Bueno, pues eso, que mañana me voy de vacaciones. Sólo es una semanita, de viaje "cultural", por así decirlo, a La Rioja y el País Vasco, pero más vale eso que nà. En fin, pues que durante esta semana (hasta el domingo que viene) no podré subir capis ni relatos, ni leer vuestros blogs, ni me podréis localizar. No obstante, en cuanto vuelva de mis holidays, me pondré al día con los blogs, I promise.
Pues eso, sed felices y buen@s chic@s en mi ausencia. ¡Un beso!
Att. Athenea Escritora.
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"When I hear the music, all my troubles just fade away/ When I hear the music, let it play, let it play",
"Let it Play" by Poison.
sábado, 6 de agosto de 2011
jueves, 4 de agosto de 2011
Capítulo XVI. Una nueva vida empieza hoy (Parte 1)
Iuta
Notaba los ojos de Angela posados sobre mi espalda desde el cristal su ventana. No le di demasiada importancia. Antes incluso de irme de viaje, ya sabía que mis hermanos iban a reprocharme mi falta de responsabilidad, y que les iba a costar perdonarme. Pero al menos Emma estaba a mi lado, y eso era lo único que me importaba en aquellos momentos.
Abrimos el maletero del coche y sacamos mis maletas. Emma se ofreció a ayudarme a llevarlas hasta casa, pero ambas coincidimos en que si Hans aparecía en escena, nos montaría una escenita. Y a ninguna de las dos nos apetecía que nos amargara después de nuestras relajantes vacaciones.
— Nos vemos mañana, cariño.
— Hasta mañana — se despidió Emma, antes de darme un casto beso en la mejilla, bajo la atenta mirada de mi hermana.
Cinco segundos después de que Emma y su coche desaparecieran calle abajo, Angela y Johnny salieron por la puerta de mi casa, avanzando en mi dirección. Qué hacía ese chico en mi casa y por qué Hans no había hecho todavía su aparición estelar, fueron las incógnitas que me hicieron comprender desde el principio que algo no iba bien. Automáticamente mi mente empezó a atar cabos.
— ¿Dónde está papá? — pregunté con un hilo de voz. La mueca de compasión que se dibujó entonces en el rostro de Johnny me hizo temer lo peor — No es posible. Cuando me fui, él estaba bien. Incluso parecía haber mejorado mucho…
— El médico nos dijo que a veces es normal que este tipo de pacientes sufran una enorme mejora en poco tiempo, justo antes de… — la voz de Angela se quebró en ese mismo instante, haciendo que yo perdiera la paciencia.
— ¿Antes de qué, Angela? ¡Habla de una vez?
— Intentamos localizarte todo este tiempo. Pero no dejaste ningún número de referencia y no pudimos localizarte — tragó saliva, antes de continuar —. Iuta, papá falleció anteayer por la noche. El funeral fue esta mañana.
El mundo se derrumbó sobre mí en aquel mismo instante. Mi padre había muerto, y yo no había estado allí para cuidarlo, para darle mi último adiós. Para decirle cuánto lo quería. No. Me había comportado de la forma más egoísta, pensando sólo en mi felicidad. Y el destino me hacía pagar muy caras las consecuencias.
— No puede ser cierto — comencé a decir, al tiempo que sentía cómo las lágrimas comenzaban a llenar mis ojos —. Papá no puede estar muerto. ¡No es posible!
— Al principio yo también me negaba a creerlo, Iuta. Pero es la verdad — replicó Angela, al tiempo que me abrazaba con fuerza, colocando mi cabeza contra mi pecho. En aquellos momentos, ella parecía la hermana mayor, la sensata. Y yo estaba deshecha en un mar de lágrimas.
— ¿Por qué no entramos en casa? — sugirió Johnny, interviniendo por vez primera en la conversación — Está empezando a refrescar y Iuta estará cansada del viaje. Querrá dejar las maletas en su habitación y acostarse.
— ¿Qué hace Johnny aquí? — le susurré a Angela, mientras él entraba mis maletas en casa — No es que me moleste, pero…
— Johnny es mi novio — replicó mi hermana, con una media sonrisa dibujada en sus labios —. Me ha ayudado mucho en estos momentos tan difíciles. Y me he dado cuenta de que estoy enamorada de él. Y él de mí.
Era imposible no darse cuenta de la emoción que destilaban las palabras de Angela. Naturalmente que estaba enamorada de Johnny. Hasta un ciego podría verlo.
— Parece que han pasado muchas cosas desde que me fui…
Angela me apretó con fuerza contra su pecho, al tiempo que me guiaba hacia el interior de la casa.
— Papá te quería mucho, Iuta — comenzó a decirme Angela —. No dejó de preguntar por ti ni un segundo. Y lo más importante es que sabía que tú lo querías mucho a él. No tienes que sentirte culpable por lo que pasó. Aunque hubieras estado aquí, no podrías haber evitado su muerte.
— Aunque eso sea cierto, Angela, jamás podré perdonarme el no haber estado aquí en esos momentos tan duros. Yo debería haber estado con vosotros, cuidándolo, apoyándolo y dándole todo mi cariño. Y en cambio, me fui con…
— Con la persona a la que quieres. Iuta, te merecías ese descanso. Te merecías pensar un poco en ti por una vez en tu vida. Desde que murió mamá, tú te has ocupado de nosotros de forma incondicional. No sólo de papá, sino también de Hans y de mí. Tú eres la persona menos egoísta que conozco, y papá lo sabía. No importa que no estuvieras con él en sus últimos momentos. Lo importante es que te ocupaste de él como una esclava durante todo el tiempo que duró la enfermedad.
Mi hermana se había hecho toda una mujer durante el tiempo que yo había permanecido fuera. Una mujer madura, comprensiva y cariñosa.
