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"When I hear the music, all my troubles just fade away/ When I hear the music, let it play, let it play",

"Let it Play" by Poison.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Capítulo XXIII.The Girl Keeps Coming Apart (Parte 1)

A petición del público, que ya venía demandando tiempo ha un capítulo narrado enteramente por Victoria, aquí os lo traigo. (Al menos la primera parte. La segunda no sé todavía si la narrará ella enteramente). Además, como también me dijeron que los capítulos eran muy cortos éste lo he hecho un pelín más largo. Espero que os guste, muchach@s (que por cierto, según mi amada RAE de los cojones la utilización de la "@" para englobar el sujeto masculino y femenino en uno es incorrecta. ¿Pues sabéis qué os digo? Fuck them very much!).




Victoria
Salí rumbo a Madrid el sábado a primera hora de la mañana. La acalorada discusión que había mantenido con mi madre la noche anterior me había dejado mentalmente agotada y fuera de combate, por lo que me pasé la mayor parte del viaje durmiendo. Ni siquiera traté de fingir ser amable con mi compañero de asiento. En aquellos momentos no estaba de humor para mantener una conversación banal con una persona normal a la que, además, no iba a volver a ver.

El vuelo hasta Los Ángeles, sin embargo, fue prácticamente insoportable. Mi mente no dejaba de proyectar imágenes pertenecientes al último verano, que en su momento habían sido las más felices de mi vida, pero que en un fatídico segundo se habían tornado en afiladas cuchillas que habían rasgado mi pecho y mi alma hasta hacerlos sangrar. 
           
Todavía no sabía cómo iba a enfrentar la situación. Por un lado, rezaba por no encontrarme a Leonard durante el fin de semana que pasaría allí, pues tenía miedo de que, al verlo, toda la entereza y decisión que había conseguido durante el mes que habíamos permanecido separados se desvaneciera, como si nunca hubiera existido.
           
Pero al mismo tiempo no podía dejar de pensar en todo el daño que me había hecho. No era sólo el asunto de las drogas, que sin duda se habría agravado en mi ausencia, sino sobre todo la forma en que me había tratado cuando le había descubierto.

Y después me había dejado marchar sin ni siquiera disculparse. No había venido a despedirse de mí al aeropuerto el día de mi partida. No me había hecho ni una triste llamada durante el mes que llevaba en España. Sólo una carta. Una carta que ni siquiera había tenido el valor de abrir.
           
¿Qué había escrito en ella? ¿Había tenido la decencia de pedirme disculpas o acaso se había arrastrado pidiéndome perdón? No, sin duda aquello era imposible. Leonard era demasiado orgulloso como para pedir perdón a nadie. Pero entonces, ¿qué había escrito en esa dichosa carta?
           
“¡Estúpida, no deberías haberla tirado!”, me reprendió la voz curiosa de mi mente, aquélla que todavía albergaba sentimientos por Leonard, más allá de la compasión o el rencor. Y sin embargo, estaba segura de que conocer el contenido de la misma no iba a variar ni un ápice la opinión que ahora tenía sobre pelirrojo, porque nada de lo que pusiera en esa carta podría cambiar ni una sola de las acciones que ambos habíamos llevado a cabo. No iba a cambiar el hecho de que no podría confiar en Leonard nunca más.
***
— No sabes cuánto te he echado de menos, pequeña — susurró Úrsula contra mi oído, al tiempo que me estrechaba con fuerza contra su pecho —. No sabes cuánto te hemos necesitado Marty y yo.
           
Ninguna de las dos pudimos contener por más tiempo nuestras lágrimas. Traté de responderle que yo sentía lo mismo, que mi vida había dejado de tener sentido en el mismo instante en que puse un pie en el avión que me llevó de vuelta a España, pero la voz se me quebró, para prorrumpir después en un llanto histérico y desesperado. No había derramado ni una sola lágrima en todo el tiempo que llevábamos separados, pero el mero hecho de volver a verlos había provocado que todas las emociones que había guardado bajo llave en mi corazón, contenidas y reprimidas con gran recelo, salieran de golpe en tropel, imposibles de retener.
           
Darling, are you ok? — inquirió Marty preocupado, acercándose a mí.
           
Me había quedado literalmente sin habla. Deshice el abrazo con mi tía sólo para aferrarme a un sorprendido Marty, que obviamente no se esperaba que fuera a ser tan efusiva con él. Me pregunté entonces si durante mi estancia en California no le había demostrado lo suficiente todo el cariño que le profesaba. Sin duda, siempre se me ha dado bien eso de reprimir y ocultar mis sentimientos.

— ¿Cómo están Angela y Johnny? — inquirí cuando fui capaz de hablar de nuevo — ¿Han salido ya del hospital?

— Están mejor, de hecho Jonny sólo tiene un par de contusiones y una costilla rota. Angela, sin embargo, se llevó la peor parte. Ha estado varios días inconsciente y tiene una pierna y una muñeca rotas. Además, los médicos siguen haciéndole pruebas porque no saben si pueden haberle quedado secuelas.

— ¿Secuelas? ¿Qué clase de secuelas?

Marty permaneció unos segundos en silencio, pensando seriamente su respuesta.

— Los médicos no se atreven a hacer conjeturas sin tener las pruebas delante, pero cabe la posibilidad de que de ahora en adelante sufra migrañas crónicas.

Un dolor punzante comenzó a revolverme el estómago, extendiéndose por todo mi cuerpo y dejando a su paso una estela de frío helado que finalmente me cubrió por entero. Un mal presentimiento me sacudía, advirtiéndome de que lo peor todavía estaba por llegar.
           
No me atreví a preguntar qué había pasado. No importaba si había sido la conducción temeraria de Johnny o el estado de embriaguez del otro conductor implicado lo que había causado el accidente. Lo único que debía importarnos en aquellos momentos era que Johnny y Angela estuvieran bien.
           
Tras reponer fuerzas después de un viaje tan largo y dejar las maletas en casa de mis tíos, Úrsula me acompañó al hospital donde habían ingresado a la pareja, que casualmente era el mismo en el que había fallecido el padre de Angela. Sin duda, la vida no es más que una suma de macabras coincidencias.
           
— Estoy segura de que se alegrarán mucho de verte — me dijo Úrsula con una sonrisa, aunque ni de lejos tan deslumbrante como con las que solía deslumbrarme antaño. Lo sucedido durante el último mes había hecho mella en todos, incluso en alguien tan alegre y vital como mi tía Úrsula. Nuestro mundo se había derrumbado en menos de lo que dura un leve pestañeo.
           
— Sí, yo también tengo muchas ganas de verlos — repliqué, forzando una sonrisa que me sonó falsa hasta a mí.
           
— Puede que nos encontremos a Tom allí. Aunque ciertamente lo dudo después de lo que pasó anoche en su casa…
           
— ¿Qué pasó anoche en su casa? — inquirí preocupada. Desde que había vuelto a España no había dejado de sucederse una catástrofe tras otra.
           
— Según parece Diana… ¿te acuerdas de ella? — asentí con la cabeza. Como para olvidar a un bellezón semejante… — Pues bien, según parece Diana incendió su piso anoche por despecho. No ha quedado nada, Victoria. Tom y Leo se han quedado literalmente en la calle.
           
Aquella noticia fue otro duro mazazo que me dejó clavada en el sitio. ¿Qué había pasado entre Tom y Diana para que ésta hubiera decidido incendiar su piso? Todo parecía ir también entre ellos… “Igual que entre tú y Leonard”, me recordó la voz de la razón. Sí, nada es nunca lo que parece.
           
— ¿Dónde se supone que van a vivir ahora? — inquirí, con un nudo en el estómago. Otro mal presentimiento se abría paso por mi mente, haciéndome tomar conciencia de la engorrosa situación en la que yo misma me había metido.  
           
— Verás, cariño, de eso precisamente quería hablarte.
           
No me gustó para nada la sombra de vergüenza y culpabilidad que cubría el rostro de mi tía Úrsula. No podía ser cierto…
           
— Cariño, sé que esta situación va a ser muy embarazosa y desagradable para ti, pero ni Marty ni yo hemos visto otra salida… Tom y Leonard van a quedarse en nuestra casa hasta que puedan encontrar otro piso.
           
Una necesidad irracional de estrangular a alguien inundó mi cuerpo en el mismo segundo en que mi tía terminó de pronunciar aquellas palabras. ¿Es que ni Marty ni ella tenían en cuenta mis sentimientos? ¿Acaso merecía yo compartir el mismo techo con un hombre despreciable que me había tratado como si yo no fuera más que un recipiente lleno de arena para gatos?
           
