desde la habitación de al lado, se oía a Leonard quejarse y lanzar improperios contra Victoria, que estaba tratando de desenredarle el pelo.
           
— Me encantan las bodas — me dijo Johnny de repente —. Son la ocasión ideal para ligar con tías.
           
“Este tío sólo piensa en follar… ¡Vaya novedad!”, pensé con sarcasmo.
           
— ¡Ay, Victoria! ¡Haz el favor de no ser tan brusca! — se oyó gritar a Leonard.
           
— ¡Leo, sé un hombre y no te quejes tanto! — contesté yo desde el salón.
           
Se oyó un gruñido desde la otra habitación, seguido de un gritito demasiado agudo para ser de Leonard…
           
— ¿Qué coño está pasando ahí dentro? — pregunté en voz alta.
           
— Seguramente Leonard se la esté…
           
— ¡Tío! — le corté antes de que dijera lo que sabía que iba a decir — ¿Es que no puedes pensar en otra cosa?
           
Él se quedó mirándome, alzando las cejas de forma intermitente, antes de replicar con voz pícara:
           
— Pues no.
           
— ¡Me niego a seguir peinándote! — gritó Victoria, al tiempo que salía de la habitación — Eres un caso perdido.
           
A los pocos segundos, entró Leonard en la habitación, con los botones de arriba de la camisa desabrochados…
           
— Victoria, por favor, no te pongas así. Yo sólo quería que lo pasáramos bien… — replicó él, al tiempo que esbozaba una de sus pícaras sonrisas. Victoria enrojeció de vergüenza y apartó la mirada del pelirrojo.
           
— Pequeña, si el pelirrojo no cumple tus expectativas, cosa que es bastante probable, yo me ofrezco desinteresadamente para…
           
— ¡Cállate, Johnny! — gritamos Leonard y yo al unísono.
           
Le lancé al pelirrojo una mirada que decía claramente, sin necesidad de utilizar palabra alguna, “¿por qué coño tuvimos que contratar a este salido de mierda, que está colgado y encima se ha comido la reserva de patatas fritas que tenía debajo del colchón?” Y Leonard me contestó, en el mismo lenguaje no verbal: “Michael nos ha dejado en la estacada, Tommy, y este tío, a pesar de ser un salido, como tú dices, es muy bueno. Así que nos toca jodernos, y aguantarlo hasta que encontremos a alguien mejor o más normal”.
           
Yo solté un resoplido molesto, pero no le lancé ni una mirada más. A partir de ahora tendría que esconder mis papas en otro sitio…
           
— ¿Conocéis de algo a la novia? — preguntó Victoria de repente, seguramente para disipar el ambiente de tensión que se había apoderado de la estancia.
           
— Sólo de vista — replicó Leonard, al tiempo que destapaba un bote de pringles que había sacado de uno de los armarios de la cocina. Así que él también tenía reservas secretas… Bueno, ahora ya no tan secretas.
           
— Yo me la tiré — intervino entonces Johnny, estallando en una sonora carcajada. Leonard se quedó mirándolo con cara de pocos amigos. Una mirada que decía a todas luces: “tío, cállate de una puta vez”. Pero Johnny era demasiado novato, o demasiado tonto como para entender aquel lenguaje no verbal. Puede que incluso fuera ambas cosas, por lo que el muy imbécil siguió riendo sin parar hasta que el pelirrojo le dio una fuerte colleja en la cabeza.
           
— ¡Tío, me has hecho daño! — se quejó
           
Vicky fue la que estalló ahora en una sonora carcajada.
           
— Te lo mereces por capullo — solté yo.
           
Unos segundos después, alguien llamó al timbre. Johnny se “ofreció desinteresadamente” a ir a abrir la puerta y, como estábamos todos más liados que la pata de un romano preparándonos para la boda, nadie puso objeción.
           
— Chicos aquí hay una tal Úrsula que pregunta por vosotros — anunció nuestro “amigo” al rato, acariciándose la mejilla como si le doliera mucho. Úrsula apareció entonces tras él, y lo apartó de su camino con un empujón muy poco amigable.
           
“Sí, sin duda este tío ha sido tan gilipollas como para insinuarse a Úrsula y ésta, ofendida y asqueada le ha metido un bofetón que lo ha dejado aviado”, pensé para mis adentros tras contemplar la escena. Johnny se sentó a mi lado en el sofá, viendo que había perdido la partida, tanto con la tía como con la sobrina.
           
— ¡¿Cómo es que no estáis vestidos?! — gritó Úrsula incrédula, y poniendo la voz más aguda que yo le había escuchado jamás — ¡Sois peores que Marty!

— ¡No compares! — se quejó Victoria —  Con Marty fue más fácil porque tiene el pelo muy suave y menos rizado que el de otras personas… — añadió, dirigiéndole a Leonard una elocuente mirada.
           
— ¡Oh, por favor! A mi pelo no le pasa nada. Eres tú la que no sabe cómo tratarlo. Pero no te preocupes. Cuando estemos casados, ya te enseñaré cómo debes peinarlo. Bueno, ésa y otras muchas cosas, claro está…
           
Victoria se quedó mirándolo con los ojos entrecerrados al tiempo que Johnny estallaba en una de sus características y estúpidas carcajadas. Yo, sin embargo, no le veía la gracia por ningún lado.
           