No pude resistir el impulso de echarme a sus brazos, sin poder dejar de llorar. Johnny, desde lo alto de las escaleras, observaba aquella fraternal escena con los ojos llenos de lágrimas. Así que el don Juan había resultado ser todo un “sentimentaloide”.
Un fuerte portazo a nuestra espalda nos devolvió súbitamente a la realidad. No hacía falta que me diera la vuelta para saber de quién se trataba.
— Hans, yo… — comencé a decir en tono de disculpa, pero mi voz se quebró en el último instante. Mi hermano alzó la mano en mi dirección, haciendo que la sala enmudeciera súbitamente.
— No importa, Iuta —comenzó a decir, al tiempo que avanzaba en mi dirección a grandes zancadas. Cuando llegó a mi altura, me atrapó en un enorme abrazo de oso, que cortó mi respiración durante unos segundos. Después, con la voz cargada de emoción, sentenció —: Ahora estás aquí, y nada más importa.
Tom
Abrí los ojos a la mañana siguiente con una resaca impresionante. No recordaba haber bebido tanto en toda mi vida, y eso le iba a pasar una dura factura a mi sistema digestivo en breve.
No tardé en darme cuenta de que no estaba en mi habitación. Tampoco me sorprendió. Con la cogorza que llevaba la noche anterior, llegar hasta mi casa habría sido todo un milagro del altísimo. Y yo no podía ser más ateo. Las únicas preguntas que cabía hacerse en aquellos momentos era dónde estaba y con quién.
La respuesta a la primera pregunta era preocupante: nunca había visto aquella habitación. Era una estancia amplia, con una ventana rectangular frente a la cama, desde la que se podía ver la calle donde estaba ubicado el bar de Marty. Eso, al menos, era una buena señal, pues significaba que no estaba muy lejos de casa. Las paredes estaban revestidas por papel pintado con dibujitos infantiles, sobre los cuales, habían colgado pósters de AC/DC, The Runaways, Led Zeppelin y Scorpions, entre otros. Una cosa estaba clara, en aquella casa habitaba una persona heavy.
La respuesta a la segunda pregunta fue impactante. No sin cierta vacilación, eché un vistazo hacia el otro lado de la cama, para encontrarme con que la despampanante rubia que me había visto soltar la pota en el jardín de la señora Reynols, dormía desnuda y plácidamente a mi lado.
“Mierda, mierda, mierda y mil veces mierda. Para una vez que echo un polvo en meses, ¡y ni siquiera me acuerdo!”
Me incorporé lentamente en la cama, procurando hacer el menor ruido posible. Lo que menos necesitaba en aquellos momentos era que la tal Diana se despertara y quisiera hablar sobre los hechos acaecidos durante la noche anterior. Más que nada, porque no tenía ningún recuerdo claro después de lo ocurrido en el jardín.
Intenté hacer memoria, pero el cerebro no me respondía. La mezcla entre el insoportable calor de finales de julio y el fuerte dolor que martilleaba mi cabeza sin darme tregua, me impedían pensar con claridad. Por suerte, todavía me quedaban fuerzas para reprimir mis ganas de vomitar de nuevo. Eso habría resultado de lo más grosero y asqueroso, y encima habría despertado a Diana.
¡Joder! ¿Cómo había acabado yo en una situación así? ¿No se suponía que el irresponsable era Leonard? Sí. Y ahora parecía que se habían invertido nuestros papeles.
La siguiente pregunta que asaltó mi mente fue cómo diablos pensaba salir de allí. ¿Se suponía que tenía que despedirme primero de la chica? ¿Pero qué se suponía que iba a decirle? “Hola, apenas me acuerdo de ti, aunque supongo que anoche echamos un buen polvo. Tengo algo de prisa, por lo que me voy ya. Por cierto, ha sido un placer conocerte, supongo”.
No. Definitivamente aquélla no era la mejor opción. Pero ¿qué iba a hacer sino? ¿Largarme sin más? Yo no era esa clase de tío. De hecho, esa clase de tíos que se tiran a cualquier chica que se les pone por delante y después si te he visto no me acuerdo, siempre me habían repugnado.
“Pues felicidades, Tommy, porque te acabas de convertir en uno de ellos”, me sermoneó la voz más funesta de mi mente.
Me había metido en un buen follón, y lo peor de todo era que no tenía ni idea de cómo iba a salir de aquel jardín. Nunca mejor dicho…
— ¿Tom? ¿Ya estás despierto?
Aquella voz adormilada a mi espalda apareció de repente para rescatarme de mi oscuro debate interno. Ya no tenía opción de decidir. Tenía que poner en práctica la opción número uno.
— Esto… Sí. De hecho, nunca he estado más despierto que ahora.
La muchacha rubia esbozó una sonrisa pícara, antes de replicar:
— Permíteme que discrepe, vaquero. Esta noche, parecías estar más que despierto mientras me hacías el amor salvajemente sobre la mesa de la cocina.
¿Había hecho yo eso? Y lo más importante, ¿Diana acababa de llamarme “vaquero”? Sí, la única vez que mi mente decide borrar de un plumazo los recuerdos de una noche, es la única vez en la que dichos recuerdos merecen ser revividos.
— Esto… Diana, a lo mejor esto que te voy a decir te parece un poco… ruin y miserable por mi parte, pero de verdad que no es culpa mía, aunque suene a tópico — hice una pausa, inspirando con fuerza, para prepararme mentalmente para lo que estaba a punto de decir —: No recuerdo nada de lo que hicimos anoche.
Cerré los ojos con fuerza, esperando una pila de reproches y gritos por su parte. Sin embargo, ni una mala palabra salió de sus labios. Abrí los ojos de nuevo, entre incrédulo y agradecido, para toparme con el rostro de Diana, a pocos centímetros del mío. Un aire de comprensión iluminaba sus ojos, al tiempo que me decía:
— Es normal que no recuerdes nada de lo que pasó anoche, vaquero, teniendo en cuenta todo lo que bebiste. Pero no te preocupes. Yo estoy aquí para recordártelo.