“Respira, Victoria, respira y cálmate. Si te muestras ante tu tía como una histérica inmadura que no es capaz de lidiar con una situación mínimamente ardua le estarás demostrando que no has superado tu historia con Leonard”.
           
Respiré hondo, tragándome de golpe todos los insultos que se habían arremolinado en mi garganta, listos para salir a la superficie a la menor oportunidad. Apreté los puños con fuerza, obligándome a dibujar la sonrisa más forzada que se haya esbozado jamás antes de replicar:
           
— Es completamente comprensible, tía. Es lo mínimo que haría un amigo, ofrecerle protección y consuelo a otro que ha sufrido un duro golpe.  
           
Aunque por dentro estaba pensando: “arderéis en el infierno por esta alta traición, maldita rubia desorejada. Tú y el inútil de tu marido”.
***             
La visita al hospital fue menos triste de lo que había esperado, aunque debo reconocer que fue todo gracias a la madre de Johnny. Conocer a esa mujer fue una experiencia ciertamente fructífera, no sólo en lo tocante al deleitante placer de poder escuchar su armonioso acento sureño, mucho más marcado que el de Marty o el de su propio hijo, sino también para descubrir de quién había heredado Johnny su gracia y salero naturales.
           
Angela seguía un poco pachucha, con el semblante mucho más pálido de lo habitual, algo, por otro lado, normal si tenemos en cuenta que habían tenido que realizarle dos transfusiones de sangre y que, según los médicos, no se descartaba todavía el hacerle una tercera.
           
Pero tanto su novio como su suegra se esforzaban en atenderla como si fueran sus más leales enfermeros, a pesar de que Johnny estaba todavía recuperándose de sus propias lesiones. No aparecieron, sin embargo, durante todo el tiempo que permanecí allí ni Hans ni Iuta. A lo mejor estaban trabajando o se habían retirado a descansar, pero algo me decía que las razones de su ausencia nada tenían que ver con sus obligaciones laborales. Después de todo, Marty no habría dudado en darles el día libre, ahora que ambos se habían reincorporado a sus respectivos puestos en el bar.

Tal vez le echaban la culpa a Johnny del accidente y no querían verlo ni en pintura o tal vez no soportaban a la madre de éste. Puede que incluso hubieran abandonado a Angela a su suerte, cansados ya de sus esfuerzos por “llamar la atención”. Era una auténtica lástima que ninguno de los dos hubiera hecho caso nunca de aquellas llamadas de atención de su hermana, que lo único que demostraba con ellas era su ansia de recibir un mínimo de afecto por parte de ambos.

Ni yo misma me había dado cuenta de cuánto daño le había hecho a su hermana aquella falta de afecto hasta que fui testigo aquella tarde de los esfuerzos por parte de Adele, la madre de Johnny, de ganarse el cariño y la confianza de su nuera. Angela no sabía cómo reaccionar a las atenciones de su suegra y se sentía desconcertada y fuera de lugar cada vez que ésta le hacía un cumplido.
           
Y aquella visión fue todavía más difícil de digerir cuando me vi reflejada a mí misma, como si de un espejo se tratara, en los ojos de Angela.  
           
— Úrsula, creo que ya es hora de que nos vayamos a casa — le indiqué a mi tía, señalando el reloj que había colgado sobre la cama de la paciente —. Ya son más de las ocho y estoy muy cansada del viaje. Podemos volver mañana por la mañana.
           
Úrsula asintió con comprensión, como si realmente entendiera los verdaderos motivos que impulsaban a salir de allí cuanto antes. Nos despedimos de todos y les prometimos que volveríamos al día siguiente, a lo que todos reaccionaron con alegría y gratitud. Por fin alguien me consideraba útil. Por fin había encontrado un lugar en el que me sentía necesaria.
                                  *** 
Úrsula aparcó el descapotable rojo junto al negro de Marty, a unos pasos de distancia del caminillo de grava que conducía hacia la puerta de entrada. Las luces del salón estaban encendidas y unas profundas voces masculinas llegaban hasta nosotras desde el interior de la casa. Tragué saliva con fuerza. Tom y Leonard ya habían llegado al que sería “su nuevo hogar”

¡Maldita sea! ¿Es que la discográfica no podría haberles conseguido un nuevo apartamento de solteros, igual de cutre que el anterior? ¿Acaso no tenían más amigos, como Rob, por ejemplo, que estuvieran dispuestos a darles cobijo gratis?

Úrsula se apeó del vehículo y yo la imité unos segundos más tarde, con el corazón golpeando agitadamente contra mi pecho, de forma que no me habría resultado extraño si éste hubiera salido de golpe por mi garganta.

Los malditos escalones del porche no hicieron sino intensificar mi ansiedad. Estaba sudando a mares, sintiendo cómo la sangre corría por mis venas a una velocidad vertiginosa. ¿Y por qué? ¿No me había convencido a mí misma de que ese hombre que había tras la puerta ya no me importaba? ¿No me había prometido a mí misma que todo lo que habíamos vivido durante el verano estaba muerto y enterrado?

La llave de Úrsula entró en la cerradura unos segundos antes de que las voces que habían precedido nuestro camino hacia la casa enmudecieran. Mi tía pareció no darse cuenta de ello, o al menos fingió no hacerlo, pues le dio la vuelta a la llave sin vacilar ni un segundo, para después empujar la puerta hacia dentro con la mano libre.

Úrsula entró primero y dejó las llaves y el bolso sobre la mesa del recibidor. Fue en el mismo instante en que puse un pie en el interior de la casa cuando me di cuenta de que estaba temblando de pies a cabeza, a pesar de que aquel día la temperatura a la sombra era de treinta grados. Úrsula se giró para mirarme con una mezcla de lástima y comprensión inscrita en sus ojos esmeralda, que me hirió más que si me hubiera enterrado un puñal en lo más profundo de mi pecho. Me tendió después la mano, mientras decía:
           
— Todo va a salir bien, Victoria. No tienes nada que temer.
           
Y sin embargo, el miedo me había agarrotado los músculos, dejándome paralizada en el sitio, como si no fuera más que una estatua de sal. En un momento de compasión por su parte, me pasó un brazo por la cintura, y, aguantando todo el peso de mi cuerpo me llevó hasta el salón, donde una nueva forma de tortura estaría esperándome, ansiosa por desgarrarme las entrañas.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Capítulo XXII. I'm not an upstanding citizen, but I'm standing up, just the same... Or not. (Parte 2)

Carta de Marty a Victoria
                                                                   California, 5th October 1987

Dearest Victoria,
           
Something horrible has just happened. I know you don’t want to come back, but we really need you here. Angela and Johnny have had a car accident and they’re at the hospital. It seems like it’s nothing serious but I’m sure they would appreciate if you visited them. Besides, your aunt and I miss you a lot. Nothing has been the same since you returned to Spain. You’re like a daughter to us and now… We are like two lost souls without you. So please, come back as soon as you can. 

I hope you’re feeling better and doing well. I guess you are under a great pressure at home, but you now you can count on us for anything you need.

Lots of love,
Marty.


Victoria
La carta de Marty venía acompañada por un sobre que contenía el dinero suficiente para comprar los billetes de avión con destino a California. Mis tíos eran demasiado inteligentes como para creer que mis padres iban a pagarme semejante viaje después de todo lo que había pasado, y querían cubrir todos los frentes.
           
Había empezado a trabajar dos días antes, dándoles clases de inglés a una estudiante de filosofía y a su hermana pequeña, pero todavía no les había comunicado a mis padres mi decisión de marcharme de casa. No sería mayor de edad hasta dos meses después y todavía no tenía el dinero suficiente para independizarme. Sin duda, soltar aquella bomba antes de tener seguras las bases de mi nueva vida habría sido jugar con fuego. Tenía que controlar mi impaciencia y mantener la cabeza fría, sólo así les ganaría la partida a mis padres.
           
Gracias a Dios, aquel día había sido yo la encargada de recoger el correo, con lo que nadie de la casa se había enterado de que dos cartas de California habían llegado para mí. Tomé primero la de Leonard entre mis manos, sintiendo como una serie de sentimientos encontrados se arremolinaban en mi garganta, sumidos en una encarnizada lucha por ver quién era el primero en salir a la superficie.