— Yo ya estoy vestido — repliqué, ignorando deliberadamente la discusión de Vicky y Leonard. Úrsula asintió, esbozando una sonrisa complacida, antes de coger el peine que su sobrina había dejado sobre la mesita del café, y empuñarlo en dirección a Leonard con la decisión escrita en sus ojos.
           
— ¿Qué estás haciendo? — le preguntó Leonard, abriendo mucho los ojos, al tiempo que se apartaba de Úrsula como si fuera el mismísimo diablo.
           
— Voy a desenredarte el pelo, cariño — replicó ella, con una amable sonrisa —. Mi sobrina no tiene paciencia, pero…
           
— No — la interrumpió Leonard —. Estoy harto de que la gente me toque el pelo. Me voy a hacer una coleta y punto.
           
— Pero…
           
— Que no, Úrsula, no insistas.
           
— Tía, déjalo — intervino entonces Vicky —. Este heavy desmelenado es un caso perdido.
           

Leonard   
“Tía, déjalo. Este heavy desmelenado es un caso perdido”. Aquellas palabras me habían quemado como si me hubieran tirado ácido en la cara. ¿De verdad Victoria pensaba que yo era un caso perdido? Sí, seguramente Tom le gustaba más. Mi mejor amigo era lo más parecido a un metrosexual que un heavy podía ser.
           
Seguramente tampoco le agradaba en lo más mínimo mi pelo rojizo. Algunas de las mujeres con las que había salido, me habían pedido que me lo tiñera de rubio.
           
“Así te quedara un tono más natural, cariño”, me dijo una de ellas en cierta ocasión. Nunca llegué a entender aquel extraño argumento. ¿Cómo iba a quedarme un tono artificial más natural que mi propio color de pelo?
           
Desterré aquellos funestos pensamientos de mi mente. Había cortado con Mary hacía dos años ya, y no iba a permitir que su ingrato recuerdo volviera de nuevo a torturarme. 


Habíamos llegado a la iglesia hacia algo más de diez minutos, y como ocurría siempre en aquellas insoportables ceremonias, me moría del aburrimiento.
           
— Leonard, ¿la morena esa te pone cachondo? — me preguntó Johnny, que había tenido la feliz idea de sentarse a mi lado en el banco, y llevaba ya rato dándome el coñazo. Seguí la dirección de su mirada, y me di cuenta de que se refería a Victoria.
           
Solté un suspiro cansado. Aquélla iba a ser una tarde muuuy larga.
           
— No me pone cachondo. Sólo somos amigos — mentí deliberadamente.
           
Johnny esbozó una sonrisa pícara, antes de volver a la carga.
           
— ¿Eso significa que puedo tirármela?
           
Un arrebato de furia asesina se apoderó de mi cuerpo, y antes de poder controlarme, le solté:
           
— Como te atrevas a acercarte a ella, gusano inmundo, te arranco las pelotas y se las doy de comer a los tigres del zoológico, ¿me has entendido?
           
Johnny tragó saliva y asintió con la cabeza, con el miedo escrito en sus ojos, al tiempo que se alejaba de mí todo lo que le permitió el banco.
           
“Gilipollas”, pensé con fastidio. “Si no fuera porque el imbécil de cuya boda estamos siendo testigos todos los presentes en este preciso instante, dejó embarazada a la tonta que va hoy vestida de blanco, no tendríamos que aguantar tus chorradas”.
           
Dirigí una mirada furtiva hacia el banco donde estaba sentada Victoria, y cuál fue mi sorpresa al darme cuenta de que ella también me estaba mirando. Esbocé una sonrisa cómplice, a la que ella respondió con otra un tanto más tímida. Aquella criatura era realmente adorable, y no conseguía sacarla de mi cabeza. Tenía que ser mía. Aunque sólo fuera una vez…
           
— Yo os declaro marido y mujer — dijo de repente el cura, captando toda la atención de los presentes —. Puedes besar a la novia — lo cual hizo Michael, no sin cierta torpeza.
           
“En público sientes vergüenza, pero en la intimidad bien que la dejaste preñada, tío”, pensé con sarcasmo.
           
Unos segundos después todos gritaron a coro: “¡Vivan los novios!”
           
— ¿No te parece una escena un tanto cutre, Leonard? — oí que me preguntaba una voz familiar a mi espalda — Actos como éste son la culminación de la falsedad de la sociedad corrupta en la que vivimos.
           
Me di la vuelta de forma instintiva para enfrentar a la persona que tanto revuelo había causado durante los últimos días en casa de Marty y Úrsula. Seguía tan hermosa como siempre. Pero sobre todo, igual de amargada que siempre.
           
— Angela — la saludé, con una leve inclinación de cabeza —. No sé por qué, creí que no ibas a venir.
           
Ella soltó una risita afectada, antes de contestar:
           
— No me habría perdido este “espectáculo” por nada del mundo.
           
Sus palabras destilaban la arrogancia y el desprecio de antaño, pero en esta ocasión, un sentimiento más primitivo y desesperado impregnaba su voz. Odio. Ira. Pero sobre todo, vergüenza.
           
— Leo — me llamó Victoria, que se acercaba hacia nosotros en aquel preciso instante —, Tom y yo te estábamos buscando.
           
— Tranquila, Vicky — replicó Angela, cuya voz volvía a estar de nuevo impregnada por la altanería y el desdén que la caracterizaban —. Tu pelirrojo está en buenas manos.