Acto seguido, se puso a horcajadas sobre mí y comenzó a acariciar mis muslos desnudos con sus manos, mientras me daba furiosos lametones en el cuello. La erección fue instantánea, a pesar de la impresionante resaca que aún controlaba mi mente.
— Diana, para, por favor, esto no está bien — le supliqué con voz jadeante.
— Anoche no decías lo mismo, cariño — replicó ella, restregándose contra mi cuerpo —. De hecho, esto parecía gustarte mucho — añadió, antes de comenzar a darme suaves mordisquitos en el cuello.
— Diana, no nos conocemos, y…
— Oh, te aseguro que yo te conozco muy bien, vaquero — me interrumpió ella con una sonrisa maliciosa, al tiempo que me acariciaba mis partes nobles de forma totalmente impúdica. No pude evitar soltar un gemido de placer, que a Diana le dio el impulso que necesitaba para torturarme.
— Prepárate, Tommy, porque vamos a hacer temblar las paredes — susurró contra mi oído, antes de poner en práctica su plan, a lo largo de toda la mañana.
martes, 2 de agosto de 2011
Capítulo XV. The Show Must Go On (Parte 2)
Tom
— Si hace una semana alguien me hubiera dicho que iba a acabar emborrachándome contigo en el bar de Marty, me habría descojonado. Y mírame ahora.
— A mí tampoco me hace especial ilusión estar aquí contigo, Hans. Créeme. Pero Leonard estará demasiado ocupado tirándose a Victoria como para ser mi compañero de fatigas esta noche. Y me temo que Johnny estará haciendo lo propio con tu hermana, así que, estamos solos, colega.
— ¡A mi hermana no se la está tirando nadie! Johnny es sólo un amigo que…
— Que se la estará tirando en este mismo instante, mientras tú y yo hablamos — lo interrumpí con voz cansina. En aquellos momentos, yo estaba demasiado borracho como para darme cuenta de que diciéndole aquellas palabras a Hans podría estar firmando mi sentencia de muerte —. Colega, no seas gilipollas y despierta: Johnny está bueno; tu hermana, loca. ¡Blanco y en botella! Seguramente se lo estén montando en el sofá de tu salón…
— ¡No te consiento que hables así de mi hermana! — exclamó, levantándose de un salto del taburete en el que había estado sentado, con tan mala suerte que tropezó, dándose de bruces contra el suelo.
Todo el mundo a cuatro mesas a la redonda empezó a descojonarse del pobre Hans, evidenciando así que no era santo de devoción de mucha gente en el barrio, y mucho menos aún en el bar de Marty.
— ¡Ey, tíos! Tened un poquito de consideración con el pobre chaval. ¿No veis que está como una cuba?
— ¡Cállate, Tom! — me gritó, al tiempo que trataba de ponerse en pie, sin éxito — No necesito que un gilipollas como tú me defienda.
— Tom, ¿qué es lo que está pasando aquí? — oí que me preguntaba la voz de Marty a mi espalda. En su tono había una mezcla de preocupación y enfado que yo conocía muy bien. Lo había utilizado en incontables ocasiones en mi presencia, con clientes del local que, después de haberse bebido su peso en whisky, habían montado alguna que otra trifulca o molestado a algún cliente. Pero ésta era la primera vez que utilizaba ese tono conmigo.
Solté un suspiro cansado, antes de darme la vuelta para encararlo.
— Nada. Hans está un pelín borracho y se ha caído del taburete. Es algo que le puede pasar a cualquiera… Incluso a alguien tan “perfecto” como tú.
—Por lo que veo, Hans no es el único que se ha pasado con el alcohol — repuso, eludiendo deliberadamente la última parte de mi explicación, al tiempo que me recorría con una mirada de desaprobación.
— Mira, Pepito Grillo, ahora no estoy para sermones, ¿de acuerdo? En menos de cuarenta y ocho horas, mi vida se ha ido a la mierda. Necesito una puta copa. No, necesito emborracharme y después vomitar en el suelo enmoquetado de mi casa, cuyo color escogió Leonard. ¡Ni siquiera entonces ese hijo de puta me dejó escoger!
— Tom, es el alcohol el que está hablando por ti. Por favor, deja que llame a un taxi para que te lleve a casa. Ahora mismo no…
— ¡Marty, déjame en paz! No necesito tu ayuda. No necesito la ayuda de nadie — repliqué, poniéndome en pie, no sin cierta dificultad —. Siempre que he confiado en alguien, me han dado la patada. ¡Estoy harto!
Apenas era consciente de que todo el local había desviado su atención hacia nuestra pequeña disputa, riéndose algunos, cuchicheando otros. Nada me importaba en esos momentos. El alcohol en sangre es sin duda una fuerza más poderosa que la vergüenza o la integridad, y en aquellos momentos había nublado el poco juicio que yo tenía de por sí.
— Si quieres que me vaya de tu mierda de local, pues muy bien. Así lo haré — continué, agachándome para ayudar a Hans a que se levantara.
— ¡Ni me toques, Tom! — me gritó el alemán furioso, cuando hice ademán de cogerlo del brazo.
— ¿Lo ves, Marty? ¿Ves lo que pasa cuando intento ayudar a alguien?
— Tom, haz el favor de calmarte. Deja al menos que te lleve a casa…
— ¡A la mierda! — grité totalmente fuera de mí — ¡A la mierda todo!
Medio minuto después, estaba fuera del local, vomitando en el jardín de una insoportable vecina que en más de una ocasión se había quejado del ruido del local.
— Ey, colega, ¿te encuentras bien? — oí que me preguntaba una voz femenina tras de mí.
Me di la vuelta para mirarla directamente a la cara, y así poderla mandar a tomar viento fresco como Dios manda, pero me contuve a tiempo.