No tenía fuerzas para leer la carta en aquellos momentos, probablemente nunca tendría la entereza suficiente como para abrirla siquiera, por lo que sin pensármelo dos veces la tiré a la basura, después de haberla roto a pedazos.   
           
Leer la carta de mi tío, sin embargo, causó en mí el mismo efecto que si alguien me hubiera atizado con una plancha de acero inoxidable en la cara. Al dejar California, lo único que me había importado era alejarme de Leonard, pero no había tenido en cuenta que había más gente allí que me quería y se preocupaba por mí. Llevaba casi un mes en España y todavía no les había escrito a mis tíos ni una triste postal. Ni siquiera los había llamado por teléfono.

Me dejé caer de rodillas sobre el suelo de mi habitación, sin importar el daño o el ruido que pudiera causar, con la carta todavía entre mis manos. Dios, si es que tal ente existía, era testigo de que todavía no estaba preparada para volver allí, y mucho menos para enfrentarme a Leonard. Quizá pudiera utilizar el dinero que me habían mandado mis tíos para juntarlo con mis escasos ahorros y con mi recién estrenado sueldo de profesora. Después de todo, no quería permanecer en casa de mis padres más tiempo del necesario y ese dinero me facilitaría de forma considerable un nuevo techo bajo el que cobijarme.

Pero la voz de la conciencia no me dejaría actuar de forma tan egoísta. No sólo se trataba de Angela y Johnny. Mis tíos me necesitaban y yo a ellos. Echaba terriblemente de menos a Tom y… Sí, también lo echaba de menos a él. Quizá, todavía era posible establecer una relación cordial con el pelirrojo, si bien volver con él era algo que ni siquiera entraba dentro de mis posibilidades más remotas.
           
Las vivencias de aquel verano de 1987 habían convertido a California en mi hogar y como tal, no iba a permitir que un yonki desgreñado del tres al cuarto fuera a privarme de él. Arreglaría las cosas con él, sí, pero no por ello iba a mostrarme menos firme. Para mí, el Leonard que había conocido a principios de verano estaba ahora muerto y enterrado, y los restos que de él habían quedado, un joven drogadicto e inestable, no despertaban en mí sentimiento alguno, más allá de la lástima o el asco.


Tom   
Ya no me quedaban ni los calzoncillos que había tirado a lavar aquella misma mañana. Todo había ardido hasta quedar reducido a cenizas.

Sentados en uno de los bancos del parque que había frente a nuestro edificio, Marty y yo observábamos en silencio cómo los coches de policía y bomberos acordonaban la zona. El fuego no sólo había arrasado nuestro piso, sino que había alcanzado varios pisos más, entre ellos el de la vecina de al lado, una viuda de setenta años que vivía sola y que solía visitarnos a menudo, trayendo consigo alguna delicia de chocolate que le llevaba horas preparar. Tan famosos eran sus pasteles que en más de una ocasión Johnny se había apuntado a la fiesta.

Lo cierto es que la pobre mujer sólo buscaba algo de compañía de vez en cuando, aunque fuera la de tres rockeros decadentes, pues desde la muerte de su marido, hacía ahora cinco años, y puesto que no tenía hijos, la soledad se había convertido en su única compañera de viaje.

Por suerte, los bomberos habían conseguido rescatarla de entre las llamas, pero había inhalado tanto humo durante el incendio que una ambulancia había tenido que llevársela de urgencias al hospital. No podía dejar de pensar en ella, deseando que estuviera bien, que nada malo le pasara.

— ¿Es que no puede salirme nada bien? ¿No puedo tener una vida normal?   

Marty se quedó mirándome con una mezcla de comprensión e impotencia escrita en sus ojos, antes de posar su mano derecha sobre mi hombro, seguramente en un intento por transmitirme su fuerza.

— ¿Sabemos algo de Leonard?

Negué con la cabeza.

— Seguramente estará en alguna fiesta de esas que organiza la discográfica — repliqué con amargura —. Últimamente no se pierde ninguna…

Marty soltó un resoplido hastiado y decepcionado a un tiempo. Ninguno nos esperábamos que Leonard pudiera llegar a tocar fondo, pero Marty menos que nadie. Para él, Leonard era como su hermano pequeño, sentimiento que no hizo sino crecer cuando éste empezó a salir con Victoria. Ahora, todo aquello había quedado reducido a cenizas. Igual que mi casa...

— Al final va ser cierto eso que dicen de que las desgracias nunca vienen solas… ¡En mi caso, vienen de cuatro en cuatro!
           
— ¡Ya sabía yo que esos hippies desgreñados la iban a liar un día de estos!
           
“Dios mío, no puede ser cierto”. Si hacía unos segundos me había parecido que las cosas no podían ir a peor, la señora Rose acababa de hacer acto de presencia para recordarme que no importa lo mucho que apeste tu vida, siempre puedes acabar aún más hundido en la mierda.

— Señora, haga el favor de calmarse — le pidió Marty modulando su tono de voz de forma que no se entrevieran las ganas de estrangularla que lo consumían por dentro. Y debo señalar que no era el único que se sentía así… — Tom y Leonard no han tenido nada que ver con el incendio…

— ¡¿El incendio se produce en casa de los hippies y ellos no han tenido nada que ver?! — tronó la vieja amargada, con una mezcla de indignación e incredulidad impregnando su voz — ¡A punto ha estado de salir el edificio por los aires!

Marty y yo soltamos un suspiro hastiado al unísono. Para que luego digan que hay que tener respeto a nuestros mayores…

— Señora, nosotros acabamos de llegar ahora mismo del hospital, donde llevamos toda la tarde, es imposible que hayamos provocado el incendio, a menos que tengamos poderes telepáticos ¡y hayamos incendiado el piso por telequinesis!

La rabia y tensión acumulada durante las últimas semanas amenazaba con estallar de un momento a otro y no me importaba en absoluto que dicha explosión de emociones incontroladas le diera de lleno en la cara a esa vieja bruja, que en vez de sombrero picudo, llevaba unos espantosos rulos enganchados en el pelo.

La vieja, intuyendo seguramente que en una lucha cuerpo a cuerpo tenía todas las de perder, inició una deshonrosa retirada, pero sin dejar de recorrerme con una mirada fulminante.

— ¡Tom! 

Marty y yo nos giramos instintivamente hacia aquella voz que habríamos reconocido en cualquier parte, a pesar de que ahora, en lugar de la picardía y arrogancia que la habían caracterizado antaño, estaba teñida por una extraña mezcla de melancolía e indolencia que partía el corazón.

— ¡Leonard! ¿Dónde te habías metido? Te hemos estado buscando por todas partes — la ira contenida que se reflejaba en los ojos de Marty pareció tocar una fibra sensible en Leonard, que retrocedió unos pasos, aparentemente sobrecogido por el aura intimidante que rodeaba al marido de Úrsula en aquellos momentos.

— He ido a dar una vuelta, eso es todo — replicó Leonard, tratando de sostener la fiera mirada de Marty y fracasando estrepitosamente en el intento. Por lo menos no estaba drogado ni borracho. Al menos no de momento — ¿Qué ha pasado? — inquirió con estupefacción al fijar la vista en lo que hasta entonces había sido nuestro hogar.
           
— Han incendiado nuestro piso, Leonard — comencé a decir, con toda la tranquilidad que fui capaz de transmitir en aquellos momentos, que, por otra parte, no era mucha —. Todo apunta a que ha sido Diana.


Angela

— Es muy guapa, cariño — oí que susurraba cerca de mi oído una cálida voz femenina. Era dulce y melodiosa, como siempre imaginé que sería el canto de un hada de los bosques —. Mientras duerme, su suave semblante la hace asemejarse a un ángel de Dios. 
           
— Es un ángel, mamá — replicó una voz que me sonaba terriblemente familiar, pero que en aquellos momentos me sentía incapaz de ubicar.

Quería abrir los ojos para poder ver sus rostros; quería extender mi mano hacia ellos para poder acariciar su piel… Pero mis párpados se negaban a alzarse, como si mi cuerpo se resistiera a despertar de aquel profundo letargo en el que había estado sumido durante los últimos días.

— Has tardado en encontrarte a ti mismo, John, pero veo que por fin has sentado la cabeza. No podrías haberme hecho mejor regalo.

“John”. Aquel nombre resonaba en mi cabeza con una cadencia semejante al golpeteo rítmico de un tambor de guerra. Mi mente me obligaba a aferrarme a ese resquicio de reconocimiento, que podría ser mi única esperanza de conservar la consciencia...

Súbitamente, una fuerte mano masculina se enterró en mi pelo, ensortijando los largos dedos entre mis cabellos con una dulzura inusitada. Aquella mano estaba impregnada por un olor tan suave y penetrante, y al mismo tiempo tan conocido, que me sacudió con la fuerza del violento oleaje marino en una noche de tormenta. Mis ojos se abrieron de golpe, al reconocer mis sentidos de forma inequívoca quién era el dueño de aquella mano.

— Johnny — susurré con voz pastosa, al tiempo que intentaba que sus ojos se encontraran con los míos. A pesar de que mi vista estaba muy borrosa en aquellos momentos, fruto seguramente de todos los sedantes que me habían suministrado, una mujer unos centímetros más bajita que Johnny y que se encontraba de pie a la derecha de éste entró de golpe en mi campo de visión. No me cabía la menor duda de que aquella mujer con rostro de ninfa no era otra que la madre de Johnny, aquélla que tanto había insistido en presentarme y que yo tanto miedo había tenido de conocer…

domingo, 27 de noviembre de 2011

Capítulo XXII. I'm not an upstanding citizen, but I'm standing up, just the same... Or not. (Parte 1)



Octubre, 1987.

Victoria
A pesar de que el calor veraniego se resistía a liberar a la ciudad de Valencia de su ardiente yugo, ya se podían empezar a observar en el paisaje los efectos del cambio de estación. Los árboles se iban quedando paulatinamente sin hojas, que iban conformando a su vez un rugoso manto de suaves tonos cálidos, desde los marrones negruzcos a los verdes lima.      
           
Y, por supuesto, anochecía más temprano que antes.
           
— Buenos días, chicos y bienvenidos a la facultad de historia — la cálida voz de la profesora me devolvió bruscamente a la realidad, haciéndome apartar la mirada de la ventana y clavarla en su amable rostro. En los últimos quince minutos había estado tan abstraída que no me había dado cuenta de que hacía rato que la profesora había hecho su aparición en escena —. Me llamo Mar Villalonga y voy a ser vuestra profesora de historia del arte durante este primer semestre. Procederé ahora a explicaros en qué consiste la materia que os voy a impartir y cómo voy a evaluarla.
           
Durante las cuatro horas siguientes se sucedieron las presentaciones de todos los profesores que íbamos a tener a lo largo del semestre, aunque, a decir verdad, no me enteré de una sola palabra de lo que dijeron. Ni siquiera sabía qué hacía en aquella facultad, a esas horas de la mañana. Hacía unos meses aquél había sido mi sueño, pero ahora todo había cambiado. Me sentía una extranjera en medio de una multitud competitiva y hostil. Lo único que todavía no estaba claro era cuánto tiempo iba a durar con vida en aquella selva.

En cuanto el último profesor dio por concluida su presentación me levanté del asiento de un salto y me dirigí a grandes zancadas hacia la puerta. Me sentía atrapada, como un animal salvaje encerrado en una jaula de hierro. Conocía esa sensación demasiado bien, pues habíamos sido compañeras de viaje largo tiempo. Casi podría decirse que había echado de menos aquella martilleante voz en mi cabeza: “necesito salir de aquí de una maldita vez”.

Bajé las escaleras que conducían hasta la puerta de entrada de aquel imponente edificio y una bofetada de aire fresco me recibió medio segundo después de haber puesto un pie en la calle. Cerré los ojos con fuerza, saboreando la sensación de libertad. Una libertad que se acabaría en cuanto llegara a casa.
           
Enfilé todo recto para llegar al paso de cebra que me llevaría hasta la parada del autobús, mientras observaba atentamente el paisaje que se dibujaba a mi alrededor. Aquel barrio era demasiado artificial, ni siquiera los escasos árboles que habían plantado en la acera eran suficientes para contrarrestar el efecto desolador que producían aquellos edificios tan fríos e impersonales. La calle era sucia y gris, como la mayoría de barrios en Valencia, pero ésta en particular parecía haber sido desprovista de todo signo de humanidad, construida como símbolo del progreso y el saber. Un progreso que quizá estaba deshumanizando al hombre.
           
No pude evitar fijarme en que los muros que rodeaban las facultades estaban empapelados con anuncios de apartamentos compartidos y profesores de idiomas. Me detuve frente la facultad de filosofía y leí atentamente uno aquellos anuncios. Había una chica que estaba interesada en un profesor de inglés y otras dos que buscaban compañero de piso para poder pagar el alquiler.
           
Dejé la pesada mochila sobre el suelo y saqué una libreta y un bolígrafo para apuntar los datos. Quizá lo de ser universitaria podía tener sus ventajas…


Anna
Desde que aquel gigante rubio se había desfogado bien a gusto con Leonard, este último no había vuelto a dar señales de vida por el bar. Supongo que después de todo lo ocurrido, se tomaba muy en serio la amenaza de Marty y quería curarse en salud. Eso demostraba que, a pesar de ser un yonki descerebrado, todavía le quedaban en funcionamiento las neuronas suficientes para conservar su instinto de supervivencia.
           
La tarde de los hechos, mientras yo servía sola la barra puesto que ni Emma ni Iuta habían aparecido en todo el día, me quedaron claras varias cosas. La primera, que las trifulcas en aquel bar se asemejaban más al lejano Oeste que a una discusión entre adultos; la segunda, que no debía meterme nunca con Hans si quería seguir con vida; la tercera, que los hombres eran todos unos cerdos; y la última y no por ello menos importante, que por su familia, Marty era capaz hasta de matar.
           
El pelirrojo se había pasado con la pobre chica morena, que curiosamente era paisana mía, y de las pocas en aquella ciudad que no me trataban como si fuera imbécil. Y por su culpa, ahora se había marchado, dejando a mis pobres jefes solos y…
           
— Ponme una cerveza.

Un escalofrío me recorrió por entero cuando aquella ruda y arrogante voz masculina me sacó súbitamente de mis cavilaciones. Como si no tuviera ya bastante con que ese vikingo de pega me torturara en mis sueños, ahora tenía que hacerlo también en el mundo real. Aunque puede que la palabra “tortura” no expresara en términos exactos lo que ese hombre provocaba en mi sistema nervioso cada vez que se aparecía en mis sueños…
           
— ¿No me has oído? — inquirió con irritación, al ver que me quedaba embobada contemplándole, en lugar de servirle su pedido.
           
“¡Céntrate, Anna, céntrate!”
           
Me apresuré a apartar la mirada de su rostro y a servirle la dichosa bebida dorada a la velocidad del rayo. No quería que ese hombre descubriera que estaba despertando un creciente interés en mí, que iba mucho más allá de la aprensión que me había producido al principio. Aquello le daría un poder sobre mí que utilizaría, sin lugar a dudas, para humillarme y burlarse todavía más de mí.
           
— Menuda se lio el otro día, ¿eh? — dejó caer un rato después, como quien no quiere la cosa.
           
No era capaz de entender a ese hombre. ¿Ahora intentaba ser amable? Definitivamente los estadounidenses tenían un serio trastorno de personalidad múltiple.
           
— Esto… Sí, eso parece — repliqué con voz titubeante, sin saber muy bien qué decir. Unos segundos después, sin embargo, dejándome llevar por la necesidad de entablar una conversación con alguien, aunque ese alguien fuera precisamente Rob, añadí —: No entiendo que pudo pasar para que Hans reaccionara de una manera tan violenta. Parece un hombre muy comedido…
           
— ¿Hans, comedido? — repitió, con un deje de incredulidad y sarcasmo tiñendo su voz, antes de estallar en sonoras carcajadas —. Nena, se nota que no conoces para nada al alemán. Ese tío podrá ser muchas cosas, pero “comedido” no es una de ellas, ni de lejos. Desde que su padre falleció, parece que controla un poco más su mal café, pero no te engañes. Sería capaz de arrancarte la cabeza sólo con que le sirvieras una cerveza demasiado caliente para su gusto.
           
— Siempre ha sido muy amable conmigo… — “a diferencia de otros”, añadí mentalmente.
           
— Mientras no te metas con él, no tienes nada que temer — replicó, esbozando una gentil sonrisa. ¿Qué bicho le había picado para que de repente fuera la amabilidad personificada? ¿Se habría dado un golpe seco en la cabeza?
           
Pero el transcurso de mis pensamientos sufrió un brusco giro cuando un alterado Marty hizo su aparición en escena, gritando a voz en grito:
           
— ¡Tenemos que cerrar el bar ahora mismo, ha sucedido algo terrible!
           