— Yo… Bueno, lo cierto es que posible que haya bebido más de la cuenta.
La chica rubia soltó una sonora carcajada ante mi respuesta, al tiempo que me tendía su mano para ayudarme a levantarme.
— Sí, eso parece. Por cierto, me llamo Diana.
Hans
— Hans, espero que tú te comportes de una manera menos irresponsable que Tom y dejes que te lleve a casa — me dijo Marty, extendiendo su mano hacia mí para ayudarme a levantarme.
— Sí. Johnny se irá pronto a su casa, si es que no se ha ido ya, y no quiero que Angela esté sola en estos momentos.
Cuando estuve de nuevo estuve en pie, Marty sacó del bolsillo trasero de sus pantalones las llaves del coche, antes de decirle a una de las camareras:
— Volveré en seguida, Anna. Mientras tanto, tú te encargas del local. ¿Crees que podrás hacerlo?
— Yo, no sé si…
— Lo harás muy bien. Ya lo verás.
Tras conseguir dejarle el marrón del bar a aquella menuda camarera de acento raro, Marty y yo salimos del local hacia el aparcamiento. De lejos, vimos a Tom charlando con una rubia despampanante en frente de la casa de la señora Reynols, una vieja cotilla cuyo deporte favorito era incordiar a los clientes del bar.
— ¿Crees que estará bien? — le pregunté a Marty, sintiéndome un poco culpable de repente.
— Claro. Tommy ya es mayorcito y sabe cuidarse solo.
— Si tú lo dices — repliqué con sarcasmo, antes de sentarme en el asiento del copiloto del coche de Marty.
Mi ex-jefe soltó un suspiro cansado, ése que todo el mundo suelta cuando quieren armarse de paciencia para lidiar con las tonterías de un loco. Después se metió en el coche y puso la radio a todo volumen. Capté la indirecta al instante: no quería entablar ningún tipo de conversación, por pequeña que fuera, conmigo.
Angela
Me desperté de nuevo a media noche. Estaba tumbada en mi cama, aunque no podía recordar cómo había llegado hasta allí. Mi edredón negro de plumas me cubría hasta el cuello y un brazo me agarraba con fuerza por la cintura. Me di la vuelta con cuidado, para descubrir a Johnny, durmiendo plácidamente a mi lado. Sí, cuando estaba dormido casi parecía una persona decente.
Le acaricié dulcemente su abundante melena castaña. Era tan adorable como un ángel. Y era todo para mí.
Coloqué suavemente mi cabeza sobre su pecho. No quería despertarlo, pero al mismo tiempo necesitaba sentirlo contra mi piel. Respirar su aroma, embriagarme de él.
— ¿Angela? — inquirió con voz pastosa. Mis intentos por no despertarlo habían fracasado estrepitosamente.
— Hola — repliqué, a sabiendas de que aquella respuesta era de lo más estúpida.
— Cariño, deberías descansar. Has tenido un día muy duro.
La sensación que azotó mi cuerpo cuando pronunció el apelativo “cariño” con tanta ternura fue indescriptible. Me abracé a él con fuerza, deseando que ese momento durara eternamente. Y aunque sabía que me estaba comportando de forma posesiva con Johnny, no podía evitar hacerlo. Después de todo, ¿era la inestable de la familia, no?
— Lo sé. Me acabo de despertar.
Johnny me dio un beso en la coronilla, al tiempo que me acariciaba la espalda suavemente.
— ¿Sabes? Has cambiado mucho desde que conocí, el día de la boda de Michael. Y eso que sólo ha pasado una semana…
— Tú me has hecho cambiar, Angela — contestó él, mirándome intensamente a los ojos, antes de inclinarse sobre mí y besarme tiernamente.
— ¿Te apetece ver una peli? —le sugerí cuando nuestros labios se separaron —. Lo cierto es que no tengo mucho sueño.
— Angela, son más de las doce y…
— Y mañana no tenemos que madrugar. Venga, por fa… — le supliqué, poniéndole ojitos de cordero degollado.
— Angie, estoy muy cansado. Necesito dormir.
— Una peli corta, por favor — le supliqué, poniendo voz de niña pequeña —. Te prometo que mañana te lo compensaré.
— ¿Ah, sí? — replicó él con una sonrisa maliciosa— ¿Y cómo piensas hacerlo? — inquirió, acariciando mi trasero por encima del edredón.
Fue entonces cuando su fama de mujeriego empedernido me vino de nuevo a la mente. ¿Y si no había cambiado realmente? ¿Y si sólo quería acostarse conmigo y después dejarme como si tal cosa? Ahora entendía por qué mi hermana se había hecho lesbiana. Los hombres eran todos unos cerdos.
— ¿He dicho algo malo, cariño? — preguntó preocupado, al tiempo que acariciaba mi mejilla dulcemente.
— No voy a acostarme contigo, Johnny — le solté de golpe, sin poder contener mis palabras. Sin embargo, al ver la mueca de confusión que se había formado en su rostro, decidí hablarle con más calma —. Lo que quiero decir es que todavía no estoy preparada para… En fin, para hacerlo. Y aunque lo estuviera, yo no soy como la clase de chicas con las que seguramente estás acostumbrado a salir. Yo soy una señorita.
A diferencia de lo que yo esperaba, mi respuesta pareció enfadar a Johnny sobremanera, ya que cuando acabé mi discurso, replicó en tono ofendido:
— ¿Ése es el concepto que tienes de mí, Angela? ¿Crees que sólo quiero acostarme contigo? ¿Crees que te hubiera cuidado todos estos días si sólo hubiese querido sexo? ¿Crees que estaría ahora aquí si eso fuera lo único que me interesa de ti?
— Bueno, dado tu historial…
— ¿Mi historial? ¿Y qué me dices del tuyo? Si tuviera que basar nuestra relación en lo que la gente me ha contado de ti, ni te saludaría por la calle.