— Tío, ¿qué ha ocurrido? — inquirió Rob, arqueando una de sus cejas rubias en un claro gesto de preocupación.
           
— Johnny y Angela han tenido un accidente con el coche. Están en el hospital y parece que la cosa es bastante grave.


Diana
En las últimas semanas había despertado de un hermoso sueño, sólo para volver de nuevo a la pesadilla que había sido mi vida antes de conocer a Tom. ¿Por qué me había engañado, haciéndome creer que merecía tener una vida mejor a su lado, en vez la que tenía junto a mi madre? Al menos ella siempre había sido franca conmigo. Era una puta yonki a la que nunca le había importado una mierda. Pero siempre supe lo que podía esperar de ella. Tom, en cambio, había resultado ser una persona muy por debajo de mis expectativas.
           
Ninguna mujer en mi situación se habría resistido a buscar venganza. Porque estaba segura de que Tom me había engañado con otra. No podía haber ninguna otra explicación que justificara su inaceptable comportamiento al echarme de su casa en la forma en que lo hizo.
           
Aparqué el coche a unas manzanas de la casa para no levantar sospechas. A esas horas, la oscuridad de la noche me ayudaba a camuflarme y a pasar desapercibida para los escasos viandantes que pasaban en aquellos momentos por la calle.
           
A pesar de que le había devuelto la llave a Tom todavía conservaba una copia de la misma, por lo que no me resultó en absoluto difícil entrar en el edificio. Subí las escaleras de dos en dos, con el corazón galopando con fuerza contra mi pecho. Sentía que me quedaba sin aliento justo en el momento en que llegué a su apartamento. No estaba segura de lo que esperaba encontrar allí, pero en cualquier caso, me llevé una gran decepción. No había nadie en casa.

Cerré la puerta con pestillo para poder enterarme si entraba alguien. La casa estaba exactamente igual a cómo la recordaba, aunque estaba segura de que, desde mi ausencia, y teniendo en cuenta que Victoria había abandonado a Leo el mismo día que Tom hizo lo propio conmigo, esos dos no habrían dejado de llevar furcias al apartamento.
           
Me deslicé hacia la cocina en busca de aquello que había venido a buscar. No me costó mucho dar con una de las botellas de champagne que Leo guardaba para ocasiones especiales. ¿Y qué ocasión más especial que ésta, verdad?
           
Saqué el abrecorchos de uno de los armarios y descorché con él la botella. Le di un largo trago a aquel líquido espumoso, deleitándome con el dulce sabor de la venganza. Después, alargué el brazo hasta rozar el mechero que había sobre la encimera de la cocina, antes de volver al salón, donde iba a comenzaría el gran espectáculo.
                         


Carta de Leo a Victoria. (Carta no abierta por la destinataria)

California, October 4th, 1987


My beloved Victoria,
           
Nothing has been the same since you left town. I’ve tried to move on with my life, but I couldn’t ‘cause I need you, as I need the air to breathe. 

I know you did what you did because of me, but you didn’t even give me a chance to apologize. I screwed it up, it’s true, but it’s not too late. I promise you I can change. Please, come back to California, your only and real home. I’ll be waiting for you. Let’s try again.


Yours sincerely and forever,
Leonard.  

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Relato sin título ni introducción.

La ciudad comenzaba a despertar paulatinamente de su profundo letargo. La azafranada luz que proyectaban las farolas se fundía con la negrura de la noche en una perfecta armonía, desdibujando el ambiente con un halo anaranjado casi fantasmagórico. La fresca brisa marina me golpeaba la piel desnuda del rostro con la furia propia de la naturaleza.
           
Era en aquellos momentos, cuando volvía a casa después de una noche de total desfase, rebasando por mucho los límites de la velocidad permitida, cuando conseguía diluirme mejor con el ambiente. Puede que fuera porque tenía más alcohol en sangre del debido y empezaba a desvariar, o sencillamente que a las cuatro de la mañana no pasaba ni un alma por la calle y de esa forma me resultaba más fácil captar, desde el sutil aleteo de un pajarillo, hasta el sonido casi imperceptible del viento arrastrando la hojarasca por el suelo.

Sí, definitivamente estaba empezando a desvariar. Era una suerte que todavía no me hubiese estampado contra un árbol o atropellado a una ancianita indefensa en un paso de cebra. Claro que bien pensado, las ancianitas suelen estar en sus casas a las cuatro de la mañana.

Aparqué cerca del bordillo de la acera cuando llegué frente a mi casa. Llevaba unos cinco años viviendo allí, justo el tiempo que mis padres llevaban muertos. Eso era lo único bueno que me habían dejado: una casa en la que vivir. Bueno, eso, y una cuenta bancaria con la que podría vivir al menos tres años más sin tener que preocuparme por trabajar. Lo cierto es que, aunque suene cruel e inhumano, mis padres habían resultado ser mucho más útiles muertos que vivos.

Cerré el coche con un suave portazo y me adentré en el jardín de sabinas, a través del artificial caminillo de grava que conducía directamente a mi porche. Estaba a punto de agacharme para coger la llave que escondía debajo del felpudo de la entrada, cuando me di cuenta de que la puerta estaba entreabierta.

Un escalofrío punzante me recorrió por entero, haciendo que me tambaleara levemente. Con todo el alcohol que llevaba en sangre no iba a ser capaz de enfrentarme a ningún intruso y salir vencedor en la batalla, pero, y puede que lo hiciera precisamente por la gran cantidad de alcohol ingerido, abrí la puerta del todo y entré en la casa.
           
En cuanto puse un pie en el recibidor fui consciente de que había alguien en el salón. Dos personas, a juzgar por el juego de voces que procedía de aquella estancia. Una mujer y… Chris. Reprimí una carcajada antes de avanzar en dirección a su encuentro. Ese cabrón había vuelto a traer a una mujer a casa sin avisar.
           
— Tienes que venir, Úrsula, será muy divertido — le estaba diciendo Chris a su interlocutora —. Marty es de los mejores guitarristas que he visto, o más bien escuchado, en mucho tiempo.
           
Oh, genial. Ahora me estaba utilizando para ligar con una tía. Chris cada día estaba más desesperado por echar un polvo.
           
— Eso mismo me dijiste la semana pasada sobre ese cantante, ¿cómo se llamaba…? ¡Ah, sí! Ricky. Y luego resultó no ser más que un burdo principiante.
           
— ¡Oh, Úrsula, me ofende la desconfianza que destila tu voz! — replicó el pobre diablo de Chris con voz zalamera.
           
— Buenas noches, señores — saludé en cuanto entré en el salón, interrumpiendo deliberadamente la conversación de aquellos dos.
           
— ¡Marty! — gritó Chris al verme, al tiempo que avanzaba hacia mí a grandes zancadas — Úrsula, él es el guitarrista del que te hablaba — le indicó con una enorme sonrisa de satisfacción, mientras me señalaba con un gesto de su mano.
           
— Ya veo…  — replicó la mujer, clavando sus penetrantes ojos en mi rostro, como si hubiera sido traspasada por un rayo y éste la hubiese dejado completamente paralizada. Debo señalar que reconocí al instante aquella expresión traspuesta en su semblante, pues era exactamente la misma que yo tenía en aquellos momentos.
           
Chris pareció darse cuenta del cambio que se había operado en nuestras respectivas expresiones y, sobre todo, del significado oculto de aquel cambio, pues estallando en una sonora carcajada apuntó:
           
— Creo que será mejor que os deje solos…

martes, 15 de noviembre de 2011

Bullet proof.

Ladies and gents, hoy os traigo algo bastante fuera de lo común en mis blogs. Digamos que esta tarde me ha venido una especie de "flash", por así decirlo, de una escena entre Victoria y Leo y en ella, los personajes hablaban en inglés (obviamente). Los he visto y oído dialogar y gritar en mi mente y he sentido la necesidad de escribir la escena. Y entonces, se me ha ocurrido la feliz idea de... ¿Por qué no escribirlo en el idioma en que la musa de la inspiración me ha iluminado? Sí, el texto está en inglés (absolutamente todo, no sólo los diálogos). Sé que muchos de vosotros no tenéis un nivel alto de inglés (typical Spanish XD), por lo que si tenéis muchos problemas para entender el texto, un día de estos lo traduciré. Por otro lado, los que tenéis un nivel de inglés alto, debéis tener en cuenta que es el primer relato que escribo en este idioma. Si tengo fallos gramaticales, please don't hesitate to tell me. En fin, no me queda nada más por decir, excepto que espero que disfrutéis el texto. ¡Un besito!