Un nudo se me hizo en la garganta al oírle pronunciar aquellas palabras. Y aunque me había parecido que mis ojos se habían secado ya de tanto llorar en los últimos días, una lágrima se deslizó por mi rostro. Pero a diferencia de las que había derramado por mi padre, ésta era una lágrima de felicidad.
— Entonces, ¿me quieres de verdad? — pregunté, todavía algo insegura.
— Pues claro que sí, Angela. Creí que ya había quedado claro esta tarde — replicó él, con una sonrisa, apresándome con fuerza entre sus brazos.
— Yo también te quiero, Johnny — susurré contra su pecho —. Eres la única razón por la que sigo viva.
Johnny no respondió. Seguramente se dio cuenta de que cualquier palabra fuera de lugar habría roto la magia de un momento tan especial. Sin embargo, a pesar de nuestros intentos porque eso no ocurriera, el sonido del motor de un coche nos sacó de nuestras ensoñaciones. Deshice nuestro abrazo y me asomé a la ventana para ver de quién se trataba. Ahogué un grito. Después de su “escapada romántica”, Iuta volvía por fin a casa.
jueves, 28 de julio de 2011
Capítulo XV. The Show Must Go On (Parte 1)
Johnny
El sol se ocultaba tras unas grises nubes aquella funesta mañana de finales de julio. El frío calaba hasta los huesos, a pesar de estar en lo más crudo del verano. La lluvia comenzaba a caer sobre nosotros en un suave, pero constante goteo. Era como si los dioses quisieran expresar sus condolencias a través del tiempo atmosférico. Como si el velo gris que cubría el cementerio fuera en realidad un reflejo de su profundo dolor.
Angela permanecía a mi lado, aferrándose con fuerza a mi mano. No quería que nadie más se acercara a ella, ni siquiera a su hermano. Supongo que si aquella situación no hubiese sido tan delicada y dolorosa, me habría sentido halagado por sus atenciones. Pero las cosas estaban como estaban, y no era momento de manifestar mi faceta más egoísta. Angela me necesitaba en aquellos momentos, y yo no pensaba fallarle.
En los últimos días, la alemana apenas había salido de su casa. Tras enterarse de la muerte de su padre, había sufrido un fuerte ataque de ansiedad y las enfermeras tuvieron que administrarle un calmante para que se tranquilizara. Después de aquello, Hans me pidió que la llevara a casa y cuidara de ella. Y eso era lo que había hecho durante todo el fin de semana.
No entendía por qué Tom y Leonard tenían tan mal concepto de Hans. Por lo poco que lo había tratado, y después de haber aclarado el malentendido del hospital con Angela, me parecía un hermano y un hijo ejemplar. Se preocupaba por su familia y trataba de sacarla adelante como buenamente podía. Tenía un temperamento muy fuerte, eso era innegable, pero no era una mala persona.
— No puedo soportar esto ni un segundo más — susurró Angela antes de echarse a mis brazos y romper a llorar de nuevo. Ocultó su rostro en mi pecho para no ver cómo enterraban a su padre y se aferró con fuerza a mi cintura, en un intento por descargar todo el dolor y la frustración que la consumían.
Su abuela, que había venido desde Alemania para acudir al entierro de su único hijo, nos miraba con abierta curiosidad. Le devolví la mirada con aire desafiante, y ella respondió esbozando una tímida sonrisa. Parecía una anciana bastante inofensiva, a pesar de que debía medir más de un metro ochenta y de que iba vestida de pies a cabeza por un largo e intimidante vestido negro.
“Estos alemanes…”, pensé para mis adentros.
— Johnny, llévame a casa, por favor.
La desesperada voz de Angela me sacó súbitamente de mis pensamientos. Había levantado la cabeza de mi pecho y me estaba mirando directamente a los ojos con una expresión de desasosiego, que me cortó la respiración durante unos segundos.
— No podemos irnos, el funeral aún no ha…
— Por favor — insistió.
Recorrí a los presentes con una mirada, que era una mezcla de disculpa y despedida. Hans asintió con la cabeza e hizo un gesto con la mano en nuestra dirección, indicándonos así que podíamos irnos, que él se hacía cargo de todo. No obstante, no pude evitar sentirme culpable, pues estábamos dejándole a él toda la responsabilidad del funeral, y, a pesar de que estuviera poniendo todos sus esfuerzos en fingir lo contrario, toda aquella situación lo estaba quemando por dentro.
— ¿Tío, estás seguro de que quieres que nos vayamos? — le pregunté cuando pasamos por su lado.
— No quiero que os vayáis, pero es lo mejor para todos. Angela tiene los nervios destrozados. Estoy seguro de que si se queda aquí, acabará sufriendo una de sus crisis.
Una solitaria lágrima se deslizó entonces por su rostro, concediéndole al alemán, al menos momentáneamente, el estatus de ser humano. Durante todo el fin de semana, había estado tratando de hacerse el machote, de fingir que era más fuerte que la enfermedad que había acabado por vencer a su padre. Pero ahora, desprotegido y abandonado bajo la tormenta, no pudo reprimir sus verdaderos sentimientos.
Siguiendo un impulso, solté a Angela y abracé a Hans con fuerza durante unos segundos. Un sombrío silencio se cernió sobre el cementerio, cargado de una malsana curiosidad por parte de los presentes, que no se quebraría hasta que Angela y yo desapareciéramos del lugar.
Cuando Hans y yo rompimos nuestro abrazo, comprobé que una cómica mueca de susto se había dibujado en el rostro del alemán. No podía reprochárselo, pues apenas nos conocíamos, y él parecía ser una persona a la que le gustaba poco el contacto con otra gente.
— Cuida de mi niña — oí que me decía una voz a mi espalda. Al darme la vuelta, el rostro de la abuela de Angela apareció, unos centímetros más bajo que el mío.
— Así lo haré, señora — prometí con solemnidad, antes de agarrarle la mano de nuevo a Angela, para llevarla en dirección a mi coche.
Nos despedimos de Úrsula, Marty y compañía con un gesto de cabeza, antes de salir definitivamente de aquel lúgubre lugar.
Leonard
En los últimos días, Johnny había cambiado mucho. Aunque más que cambiar, había evolucionado como ser humano, pasando de ser un porrero salido a convertirse en un hombre maduro y responsable, que se había enamorado de una chica con problemas.
Porque por mucho que quisiera negarlo, Johnny sentía por Angela algo mucho más profundo que una simple amistad. Ninguna otra cosa podía explicar ese cambio de actitud tan repentino. Y si alguien todavía albergaba dudas sobre sus sentimientos, el abrazo que le había dado a Hans durante el entierro, las había despejado por completo.
El alemán todavía seguía en estado de shock después de aquel gesto de afecto que Johnny le había brindado. No estaba acostumbrado a que nadie le tocara, ni siquiera miembros de su familia, por lo que, el hecho de que Johnny todavía continuara con vida era un auténtico milagro.
— Ha sido un funeral muy íntimo — comentó Úrsula, rompiendo súbitamente el silencio reinante.
El matrimonio se había ofrecido a llevarnos a Tom y a mí en coche a casa después del funeral, aunque yo no podía evitar sospechar acerca de sus “desinteresadas” intenciones. Efectivamente, cuando llegamos a casa éstas se vieron confirmadas, cuando Marty se bajó del coche con nosotros y le indicó a Tom que fuera subiendo, pues tenía que tratar unos asuntos conmigo. Tom reprimió una carcajada, al tiempo que me daba una palmada cómplice en el hombro.
— Suerte con el suegro, colega — me susurró, antes de entrar en nuestro portal.
— Leonard, Victoria nos ha dicho que tú y ella estáis saliendo y…
— Y te aseguro que la estoy tratando con el respeto que se merece. La quiero y sólo deseo que sea feliz conmigo.
— Bien. Espero que tengas eso muy presente de ahora en adelante, porque si le haces daño…
— Me arrancarás los genitales de cuajo y se los darás de comer a los tigres del zoo. Sí, he captado la idea, colega.
— No creo que los tigres quisieran comerse “eso”. Esos animalejos no tienen tan mal gusto, ¿sabes?
Puse los ojos en blanco antes de preguntarle con voz cansina:
— ¿Quieres algo más, Marty?
— Por ahora, no — replicó con voz cortante y una mirada tan amenazante que me heló la sangre.
Porque Marty, a pesar de ser un trozo de pan durante la mayor parte del tiempo, cuando se lo proponía, acojonaba bastante.
Angela
Desperté dos horas más tarde, tumbada sobre el viejo sofá del salón. Una gruesa manta me protegía del frío y la lluvia, que caía ahora con fuerza. Desde bien pequeñas, a mi hermana Iuta y a mí nos encantaban los días de lluvia. La suave brisa fresca, que nos dejaba la nariz helada; el penetrante olor a tierra mojada, que nos hacía sentir que formábamos parte de la naturaleza; la estridente melodía de los truenos, que nos obligaba a dormir abrazadas en las oscuras noches de invierno; la luz de los relámpagos, cuyo resplandor rasgaba el cielo como un sangriento puñal…
Pero ahora Iuta no estaba conmigo para compartir ese momento tan especial. ¿Dónde se habría metido? Cuando regresara, Hans iba a enfadarse mucho con ella. Jamás le perdonaría que hubiera abandonado a su familia para irse con otra. Y encima con otra, en femenino singular. Hans tampoco le perdonaría jamás que fuera lesbiana.
Me acurruqué bajo las mantas, sintiéndome muy sola de repente. Aquélla había sido la primera vez que había podido dormir más de una hora seguida desde la muerte de mi padre. Johnny había conseguido convencerme de que tomarme un calmante me ayudaría a descansar, y como siempre, había tenido razón.
— ¿Has dormido bien?
Su cálida voz de tenor me sobresaltó. Estaba parado, en el vano de la puerta, con una bandeja llena de comida entre sus manos.
“Comida”. El estómago me rugió con fuerza en cuanto vi el enorme trozo de pastel de chocolate que me había traído.
— Sí, sí. Perfectamente — repliqué con una sonrisa forzada, al tiempo que me incorporaba en el sofá, dejándole así un poco de sitio para que se sentara.
— Te he traído algo de comer porque pensé que tendrías hambre — me explicó, poniendo la bandeja en medio de nosotros —. Y… Bueno, lo cierto es que yo también tengo bastante hambre — añadió con una pícara sonrisa.
— Tú siempre tienes hambre, Johnny.
Mi amigo soltó una carcajada antes de reconocer:
— Pues sí. Es verdad.
A Johnny le pasaba algo. Podía palparse en el ambiente que estaba tenso como un palo y su risa era más histérica de lo normal. Los años de experiencia en ocultar mis verdaderos sentimientos a los demás, me habían convertido en una experta a la hora de detectar hasta el más mínimo atisbo de cohibición, nerviosismo o preocupación. Y en aquellos momentos, Johnny sentía una mezcla de las tres.
— ¿Johnny, ocurre algo? Te noto un poco raro. Bueno, quiero decir, más raro de lo normal…
— ¿A mí? No, en absoluto.
Pero sus gestos decían todo lo contrario. No paraba de dar golpecitos en el suelo con sus botas y miraba a todas partes con ansiedad. A todas partes, menos a mí.
— ¡Estate quieto! — le grité. Ahora la que estaba nerviosa era yo — ¿Se puede saber qué diablos te ocurre?