— Put the gun down, sweetie — he said, with a smirk —. You and I know this whole situation is a goddamn insanity!

— Shut the fuck up, Leo! — I screamed at the top of my lungs —. This is the last time you try to screw up my life.

I pointed the gun at his chest, over the heart. A heart I would have died for, only a few weeks ago.

— It doesn’t have to end this way… Jesus Christ! Are you out of your fuckin’ mind?! I should have realized before that you are nothing but a crazy whore…

Tears filled my eyes when these words came out of his mouth. How did he dare pretend it was all my fault? He was the only one to blame for what had happened between us. Maybe I had gone too far threatening him with a gun, but I believe my behaviour was entirely justified.
           
— I fuckin’ trusted you!! I loved you. And God, I still love you!
           
I couldn’t help but start to cry hard, with salty tears rolling down my face. He looked at me, with a guilty expression on his face. But, how could I know that it wasn’t faked? The only thing I knew with certainty was that I shouldn’t trust him anymore. No, even if he was really sorry for what he had done to me. It was too late.
           
— You know? I tried so hard to make our relationship work out. I tried with all my heart. But I can’t take this anymore. I’m so sorry.
           
Leo was staring at me and I can tell the lethalest fear came over him when he realized I wasn’t kidding. I was going to kill him.
           
That moment of consciousness was followed, of course, by an attempt to run away. But he wasn’t rapid enough. Even before he could call for help, I pulled the trigger without thinking twice. And that was it. The end of the world as I knew it.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Capítulo XXI. Trust hurts (Parte 2)

Bueno, chic@s, aquí os traigo la segunda parte del capítulo del otro día. Sé que a muchos os decepcionó la conducta de Leonard, pero como ya les expliqué el otro día a algunos lectores, no voy a poner en esta novela personajes intelectual, física o espiritualmente perfecto. Eso no sería para nada realista, sino más bien propio de las novelas rosa. Por otro lado, debéis tener en cuenta que esta historia está ambientada en los 80's, en California y sus protagonistas son roqueros. Por lo tanto, era más que factible que alguno de los personajes terminara consumiendo drogas. En cuanto al asunto de Tom, que a algunos os dejó con la mosca detrás de la oreja, hoy se descubre ya todo el pastel. Espero que, aunque algunos personajes puedan decepcionaros de ahora en adelante, la historia os siga gustando, y sobre todo, que no odiéis. ¡Un besito! Att. Athenea. 


Victoria
La ira que se había ido acumulando en mis venas a lo largo del mes en forma de fuego líquido salió de golpe a la superfície.

Are you out of your fuckin’ mind?!

El pelirrojo traidor abrió la boca para formular una excusa creíble que justificara su comportamiento, pero ésta murió en sus labios, siendo sustituida por una sonora y ridícula maldición.

Shit!

Y ahí estaba yo. Un mes antes mi vida había sido absolutamente perfecta: tenía un novio maravilloso, que me quería y cuidaba de mí; estaba lejos de casa, en un país extranjero en el que la gente hablaba un perfecto inglés; por primera vez en mi vida había hecho amigos de verdad… En definitiva, había encontrado mi lugar en el mundo después de diecisiete años viviendo una vida vacía, un eterno interrogante sin respuesta.

Y ahora todo se había ido a la mierda. Gracias al desgraciado que tenía de pie frente a mí.

— ¿Eso es todo lo que se te ocurre decir, Leonard? ¿No vas a soltar algún cliché del tipo “nena, esto no es lo que parece”?

— ¿Acaso serviría de algo? — replicó, con una voz tan fría como el hielo, que me atravesó con la fiereza de un puñal de acero.

— ¿En qué diablos estás pensando, Leonard? Tienes un brillante futuro por delante, tienes amigos que te quieren… Me tienes a mí.

“O más bien, me tenías”, me corregí para mis adentros.

— Victoria, por favor, no te pongas melodramática — repuso con desdén, al tiempo que me contemplaba con una mirada burlona —. No sé de qué te sorprendes. Que tú seas una santa mojigata no significa que los demás no tengamos derecho a divertirnos de vez en cuando.

Aquellas palabras me dejaron paralizada, cual estatua de sal, con los pies fijos en el suelo y las lágrimas comenzando a inundar mis ojos. Era vagamente consciente de que la atención del bar se había desviado hacia nosotros y de que mi tío Marty esperaba en las sombras el momento oportuno para atacar.

— ¿Sí? Pues espero que la zorra que te ha vendido esa mierda tenga las agallas de acostarse contigo, porque tú y yo hemos acabado. No quiero volver a verte en mi vida — le grité, cerrando los ojos con fuerza, en un intento por controlar mis lágrimas —. Ahora entiendo por qué Iuta se hizo lesbiana cuando te dejó. Después de salir contigo, a una se le quitan las ganas de estar con un hombre.

Tras soltar aquellas hirientes palabras que ni si quiera sentía, salí del bar dando un fuerte portazo tras de mí, y eché a correr hacia casa de mis tíos con un solo pensamiento coherente en mi mente: Tenía que salir de allí. Tenía que volver a España.


Marty
           
Apreté los puños con fuerza, sintiendo como la ira y la adrenalina se fusionaban en mis venas formando una mezcla explosiva. En aquel momento las consecuencias me importaban una mierda, sólo era consciente de la sed de venganza que nublaba mi juicio, que me cortaba el aliento.
           
— Marty, deberías calmarte — oí que me pedía Johnny a mi espalda, antes de poner una de sus manos sobre mi hombro —. No puedes manejar esta situación si no tienes la cabeza fría y la mente despejada.
           
— No quiero manejar la situación, colega — mascullé entre dientes, consumido por la oscura furia que me embargaba—, quiero romperle la maldita cabeza a ese desgraciado.
           
La presión de su mano sobre mi hombro se hizo más opresiva, estaba tratando de mantener a raya a la bestia.
           
— Leonard se ha portado como un hijo de puta con Victoria, Marty, pero ésta no es tu batalla. Tienes que dejar que ellos arreglen sus problemas por sí mismos.
           
— Johnny, ¿tienes idea de por dónde me paso yo tus sugerencias ahora mismo?

— Puedo hacerme una idea aproximada — replicó con sarcasmo —. Pero ¿tú tienes idea de lo decepcionada que estará, no sólo Victoria, sino también Úrsula, cuando se entere de que vas arreglando problemas, que encima no son tuyos, a golpes? Yo soy el primero que quiere darle de ostias a ese pelirrojo descerebrado, pero el mundo no funciona así. Ojo por ojo y se queda ciego el mundo, hermano. Tú me lo enseñaste, ¿recuerdas?

— Sí, bueno. Debía estar borracho cuando dije semejante gilipollez — repliqué más calmado —. ¿Sabes? Has cambiado muchísimo desde que te conocí, cuando no eras más que un zampabollos salido — aquello le hizo soltar una sonora carcajada —. Angela y tú os habéis hecho mucho bien el uno al otro.  

Él asintió con la cabeza, antes de quitar su mano de mi hombro. Johnny tenía razón. No podía solucionar mis problemas, o en este caso los de mi sobrina, a golpes. Pero no había ninguna ley que me impidiera sacar la basura de mi bar. De hecho, aquel era uno de mis deberes como el respetable ciudadano americano que era.

Controlando a duras penas la ira que todavía me consumía, me dirigí a grandes zancadas hacia la zona de la barra donde se encontraba Leonard.

— ¡Marty, no…! —escuché que me advertía Johnny tras de mí. Yo ya no le escuchaba. Mi atención estaba fija en la cabellera rojiza de aquel malnacido.

Pillándolo completamente desprevenido, lo agarré por el cuello de la camiseta y lo estampé contra una de las paredes del local.

— ¡Eh, Marty! ¿Pero qué coño hac…?

— Dámelo — le exigí, empotrándolo con fuerza contra el tabique.

— ¿El qué? — replicó, con la confusión escrita en sus ojos esmeralda.

— Tú sabes qué, Leonard, así que, utiliza la cabeza por una vez en tu vida, y dame lo que llevas en el bolsillo si no quieres que te lleve a comisaría. Estoy seguro de que allí no serán tan amables contigo.

Su rostro perdió todo rastro de color en cuanto pronuncié la palabra “comisaría”. Y no fue el único cambio que produjo en él, sino que además, le hizo comprender que yo no estaba jugando.