Él tragó saliva con fuerza, pero no contestó inmediatamente. Cuando estaba a punto de perder la paciencia, respondió:
— Llevo ya algún tiempo queriendo decirte esto, pero la verdad es que no sé muy bien cómo hacerlo. ¡Tiene gracia! Yo, que nunca he tenido problemas en esa materia, no sé cómo abordar el tema contigo.
Aquellas palabras me dejaron aún más confundida.
— Nunca he sido muy bueno explicándome, ¿Sabes? Aunque como suele decirse, “actions speak louder than words”. ¿Qué te parece si dejamos que nuestros actos hablen por sí mismos?
Tras decirme aquello, dejó la bandeja de la comida, que era el único obstáculo que se interponía entre nosotros, sobre la mesita del café, y se tomó mi rostro entre sus manos con fuerza.
— Perdóname, Angela. Sé que no es el mejor momento para esto, pero no puedo soportar esta situación ni un segundo más. Te quiero.
Aquellas palabras, a pesar de que las había pronunciado horas después del funeral de mi padre, hicieron de aquel momento el más especial y feliz de toda mi vida.
— ¿Puedo besarte? — preguntó, con la inocencia de un niño pequeño.
Yo solté una carcajada divertida, antes de poner mis manos en su nuca, para atraerlo así hacia mí.
— Por supuesto que sí.
domingo, 24 de julio de 2011
Capítulo XIV. Lazos de sangre (Parte 3)
Johnny
Angela llevaba ya más de veinte minutos hablando con su hermano y la incertidumbre me estaba consumiendo por dentro. No conocía mucho al alemán, pero por lo poco que me habían contado Tom y Leonard, ya me estaba temiendo lo peor.
— ¿Por qué tardan tanto? — pregunté en voz alta, aunque en realidad no esperaba respuesta alguna.
— No lo sé — contestó Victoria, que estaba sentada a mi lado, con la mirada perdida. Parecía más afectada por la enfermedad del padre de Angela de lo que cabía esperar, teniendo en cuenta lo mal que se llevaba con esa familia —. Hans parecía muy nervioso. Seguramente quiere que Angela se mentalice de… bueno, ya sabes, de que su padre va a morir.
— ¿Y para eso nos hace salir a todos?
— Johnny, es normal que quieran un poco de intimidad, ¿sabes?
“¿Y tú sabes que ese tío es un psicópata que sólo quiere apartar a Angela de sus amigos para tenerla controlada?”, pensé para mis adentros, aunque no lo expresé en alto.
— Johnny, Angela te gusta mucho, ¿verdad? — inquirió entonces, con esa sonrisilla idiota que se les pone a las tías antes de que se pongan a gritar: “¡Aiiiis, pero qué romántico!”.
— ¿A mí? ¡Qué va! Si acabo de conocerla. Es sólo que me solidarizo con su dolor, ya sabes, por toda la historia de su padre.
— Claro, claro — replicó ella, muy poco convencida.
Estaba a punto de contestarle que me importaba un carajo si me creía o no, cuando apareció Angela hecha un mar de lágrimas. Yo me levanté de la silla de un salto y fui corriendo a su encuentro.
— Angela, ¿qué ha pasado? ¿Ese cab…? ¿Tu hermano te ha hecho algo?
— No quiero hablar del tema. Sólo quiero irme a casa.
— Pero…
— ¡Maldita sea, déjame en paz! — me gritó, antes de empujarme con furia y salir corriendo del hospital.
Unos segundos después, Hans entró en escena con cara de arrepentimiento.
— ¡¿Qué coño le has hecho, tío?! — le grité, sin poder contenerme.
— Johnny, ¿por qué no vas a buscar a Angela y la traes de vuelta? — sugirió Úrsula, intuyendo que se mascaba la tragedia. Conteniendo a duras penas mis instintos, que me decían que le partiera la cara a ese gilipollas por hacer llorar a una mujer, salí corriendo del hospital en busca de Angela.
Angela
— ¡Angela, espera! — oí que gritaba Johnny tras de mí — ¡Detente, por favor!
Pero yo seguía corriendo. Quería alejarme de él, de todo el mundo. En especial de mi padre y de mi hermano. No sólo me habían estado mintiendo toda mi vida, sino que encima, habían decidido revelarme la verdad cuando mi padre estaba a punto de morir. Me sentía traicionada y pisoteada, y lo último que me apetecía en esos momentos era hablar acerca de mis sentimientos.
— ¡Maldita sea, Angela! ¡Para!
Haciendo gala de sus dotes de atleta, Johnny salvó la distancia que nos separaba en dos zancadas, colocándose frente a mí, consiguiendo así que me detuviera.
— Espera, por favor — me pidió con voz jadeante — ¿Qué ha pasado con tu hermano? ¿Qué te ha dicho para que te pongas así?
— ¡¿Y a ti qué coño te importa?! — le grité con todas mis fuerzas. Pero un segundo después de haber pronunciado aquellas palabras tan ofensivas, me di cuenta de que él no merecía que lo tratara así. En el poco tiempo que lo conocía, siempre se había portado como un caballero (si obviamos la primera vez que nos vimos, cuando intentó acostarse conmigo), por lo que se merecía al menos un mínimo de mi respeto — Perdóname, Johnny. No tenía ningún derecho a hablarte de ese modo. Tú eres el único que ha demostrado preocuparse por mí en los últimos tiempos. Y eso que apenas nos conocemos...
— No importa, Angela — replicó, esbozando una sonrisa apagada — Pero ¿qué es lo que ha ocurrido con tu hermano? Si ese cabrón se ha atrevido a ponerte un dedo encima…
— No, no — me apresuré a contestar —. Él no me ha hecho nada en realidad. Es sólo que…
Antes de poder terminar la frase, los ojos se me llenaron de lágrimas e inevitablemente rompí a llorar otra vez. Johnny, de nuevo comportándose como un buen amigo, se acercó a mí suavemente y me estrechó con fuerza entre sus brazos. Me arropó en ellos, me transmitió su fuerza.
— Tranquila, Angela.
— ¿Por qué ha tenido que decírmelo precisamente ahora? ¿Por qué ahora que está a punto de morir? ¿Qué quiere conseguir con eso? ¿Que sienta menos dolor cuando se vaya? ¡Por el amor de Dios! Lleve su sangre o no, es mi padre. Lo quiero ahora y lo querré siempre.
— ¿De qué estás hablando, Angela? — me preguntó Johnny con el rostro lleno de confusión.
Respiré hondo antes de pronunciar las palabras que llevaban rato quemando mi garganta como una hoguera furiosa, pugnando por salir.
— Kurt no es mi padre, Johnny. Al menos, no biológicamente hablando.
La confusión en el rostro de mi amigo se hizo más pronunciada.
— Mi madre tuvo una aventura — comencé a decir —, y yo fui el fruto de ella.
Johnny se quedó en silencio unos segundos, concentrándose en respirar con normalidad. Cuando pareció recuperarse, me dijo:
— No sé muy bien qué decir, Angela.
Muy a mi pesar, esbocé una pequeña sonrisa.
— No digas nada. Sólo abrázame fuerte, por favor.
Johnny me acarició el cabello con delicadeza, antes de estrechar nuestro abrazo. Yo respiré aliviada. Al menos tenía alguien en el mundo en quien podía confiar.
Victoria
Las horas siguientes fueron de las peores de mi vida. A pesar de que aquella situación no me afectaba a mí directamente, la sufrí como tal.
Angela y Johnny habían vuelto unos minutos después y se habían sentado a mi lado en la sala de espera, pero ninguno de los dos se había atrevido a mirar de nuevo a Hans. Éste permanecía callado, de pie junto al bueno de Marty, que tampoco despegaba los labios. De hecho, el único sonido que se escuchaba en esa fría y desamparada estancia, era la conversación de un matrimonio latinoamericano, que discutían en español acerca de cuál era el tratamiento más idóneo para su hija de doce años, que se encontraba muy enferma de leucemia.
Los médicos le estaban haciendo a Kurt todo tipo de pruebas, en un intento por descubrir si todavía había algún fármaco que pudiera alargarle la vida al menos unos días más. Pero el alemán se había cansado ya de luchar. Quería que el dolor lo abandonara de una vez. Quería encontrar la paz y el descanso que por tanto tiempo había anhelado.
— ¿Los familiares del paciente Kurt Müller? — preguntó una enfermera, sacándonos de repente de nuestros pensamientos.
— Nosotros — replicaron Angela y Hans al unísono.
— Su padre quiere verlos.
Los dos hermanos, armándose de valor, se dirigieron a la habitación en la que descansaba su padre, sabiendo que posiblemente ésa era la última vez que podrían hablar con él.
— Vaya mierda, ¿eh? — comenzó a decir Leonard, sentándose a mi lado, en el sitio que Angela había dejado vacío — Siempre se van los mejores. Y Hans, mientras tanto, más fresco que una rosa…
— ¡Leonard, por favor!
— ¿Qué? ¿Acaso tú no piensas como yo? ¡Claro que lo piensas! Como todo el mundo. Pero nadie se atreve a decirlo en voz alta — hizo una pausa en su discurso, intentando calmarse un poco. Porque por extraño que parezca, Leonard estaba furioso en aquellos momentos —. Ese hombre es un cielo, Victoria. Y no lo digo por decir. Es una de las mejores personas que he conocido. No merece morir de esta manera.
— Parece que lo aprecias mucho.
— Cuando Iuta y yo… — se interrumpió antes de terminar la frase y se quedó mirándome con cara de culpabilidad.
— Puedes decirlo, no me molesta. “Cuando Iuta y yo estábamos juntos…”
El pelirrojo esbozó una débil sonrisa antes de continuar.
— Cuando Iuta y yo estábamos juntos, fue el único de la familia que aceptó nuestra relación. A Angela no puedo reprocharle nada. Después de todo, la desconfianza que me tenía al principio, desapareció cuando se dio cuenta de que yo no sólo no iba a robarle a su hermana, sino que además conmigo ganaba un amigo. Pero Hans… Me ha tenido una aversión injustificada desde que me conoció. Bueno, a mí y a todo el mundo.
— De modo que su padre te aceptó desde el principio — repliqué, desviando el tema de Hans todo lo posible.
— Sí. Se portó conmigo como un padre.
La tristeza que impregnaba sus ojos al hablar de ese hombre en aquellos términos, me hizo recordar que su padre había muerto hacía más o menos un año. Leo habría pasado por la misma situación que Angela y Hans por aquel entonces…
— Nunca me has contado qué le pasó a tu padre…
— No me gusta hablar de ese tema — me cortó Leonard, con esa expresión que adoptaba su rostro cuando se sentía especialmente incómodo.
— Sabes que puedes confiar en mí, cariño.
Aquella última palabra hizo que Úrsula y Marty se quedaran mirándonos con suspicacia. Leonard les devolvió la mirada con una desafiante, al tiempo que entrelazaba nuestras manos con fuerza. Mi tía esbozó una sonrisa cómplice ante aquel gesto, mientras que Marty frunció el ceño con desconfianza. Tom se limitó a apartar la mirada, como si con él no fuera la cosa.
Bueno, lo cierto es que podría haber sido mucho peor. Me quedaba el consuelo de saber que Marty no le había hecho a Leonard la típica pregunta de: “¿qué intenciones tienes con mi sobrina?”, poniendo cara de mafioso ruso, y que Tom no se había puesto a despotricar en medio de la sala de espera sobre lo traidores que éramos.
Un grito desde la habitación de Kurt nos sacó de nuestras ensoñaciones. Unos segundos después, aparecieron unas enfermeras sacando a Angela de la habitación.
— ¡No puede estar muerto, no puede estar muerto! — no cesaba de gritar.
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