— To-toma — tartamudeó, al tiempo que metía su mano temblorosa en el bolsillo trasero de sus pantalones y sacaba su preciada “mercancía”, antes de extenderla hacia mí. Podía leer en sus ojos el oscuro anhelo que lo embargaba cuando éstos se posaron sobre la bolsita de pastillas.

Sólo entonces solté el cuello de su camisa con sumo desprecio, como si no fuera más que la correa de un perro callejero y pulgoso, haciendo que cayera al suelo cual inmundo saco de patatas podridas.

— No quiero que vuelvas a pisar este bar, Leonard — le advertí con la voz tan cortante como un cuchillo jamonero —. Nunca más. Pero sobre todo — añadí, mirándole directamente a los ojos, destilando puro veneno a través de los míos —, no quiero que nunca, y óyeme bien, nunca, vuelvas a acercarte a mi sobrina.

— Marty — se oyó al fondo del bar la retumbante voz del alemán. Estaba teñida por una oscura determinación que no dejaba lugar a dudas sobre lo que deseaba hacerle al pelirrojo en aquellos momentos —, deja que yo, gustosamente, me ocupe de él.


Tom   

— No puedes hacerme esto, Tom — replicó, con los ojos llenos de lágrimas —. No. Puedes. Hacerme. Esto.

Solté un largo suspiro cansado, antes de dejarme caer pesadamente sobre el sofá.

— Diana, lo siento de veras, pero lo nuestro se ha acabado.

Ahora sus sollozos se hicieron más fuertes, hasta el punto de volverse histéricos. Di unos golpecitos impacientes con la punta de una de mis botas contra el suelo. Aquél se había convertido en mi día a día durante las últimas semanas, y mi cupo de aguantar mierda se había colapsado ya.

— Necesito que recojas tus cosas y te marches cuanto antes…

— ¡¿Te estás acostando con otra, verdad?! — me gritó, hecha una furia — ¿Cuánto tiempo hace? ¿Sabe que tienes novia? ¿Te la follas aquí cuando no estoy o sólo lo hacéis en su casa? ¡Contéstame, maldita sea!

— ¡No hay nadie más, joder! — grité, perdiendo ya completamente los nervios. Me levanté de un salto y enfilé en dirección a mi habitación, que durante el último mes se había convertido también en la suya — Eres una maldita histérica chiflada.
           
— ¡¿Con qué derecho me tratas así, Tom?! Yo te lo he dado todo, ¡todo!
           
Aquella maldita perorata me hizo estallar en una amarga carcajada. ¿Cuándo había empezado toda aquella pesadilla infernal? Seguramente pocos días después de que se me ocurriera la brillante idea de traer a una zorra celosa y posesiva, que además estaba loca y era una histérica, a vivir bajo mi mismo techo.
           
Pero la pregunta que verdaderamente me preocupaba era cuándo iba a acabar todo aquello. ¿Volvería a ser libre alguna vez?
           
Abrí el armario ropero y comencé a sacar toda su ropa, tirándola sobre la cama y el suelo sin miramiento alguno. ¡Dios, cómo ansiaba mi tan preciada libertad!
           
— ¡No vas a librarte de mi tan fácilmente, Thomas Turner! ¡A mí nadie me trata así! ¡¿Me oyes?! ¡NADIE!
           
Metí como pude toda su ropa en la maleta blanca que había traído el día en que se mudó a nuestro apartamento. Qué estúpido había sido al proponerle que se viniera a vivir con nosotros tan pronto. Apenas nos conocíamos entonces. Nos conocíamos demasiado ahora. Demasiado bien como para seguir soportando aquella situación ni un solo segundo más.
           
— Espero de todo corazón que encuentres tu lugar en el mundo y seas feliz, Diana. Pero, por favor, hazlo bien lejos de aquí.
           
— ¡Eres un maldito desgraciado! — gritó fuera de sí.

En aquellos momentos presentaba un aspecto realmente horrible: las lágrimas, que habían inundado por completo sus ojos, habían hecho que se le corriera el rimel; éste, a su vez, había teñido la zona que rodeaba sus ojos de un sucio color negro, que contrastaba de forma enfermiza con la palidez natural de su piel. Claro que, supongo que la peor parte se la llevaba su pelo. Siempre que se ponía histérica, es decir, siempre que me veía hablando con una mujer, o creía que había estado haciéndolo a sus espaldas, se pasaba las manos por el pelo, nerviosa, desasosegada. Más de una vez durante aquellas delirantes situaciones, se había arrancado mechones de cabello que después me arrojaba a la cara, seguidos del grito: “¡Todo esto es culpa tuya!”. ¡Y vaya si lo era! Yo era el culpable de haberme metido en su cama aquella fatídica noche de borrachera. Yo era el culpable de haberla traído a vivir a mi casa.

— Adiós, Diana — me despedí, tras dejar su blanca maleta en el rellano. Ella por fin salió del piso y se agachó para recoger su equipaje del suelo.

— Esto no ha acabado — me advirtió, recorriéndome con una mirada envenenada. Tras aquello, se dio la vuelta y comenzó a bajar las escaleras de mi edificio en dirección a la calle. Al fin era libre.

Pero no sabía entonces que aquella libertad iba a salirme muy cara. 

domingo, 30 de octubre de 2011

Capítulo XXI. Trust hurts (Parte 1)


Cuatro semanas después…

Victoria
Tumbada de espaldas sobre el frío suelo de mi habitación, contemplaba el techo pintado de un suave tono melocotón, sin percibirlo realmente. El brillante sol californiano inundaba la estancia con su impertinente luz, como si no le importara no ser bien recibido en aquellos momentos. Porque el sol no entiende de tristezas, ni de enfados. No sabe lo que es el vacío ni la desesperación. Únicamente es consciente de los cambios de estación, de la fina línea que separa el día de la noche.
           
Sólo quedaba una semana para regresar a España, mis padres habían sido muy claros por teléfono: no me daban ni un solo día más. Había estado fuera de casa durante demasiado tiempo ya.
           
Coloqué la palma de mi mano sobre el suelo, dejando que el frío que lo envolvía me recorriera. En contraste con la insoportable calidez que proyectaban los rayos del sol sobre mi piel, aquella fresca temperatura resultaba de lo más revigorizante, casi relajante. Las puntas de mis dedos comenzaron a recorrer los intrincados dibujos que decoraban aquellos azulejos, en un intento por mantener mi mente alejada de los funestos presagios que me traía mi inminente regreso a España.
           
Mi estancia en California había pasado demasiado rápido, o al menos así lo sentía yo. Durante aquellos dos meses mi vida había dado un giro de ciento ochenta grados, pues ya no era la niña tímida y gris que dejó su país en busca de un sitio en el que poder encajar. Ahora era una mujer con las ideas claras, que se sentía viva de verdad. O al menos así había sido hasta hacía unas semanas.  
           
La llegada del hombre de la discográfica, que en un principio había sido recibida por todos como una bendición, estaba empezando a pasar factura a mi relación. Por supuesto, debía sentirme feliz por Leonard y el grupo, como Úrsula solía señalar, porque les estaba ofreciendo una oportunidad única en la vida: la posibilidad de que su grupo pudiera ganar éxito y fama.
           
Pero aquélla era sólo una de las caras de la moneda. La otra mostraba una realidad que, aunque al principio había querido negar, ahora era demasiado obvia como para poder pasarla por alto: Leonard y yo nos habíamos distanciado de forma considerable. Marty también lo había notado, por eso, durante las cenas, cuando nos sentábamos los tres juntos para saborear las delicias que Úrsula preparaba, no me quitaba los ojos de encima. La preocupación que transmitían sus ojos esmeralda al posarse sobre mi piel quemaba como el fuego del infierno.
           
Yo no era capaz de sostener su mirada, porque no quería tener que darle explicaciones sobre lo que estaba pasando entre Leo y yo. Claro que, teniendo en cuenta que ni yo misma entendía la situación, era imposible que pudiera explicársela a mi tío.
           
Había intentado hablar con él muchas veces pues, según decía Úrsula, aquélla era la base de una relación: la comunicación. Tal vez en el caso de Maty, un hombre sin miedo a mostrar sus sentimientos más profundos, aquello de las conversaciones trascendentales a la luz de unas velas podía funcionar. Pero no en el caso de Leonard. El pelirrojo no hacía más que darme largas, insistiendo en que todo iba bien y que yo debía entender que en esos momentos no tenía tanto tiempo para mí como antes.
           
Supongo que en cierto modo, aquello era cierto, pero una parte de mí presentía que había algo más que me estaba ocultando, pues no sólo su actitud hacia mí había cambiado, sino que su comportamiento en general era irreconocible.
           
En más de una ocasión, me vino a la mente la idea de que pudiera haber otra mujer. Sin duda, aquélla, si bien dolorosa, también era una opción más que factible. No sería la primera vez que un hombre se cansa de su novia y busca consuelo en otra parte.
           
Ante aquel funesto pensamiento mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas, por lo que los cerré con fuerza para evitar que éstas rodaran por mi rostro. Todavía no estaba segura de lo que estaba pasando con él, así que era demasiado pronto para dar la batalla por perdida.         
           
Claro que, tampoco me quedaba mucho tiempo para actuar. En una semana ya no estaría allí, tendría que regresar a España, y no volvería a pasar California al menos hasta Navidad. ¡Ja! Como si eso fuera a ser posible. Habiéndome quedado en California casi más tiempo del que mis padres me habían permitido en un principio, había desafiado su autoridad. Y lo más importante: había permanecido fuera de su “jurisdicción” durante casi tres meses, con lo que no habían podido mangonearme ni imponerme sus absurdas normas. En conclusión: había firmado mi sentencia de muerte. Si me dejaban salir a pasear al perro por el barrio, ya podía darme por afortunada.
           
Y sin embargo, no iban a tener más opción que dejarme volver. En diciembre cumpliría los dieciocho, lo que significaba que por fin sería mayor de edad, lo que a su vez significaba que aquella pareja de dementes prehistóricos no tendría más poder sobre mí. Al menos en teoría. En la práctica se dedicarían, como siempre, a hacerme la vida más difícil de lo que ya era de por sí.
           
Solté un largo suspiro cansado. Me estaba comportando como una estúpida y lo sabía. Cuando llegué a California unos meses atrás ni siquiera había esperado poder entablar una conversación coherente con uno solo de los lugareños. Y no sólo había logrado eso, sino que además había hecho grandes amigos, había conocido a mis tíos en profundad y… me había enamorado. Con eso debería darme por satisfecha.
           
Pero el recuerdo de Leonard volvió a abrirse paso por mi mente, golpeándome en el pecho con fuerza, como si de una bala se tratase. Tenía que hablar con él antes de marcharme, aclarar las cosas. Necesitaba saber en qué punto estábamos, qué iba a pasar con nuestra relación. Aunque aquello supusiera el fin irrevocable de la misma.


Tom 
La cálida voz de la enfermera me trajo de vuelta a la tierra, sacándome súbitamente del profundo sueño en el que me había sumido unas horas antes. Me reproché a mí mismo el haberle dado la espalda a mi madre de aquella manera, quedándome dormido mientras ella sufría en una incómoda cama de hospital, pero aquella semana había sido demasiado agotadora para mí.
           
— Es la hora de la merienda, señor Turner — me indicó la menuda enfermera, plantándose frente a mí con la bandeja grisácea llena de galletas, yogurt y un café con leche. Ante aquella visión, el estómago me rugió con fuerza, recordándome que mi última comida había sido el desayuno, unas diez horas antes.

— Sí, sin duda lo es — repliqué con una media sonrisa.

La enfermera dejó la bandeja sobre la mesita que había junto a la cama de mi madre, antes de salir de la habitación esbozando una tímida sonrisa. Sintiendo como el cansancio acumulado me atravesaba la piel como un millón de agujas afiladas, me levanté del sillón donde había estado durmiendo toda la tarde, y me dirigí hacia la cama, donde mi madre me observaba con la vergüenza escrita en su rostro.

— Debí haberte hecho caso, hijo — comenzó a decir, sus ojos llenándose de lágrimas —. Tendría que haber echado a ese hombre de mi casa antes de que…

— Pero no lo hiciste, mamá — la interrumpí, al tiempo que abría uno de los paquetes de galletas que había sobre la bandeja. Debían de saber a avena para caballos, pero en aquellos momentos no me importaba demasiado cómo llenara mi madre su estómago. En aquellos momentos, sólo la rabia que me producía el haber tenido razón sobre aquel tipo, y aún peor, la confirmación de que mi madre era un animal de costumbres, ignorante y lo suficientemente débil como para soportar una vida de palizas a manos de un hombre que la despreciaba, por el simple hecho de que la mantenía, llenaban mi mente.

— Necesito que me perdones, hijo mío — suplicó entre lágrimas. Unas sucias lágrimas de cocodrilo que ya no significaban nada para mí.

— ¿Otra vez? Te he perdonado tantas veces que ya no se pueden ni contar. ¿Y para qué? Hoy dices que te arrepientes y mañana, cuando ese cabrón aparezca ante tu puerta con un enorme ramo de rosas y un perdón escrito en su blanca y falsa sonrisa, te echarás de nuevo a sus brazos. Ya he visto esta película otras veces, mamá. Me sé el final de memoria y, francamente, estoy empezando a hartarme de pagar por ver un espectáculo tan malo y dañino.

Tal y como me había imaginado, el sabor de las galletas era demasiado desagradable para sus papilas gustativas. Tras el primer mordisco, dejó la que le había dado sobre la mesita con una mueca de asco.

— Tal vez el yogurt sea de tu agrado…

— Entiendo que estés molesto conmigo, hijo, pero si me escucharas, te darías cuenta de que he cambiado. He echado a ese desgraciado de casa, no volverá a molestarnos, lo que significa que puedes volver a vivir conmigo otra vez. Porque te necesito a mi lado, hijo. Ahora más que nunca.

La mano con la que sostenía la cucharilla llena de yogurt se me quedó paralizada en el aire, a medio camino entre el envase y el rostro de mi madre. ¿Cómo había podido ser tan estúpido? ¡Por supuesto que quería que me fuera a vivir con ella! Echando a aquel desgraciado de casa, se había quedado sin su principal y única fuente de ingresos. Ahora tenía que remediar aquella situación de algún modo. Y ese modo, por supuesto, era yo, su único hijo.

Metí la cuchara en el envase, antes de dejar éste de nuevo sobre la bandeja. Me di la vuelta hacia el sillón para coger mi mochila y mi chaqueta de cuero.

— Pero, ¿adónde vas, hijo mío? — inquirió con voz desesperada.

Me giré para encararla por última vez, sintiendo como la furia acumulada durante años de indiferencia y manipulación estallaba en mis venas con la fuerza de un volcán en erupción.

— Ésta es la última vez que tratas de utilizarme, mamá. Estoy harto y ya no puedo más. Soy una persona, no una mierda que puedas pisar cuando te dé la gana.

Salí de aquella habitación con una mezcla de sentimientos agolpándose en mi pecho, desesperados por salir. Pero uno de ellos sobresalía con fuerza entre los demás: la sensación de libertad. La más absoluta y dulce libertad, que durante años me había estado negada. La libertad que tanto miedo me había dado, que me había hecho sentir tan culpable. Y ahora, allí estaba, ante mí. Podía sentirla expandirse a mi alrededor, con la revigorizante fuerza de una hoguera en su máximo esplendor.

Ninguna mujer volvería a utilizarme. Ninguna mujer volvería a manipularme a su antojo, arrebatándome mi fuerza vital, como si yo no fuera más que la gasolina para un coche.

Aquello había comenzado con mi madre, pero mucho me temía que no iba a terminar con ella…


Leonard
— Necesito más.
           
— ¿Puedes pagarlo?
           
— Ya sabes que sí.
           
Lila me recorrió con una pícara sonrisa, antes de pegarse a mi cuerpo, agarrándome la cintura con descaro, para después deslizar la mercancía por el bolsillo trasero de mis vaqueros.
           
— Siempre es un placer hacer negocios contigo, vaquero — replicó, separándose de mí, al tiempo que estallaba en una histérica carcajada. Algo en esa mujer no funcionaba como era debido, pero tampoco es que eso me importara demasiado. Lo único importante era que su mercancía era de primera calidad.
           
Me di la vuelta hacia la puerta, con una enorme sonrisa dibujada en mi rostro. Había ido hasta allí a buscar lo que necesitaba, y lo había conseguido con creces. Sin embargo, aquella sonrisa se esfumó con la misma rapidez con la que había aparecido en cuanto vi a Victoria, apoyada contra el marco de la puerta de entrada al local, taladrándome con una mirada herida e inquisitoria, llena de implícitas acusaciones.